La felicidad expansiva del gas

Es hora ya de cuestionar el principio de que lo banal y lo alienante sean ingredientes constitutivos del espectáculo, como esos agentes bioquímicos casi escondidos en los alimentos más inocentemente cotidianos. Es cierto que, como escribe Alessandro Baricco, asistimos a una silenciosa invasión viral de la barbarie en forma de pensamiento débil, de inconsistencia plástica de los valores al haberse roto el contenedor de los principios y de una esclavitud frente al consumo creyéndonos sus amos, por la magnitud insospechada de las opciones electivas a nuestra disposición. Entre esa enajenación de las meninges sociales estaría el efecto letárgico del espectáculo y la industria del entretenimiento, con la que el capital nos envuelve en el fabuloso negocio del ocio produciendo ineluctablemente una seudocultura, una cultura-basura, al decir de Adorno. Sin atreverme a discrepar de tan altas autoridades, no obstante me parece cuando menos arrogante despreciar el espectáculo por el hecho de que éste encierre en sí mismo una enorme aceptación colectiva. Por otro lado, es innegable que en muchos espectáculos de masas puede surgir la chispa del arte, un impacto emocional en el espectador que le desvele valores adormecidos, motivos para reorientar sus vidas hacia derroteros insospechados… o incluso algo mucho más importante: ¡placer! El irrepetible Santiago Amón me contaba la fascinación que a Joan Miró le producía la visión nocturna de un campo de fútbol; y el gran escultor Eduardo Chillida, ex portero de la Real Sociedad, intentó siempre explicar la correspondencia entre las trayectorias dibujadas por el balón y la conformación de sus espacios escultóricos.

la-felicidad-expansiva-del-gasLos espectáculos ligados a la cultura de masas no requieren, como las Bellas Artes, una subdivisión previa de la sociedad en clases. De hecho la cultura de masas es un correlato directo de una sociedad que ha desembocado en la anchísima planicie de las clases medias, que puede ser tan manipulable, sí, como independiente y dueña de sí misma. Y tal vez sea esa, precisamente esa, una de las razones por las que ha sufrido los denuestos de los extremos: una izquierda que pretende detentar el monopolio de la producción de Arte y Cultura y una derecha con el suficiente poder adquisitivo para tasarlos primero, y poder comprarlos después. Hay, pues, una componente en el espectáculo que irrita a unos y a otros por su progenie indiscutiblemente democrática. ¿Cultura de masas? ¡Bah!

Viene esto a cuento del desacomplejado placer que entre las lecturas de verano me ha producido el libro de José Luis GarciCampo del Gas, aquella cancha terriza de fútbol cercana al Rastro madrileño que durante décadas fue también escenario de míticas veladas pugilísticas y de lucha libre. En una trabazón vertiginosa, torrencial y avasalladora como una estampida de búfalos dirigida por Henry Hathaway, vuelve a brotar aquí la pasión del autor por el boxeo, la lucha, la competición, la literatura, el cine… reivindicando, una vez más, todo lo que en este valle de lágrimas se nos ha permitido transformar en espectáculo, gracias a Dios. Un espectáculo ligado a un optimismo primordial, aun cuando esté atenuado por la nostalgia de escribir en pretérito.

Siempre salta esa palabra -nostalgia- cuando hablamos de los libros de Garci, pero yo no estoy de acuerdo. El tiempo no ha podido con él; el autor sigue dando la cara por lo visto y lo vivido, restallando en sus líneas la pasión del presente, porque si la felicidad se compone de instantes de plenitud, pasados los cuales ya todo es añoranza, Garci escribe entonces en un constante presente, en una permanente apelación a la felicidad del instante. Ya va siendo hora de que le reconozcamos al escritor-cineasta un estilo celosamente propio: ése que citando y retorciendo irrespetuosamente a Quevedo, podríamos definir como ‘presentes sucesiones… de presente’, porque Garci es un verdadero hurón del presente, de esos instantes que encierran más arte, pasión y belleza de lo que la mayoría de la gente alcanza a ver. Tal vez el secreto es no haber perdido nunca el sentido del espectáculo.

Campo del Gas no es, pues, un libro nostálgico ni está escrito sólo para los que transitamos por aquellos años de larga posguerra, porque cuando se cuentan las cosas a borbotones y late bajo ellas todos esos fundamentos épicos que se labraron en la infancia digna de ser recuperada, como lo contó Savater en su insuperable ensayo (cuestión de ética), la narración adquiere una dimensión de felicidad intemporal, expandida como ese gas que da nombre a aquel santuario del boxeo y la lucha libre que henchía las noches veraniegas de un Madrid pasado.

El libro, como los castos filmes en el franquismo, es ‘apto para todos los públicos’ por más que, claro está, haga vibrar de una manera muy especial a los que estuvimos allí, como en las veladas del Price o Las Ventas. Y esto es así porque cuando ‘se escribe con todo lo que se lleva encima’, como dice Manuel Hidalgo, las metáforas y analogías se nos clavan a martillazos, con la seguridad de encontrar la resonancia del lector: ‘aquella ginebra sabía a pared húmeda’, a ‘ducha averiada’ o a ‘vagón de Renfe por la mañana’. Metáforas madrileñas, chulaponas, certeras, de España superviviente, dianas en la niebla, crochets en frío… Había muchos mundos sueltos por ahí, arrebatadores, fulgurantes, de charol y satén, en los cines, en las grandes avenidas, en las ciudades inabarcables, en los paisajes de Hopper… pero Garci siempre se ha encargado de que todos esos mundos se reflejaran en la cámara oscura de Madrid, de forma que, por ejemplo, la Plaza del Rey no desmereciera de Times Square, la Gran Vía no envidiara a la Quinta Avenida, del café Hespérides pudiera salir en cualquier momento Jean Gabin con Marcel Carné y, en fin, ¿qué tenían el Madison Square Garden o el Luna Park que no tuviera el Campo del Gas o el Price, si no fuera porque allí todo era más grande? Simple cuestión de escala.

El libro Campo del Gas se devora y, en su digestión, has podido saber quiénes eran Fernando Vadillo y Manuel Alcántara, has vivido el match entre Chausson y Karolyi como si hubieras estado allí, se te han entrelazado combates históricos con películas de programa doble y has salido impregnado de esa animación de kermesse que bullía junto al tenderete del Bibi, con su ginebra, Orange Crush y esos cartuchos de pipas con los que varias generaciones rumiaron sus nervios en el fútbol, en el boxeo, en los toros o en los cines de verano.

El gran acierto de este libro es el perspicaz descubrimiento de la estrecha relación del catch y todo lo que le rodeaba con el Pop-Art, especialmente el americano de los años 50. Más allá de los carteles de Lichtenstein o Ruscha, los anuncios de Okal o Cola Cao más allá del batiburrillo colorista de una ciudad empobrecida pero ávida de fiesta, de esa romería exaltada y expectante, estaban los verdaderos protagonistas, los luchadores: Chausson, los Catarecha, Ochoa, Lambán, Jim Oliver, el gigante balear, Nicolai Zigulinoff, el pastor búlgaro, etc. Todos ellos -y no digamos los frikis recientes que surgen cuando la lucha pasa a ser wrestling televisado- con sus extravagancias y su enorme sentido del espectáculo, desarrollaron instintivamente un marketing corporal moderno en su agudo olfato de la publicidad, intuida entonces como un aditamento y hoy, ya ven, como la atmósfera en la que respira y transpira la función clorofílica del capitalismo. Auténticos precursores sin los que hoy sería imposible concebir los grandes espectáculos del pop-rock, sin ir más lejos.

Hace tiempo que el Campo ya no expande su Gas estimulante. Todos hemos cambiado -España también ha cambiado- porque nunca la vida ha desmentido a Heráclito.

Lo que hay ahora parece que no le gusta a nadie y lo peor está, además, al acecho. Para prevenir el desencanto es bueno recordar que hubo un mundo en el que imperaba una épica de la que dimanaba una pequeña grandeza de lo cotidiano, que algunos llamaban dignidad. No eran mitologías onanistas de PlayStation, sino conductas reales de una comunidad austera viviendo esforzadamente en tiempos grises, que se aferraban a la modesta felicidad de unos espectáculos grandiosos. Un gong, segundos fuera… y a olvidar. ¡O a vivir!

Salvador Moreno Peralta es arquitecto.

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