¿Qué interesa a los niños?

Por Alfredo Tiemblo, profesor de Investigación del CSIC, vicepresidente de la Confederación de Sociedades Científicas de España (LA VANGUARDIA, 05/10/08):

La ciencia se puede y se debe contar. Una circunstancia que nuestro sistema educativo ha tendido tradicionalmente a ignorar. La ciencia, además, como cualquier otra forma de pensamiento, está asociada a un proceso histórico que se debe dar a conocer, pues constituye un excelente soporte en la enseñanza. La mejor forma de transmitir un concepto es describir cómo se ha ido construyendo, porque además este lento proceso tiene, con frecuencia, características de auténtica epopeya. La exploración del planeta que permitió verificar, de hecho, que la Tierra es redonda tiene todos los ingredientes de una novela de aventuras, pero es que ocurre algo parecido con el largo camino que lleva desde los elementos de Euclides hasta la geometrías no euclídeas en las que se fundamenta nuestra actual concepción del mundo.

¿A quién hay que contar la ciencia? Por supuesto, a todo el que lo quiera oír, y aquí hay que poner en lugar destacado al niño en su primera infancia. La naturaleza de la mente infantil está en efecto especialmente preparada para la ciencia; las infinitas preguntas del niño en la tierna edad del “¿por qué?” no se refieren al papel que desempeñan en el lenguaje las formas perifrásticas por ejemplo o a las consecuencias que tuvieron en la Península las guerras púnicas, eso vendrá en su momento. La curiosidad del niño se despliega ante la naturaleza que le rodea en todas sus manifestaciones. Los niños y los científicos comparten idéntica actitud ante el magnífico y gratuito espectáculo de un universo por descifrar.

Por ello, contar la ciencia a los niños desde las primeras etapas de la educación infantil (cinco años en los países más avanzados de nuestro entorno) supone ceñir la educación a las tendencias más naturales y espontáneas del niño, que es quien debe tener la iniciativa en esta fase del proceso educativo. En el fondo, la escuela es la única estructura realmente fundamental de un país. Y a este respecto los países europeos, especialmente algunos de ellos, tienen el valor de un paradigma. Son en promedio pequeños, densamente poblados y sin recursos naturales; es decir, las condiciones objetivas de la miseria y, sin embargo, han gozado hasta el momento de un envidiable nivel de vida. Esta especie de anomalía histórica tiene curiosamente una explicación muy sencilla. Ha sido la amplia difusión del conocimiento la que ha determinado un hecho tan peregrino. Por ello conviene tener presente que mucho más que la economía, el mantenimiento de un Estado de bienestar se va a fundamentar en la escuela; figura clave, pues, de cualquier sociedad de verdad desarrollada es la del profesor de las primeras enseñanzas; etapa que suele impregnar profundamente el futuro del alumno. Y es este profesorado el que en el mundo que estamos viviendo tiene que ser científicamente culto, ya que para responder a las preguntas del niño hace falta una posición ante lo que la ciencia implica que no se refugie en aquello de “yo soy de letras”, porque también la ciencia es de letras.

No se puede estar, por ejemplo, en el arte, ignorando la influencia que las vicisitudes del pensamiento científico tuvo en sus tendencias y estilos. El paisaje, mero acompañante de la figura, pasa a ser objeto de interés artístico en un siglo XIII en el que Roger Bacon empieza a establecer la aproximación científica a la naturaleza y en el que asimismo Francisco de Asís propone una identificación mística con el hermano Universo. Al mismo tiempo Giotto incluirá en sus paisajes al cometa Halley en uno de sus frescos; por cierto esta es la razón por la que una sonda espacial llevará su nombre. Correrán los siglos hasta un XIX en el que el artista querrá pintar la propia estructura de la luz al mismo tiempo que Maxwell establecerá sus ecuaciones fundamentales.

La ciencia no sólo es parte de la cultura, sino que en el siglo pasado y lo que se anuncia en este fue y va a seguir siendo, además, el ingrediente esencial de una nueva visión del mundo. Existen ya iniciativas para llevar la ciencia a la escuela. El CSIC ha patrocinado una en este sentido de la que cabe extraer conclusiones de extraordinario interés. En primer lugar, la estrecha colaboración entre la comunidad científica y los profesores de las primeras etapas de la educación infantil se ha desarrollado con extraordinaria fluidez y hasta me atrevería a decir que entusiasmo. Además, la aceptación por parte de los niños pequeños de este tipo de contenidos es más que satisfactoria. Ven la ciencia como un juego en el que participan activamente, manteniendo su interés y atención. Es realmente sorprendente lo que son capaces de asimilar; una prueba evidente del papel decisivo que la motivación desempeña en la enseñanza.

Que nadie se engañe, la I+ D empieza en la escuela o no empieza en ninguna parte; una circunstancia que probablemente explica nuestra situación a este respecto.