Tolerancia y verdad

Vivimos tiempos en que se predica la tolerancia hacia cualquier doctrina porque el relativismo imperante convierte a todas en equivalentes, pero la virtud de la tolerancia consiste en que, conociendo la verdad, se respeta a la persona que vive o sostiene el error, no por el propio error sino por la persona que lo padece. La tolerancia siempre se dirige a las personas, nunca a los conceptos.

A lo largo de la historia las ideas de tolerancia e intolerancia han estado claramente definidas y los actos respondían a ese conocimiento: durante la Edad Media española, los monarcas, acendrados cristianos, fueron los casi únicos defensores del pueblo hebreo, fueron tolerantes con ellos no con su doctrina hasta que en aras de la unidad exigida por el Estado recién nacido, Fernando e Isabel –que se habían apoyado en numerosos personajes conversos– mudaron a intolerantes y decretaron la expulsión de los judíos, y fueron intolerantes con las personas.

Las guerras de religión de los siglos XVI y XVII se produjeron por intolerancia hacia otros humanos. Desde el concilio de Trento las posiciones doctrinales estaban definidas y existía un muro, doctrina frente a libre examen, que separaba a cada fe y que acabó por imponer una intolerancia en ambos sentidos, hacia las personas de religión contraria.

Tergiversar el significado de las palabras lleva a equivocar el concepto que definen y como esa costumbre se extiende más y más, hay que aceptar que es un movimiento deseado y buscado precisamente para sembrar desconcierto y homologar error y verdad.

Siempre ha existido una intolerancia activa entre el islam y el cristianismo, que en épocas de fronteras comunes y potencia similar llevó a guerras continuas. España es el mejor ejemplo de Occidente como Bizancio y El Turco lo son en Oriente. En nuestros días cesó esa intolerancia si los muslimes aceptaban trabajos que rechazaba la sociedad occidental, ya no me atrevo a llamarla cristiana, pero cuando su número aumentó exponencialmente hasta el punto de poder imponer su cultura, Europa se llenó de pavor.

Bien estaba contratar musulmanes, trabajo contra dinero, esclavos asalariados sin derecho y sin influencia en la sociedad. Mas cuando las guerras del Oriente medio o el hambre africana han volcado sobre el sur europeo miles y miles de emigrantes, la rica y hedonista Europa del norte se ha horrorizado; de pronto ha visto amenazada su burbuja de plástico, los siervos ya son excesivos y amenazan a las instituciones.

Y no existe defensa eficaz, porque previamente se había aceptado que la tolerancia había de extenderse a las doctrinas, a las ideas. Si la sociedad moderna hubiera conservado sus principios, si continuara respetando la dignidad de todos los humanos por ser todos criaturas de Dios y no por tener el mismo DNI, si siguiera aceptando que todos somos iguales porque a todos alcanza la redención de Cristo y no por definición legal, si creyera que la libertad es un don para distinguir la verdad del error, podría esta vieja Europa acoger a sus inmigrantes imponiéndoles condiciones: si desean vivir entre cristianos han de hacerlo como ellos, pero ¿como exigir lo que los europeos han olvidado?

Al otro lado del Atlántico también se ha producido un problema similar, un presidente atrabiliario se ha olvidado de que ha jurado su cargo en el nombre de Dios sobre la Biblia y, en función de no se sabe qué motivos o intereses, quiere impedir a otros cristianos acceder a El Dorado del norte. En este caso le asisten unos argumentos de peso: gobierna la mayor economía del planeta, manda el ejército más poderoso, es en fin la mayor potencia del mundo, y con razones tan convincentes es posible que consiga imponer su voluntad.

La tolerancia, la virtud que potencia la convivencia, cuando se dirige a las doctrinas en vez de a las personas se convierte en una falacia. Pero la sociedad, enfrascada en un ambiente alucinógeno en el que una música incesante ocupa la mente e impide pensar, con el bombardeo continuo de imágenes hedonistas para hacer creer que la vida es una fiesta sin límites, ayuna de ideas acaba por aceptar el relativismo, que todo es igual y nada importa y que se pueden tolerar todos los principios porque ninguno es verdadero.

Y cuando la realidad se muestra abruptamente con su cara más descarnada y la fuerza de los hechos exige que se tomen decisiones, faltos del fundamento que soporta la verdad, los responsables de la cosa pública convocan reuniones para estudiar la situación o, mejor todavía, reúnen para buscar soluciones a un comité, arma ya consagrada por la experiencia, que tras numerosos conciliábulos pare un ratón como al parecer hicieron los montes en ocasión semejante.

Al final, no es un piquete de soldados –en palabras de Spencer– quien debe salvar la civilización sino un humilde ratón.

Marqués de Laserna, correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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