Historias que no pueden terminar bien

En el actual mundo irracional de noticias falsas y política de mala fe, ha aparecido un nuevo mantra: todo se reduce a narrativas. Hoy el poder radica en la capacidad de contar una historia. A modo de ejemplo piénsese en el presidente electo de Ucrania, Volodymyr Zelensky, un comediante cuya única experiencia política es haber actuado de presidente en la TV. Zelensky derrotó al presidente en ejercicio, Petro Poroshenko, porque es un buen fabulador.

La modalidad escénica de la política actual es un quiebre respecto de todo un siglo en el que el arte de gobierno se guió por la ciencia social. Hasta hace poco, a problemas como la pobreza, la enfermedad y la violencia, las autoridades trataban de darles explicaciones con respaldo empírico (aunque a menudo simplificadas), para generar apoyo político a soluciones basadas en la evidencia.

Después de los años treinta, este enfoque tecnocrático se inspiró en el trabajo de economistas que aplicaban la contabilidad nacional a la gestión macroeconómica. Basándose en un marco conceptual sencillo elaborado por el economista británico John Maynard Keynes, atribuían el desempleo y la existencia de capacidad ociosa, ante todo, a una demanda insuficiente; al mismo tiempo, se atenían a una ortodoxia económica que vinculaba el crecimiento monetario a la inflación. En ambos casos, había un mecanismo causal simple, representado en la curva de Phillips, para el control del desempleo y de los precios.

El keynesianismo cayó en desgracia durante la estanflación de los setenta, cuando en Estados Unidos y otras economías avanzadas hubo un aumento simultáneo del desempleo y de la inflación. Y aunque la crisis financiera de 2008 ocasionó lo que el biografo de Keynes, Robert Skidelsky, describió como el “regreso del maestro”, el impulso hacia un nuevo keynesianismo resultó efímero, y en vez de eso el mundo se embarcó en un experimento de flexibilización monetaria a gran escala.

En tanto, en los años que siguieron a la crisis, los funcionarios adoptaron una postura muy ambivalente en relación con el déficit fiscal. Por un lado, les preocupaban los niveles de deuda insosteniblemente altos de algunos países; pero por el otro, hallaban consuelo en la idea de que en un mundo con abundancia de dinero fácil tenía que haber una solución financiera para cualquier problema.

Esta contradicción y la dependencia respecto de una aritmética ilusoria hacen pensar en la experiencia soviética de los años veinte y treinta. En la economía planificada soviética, los precios los fijaba el Estado, y el tipo de interés del capital era en la práctica cero. Es decir que costaba lo mismo financiar un proyecto de infraestructura faraónico que cualquier otra cosa. De modo que al planificar un ferrocarril, los ingenieros no escatimaban en gastos, y proponían túneles a través de todas las montañas con tal de no tener que subir la cuesta.

No hace falta decir que las autoridades chocaron pronto con la realidad. Conforme más y más proyectos quedaban inconclusos, los planificadores soviéticos trataban de tapar los fracasos declarando que habían sido un éxito. Pero transmitían imagen de no tener idea, y el resultado fue una pérdida de confianza general en los tecnócratas.

La crisis financiera de 2008 produjo una pérdida de confianza similar. Siendo un fenómeno profundamente complejo con muchas causas, el único modo de explicarlo era contando una historia sencilla. Por eso muchos llegaron a la conclusión de que la debacle había sumido a toda la economía convencional en el descrédito. Pero la realidad era más complicada. Es verdad que mientras se gestaba la crisis de 2008, los economistas descuidaron la cuestión monetaria y financiera; pero los modelos económicos estándar (y más antiguos) siguen siendo enormemente efectivos para evaluar los efectos de una política. De modo que lo que quedó desacreditado fue una metodología analítica en particular, que no usó suficientes datos a la hora de calcular los riesgos.

Los seres humanos están programados para dejarse influir por relatos. Tras reconocer finalmente el hecho, organismos internacionales como el Foro Económico Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial ahora organizan sus reuniones anuales en torno de la búsqueda de una nueva “narrativa” que reemplace al neoliberalismo.

Los historiadores siempre han comprendido el poder de la narrativa. La antigua Roma debió su primacía al poeta Virgilio tanto como a César Augusto; y la Inglaterra del siglo XVII derivó más poder de Shakespeare y la Biblia del Rey Jacobo que de la reina Isabel. Sin embargo, es posible que las nuevas narrativas actuales sean demasiado ambiciosas, porque atribuyen las falencias contemporáneas a problemas fundamentales y antiguos como la codicia (una emoción básica, que antes llamaban avaricia) y a instituciones que han existido por siglos.

Por desgracia, esta es una de las consecuencias de la crisis financiera. La enorme incertidumbre política y económica convirtió a los historiadores en oráculos, que en sus críticas de la ciencia social convencional muestran una excesiva inclinación hacia uno u otro relato favorito. Para peor, muchos historiadores han comenzado a suscribir con su autoridad académica recomendaciones políticas incluso más problemáticas que cualquier propuesta de los economistas antes o después de la crisis.

Por ejemplo, varios destacados historiadores que difundieron falsedades en relación con la centralidad de la soberanía para la tradición constitucional británica tuvieron un papel sumamente destructivo que precipitó la crisis del Brexit. Quieren hacer creer a los votantes británicos que abandonar la Unión Europea es igual a la declaración de soberanía de Enrique VIII contra el pontificado romano.

Si los historiadores van a participar en debates políticos trascendentales, deberían proveer un contexto más amplio que ayude a comprender las cuestiones. Los historiadores que promueven narrativas sencillas de las que se derivan recomendaciones políticas específicas son incluso más peligrosos que los especialistas en ciencias sociales.

Forzar un conocimiento histórico parcial al servicio de mitos nacionales (poner la Reforma Anglicana o la crisis del Mecanismo de Tipos de Cambio en 1992 como modelos para el Brexit, o la Batalla de Poltava para la Rusia contemporánea) causa confusión, siembra discordia y hace daño. Ahora que un coro cada vez más numeroso de artistas del embuste promueve esta forma de “erudición”, es deber de todos los comentaristas sensatos y prudentes contar la historia como realmente fue.

Harold James is Professor of History and International Affairs at Princeton University and a senior fellow at the Center for International Governance Innovation. A specialist on German economic history and on globalization, he is a co-author of the new book The Euro and The Battle of Ideas, and the author of The Creation and Destruction of Value: The Globalization Cycle, Krupp: A History of the Legendary German Firm, and Making the European Monetary Union. Traducción: Esteban Flamini.

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