Va por ti, abuela

Paquita Valls Valero. Así se llamaba mi abuela. De joven iba en bicicleta desde el centro de Sant Boi de Llobregat a la Colonia Güell para trabajar en la fábrica. Alta, delgada, huesuda. Se casó muy pronto y su vida fueron sus hijos y luego sus nietos. En medio, excursiones por Catalunya y un viaje mítico a Egipto. Para mí, recuerdos de juegos de pelota, una perra que se llamaba Chica y los mejores bocadillos de atún del mundo. Si mi hermano y yo nos llevábamos bien, sacaba de un cajón una golosina de chocolate como si fuera un gran tesoro. Secuelas del hambre de la posguerra.

Todo se borró. No fue de un día para otro. Mis padres se quejaban de sus cambios de humor, de que no se acordaba de cosas muy sencillas, de que hacía mal tareas muy fáciles. Yo ya lo sospechaba. Antes de que fuera a más pudo conocer a mi hijo, su bisnieto, y disfrutar de él algunas tardes. Pero la cosa iba empeorando. Un día fui a verla y ya no estaba. En su lugar estaba sentada una mujer mayor con su mismo aspecto. Me miraba y no me reconocía. Ni se reconocía a sí misma. Pocos meses después moría. El alzhéimer se había cobrado una víctima más.

La investigación contra las patologías neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer y otras demencias como la de cuerpos de Lewy debería ser una de las prioridades de la investigación biomédica. Nuestra sociedad está envejeciendo a un ritmo vertiginoso con una supervivencia media de 85 años en nuestro entorno. Hemos conseguido vivir más tiempo que las otras generaciones de humanos, ahora lo que queremos es vivir con más calidad. No queremos que se pierda el enorme potencial de conocimiento, sabiduría, experiencia y perspectiva histórica de nuestra gente mayor. No queremos tener una parte importante y valiosa de nuestra población internada y suponiendo un coste económico y emocional importantísimo para sus familiares. Queremos detener esta sangría de pérdida de la identidad personal y de una memoria histórica colectiva. La responsabilidad de evitarlo recae en mi generación y en la que me seguirá. Y detenerlo no dependerá del azar, sino de averiguar las causas del alzhéimer para prevenir su aparición y tratarlo eficazmente.

La especie humana es capaz de lo peor, pero también de lo mejor. Cuando se nos puso entre ceja y ceja que encontraríamos terapias efectivas contra una enfermedad nueva que estaba asolando a nuestros jóvenes, como era el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, removimos cielo y tierra, se sacó financiación de debajo de las piedras y hoy ya tenemos terapias suficientemente efectivas contra esta enfermedad. Una tarea en la que han destacado médicos catalanes como el doctor Josep Maria Gatell y el doctor Bonaventura Clotet, del Hospital Clínic y del Hospital Germans Trias i Pujol de Badalona, respectivamente.

Hablando de lo mejor y lo peor de los humanos, me acuerdo de Richard Nixon, un presidente de Estados Unidos vilipendiado por muchas razones, pero que hizo algo bueno: declaró la guerra al cáncer. En la supervivencia a los tumores también hemos dado la vuelta a la tortilla. ¿Y con el alzhéimer? Pues casi nada. Conocemos mínimamente sus causas, podemos intervenir poco eficazmente para retrasar su desarrollo y no tenemos tratamientos efectivos. Desolador. Pero debemos ser realistas. Saber de dónde se parte es necesario para saber hacia dónde quieres llegar. La investigación sobre las enfermedades neurodegenerativas es la próxima gran frontera. En nuestro país tenemos excelentes investigadores en esta área como el doctor Isidro Ferrer, del Institut d’Investigacions Biomèdiques de Bellvitge, o la doctora Teresa Gómez Isla y el doctor Rafael Blesa, de Sant Pau, o, un poco más lejos, el doctor Jesús Ávila, en Madrid.

Nosotros colaboramos con algunos de ellos y de un trabajo multidisciplinario podrá salir un beneficio para los pacientes. Yo quisiera mencionar especialmente la labor de la Fundación Pasqual Maragall y de su impulsor científico, el doctor Jordi Camí, que en momentos de incertidumbre económica se lanzan a la arena para buscar nuevos recursos financieros para llevar a cabo investigación de vanguardia en alzhéimer. Pronto veréis frutos de este esfuerzo en un centro de investigación a los pies del magnífico Hotel Vela.

Hay también que agradecer la valentía del expresidente de la Generalitat de Catalunya y de su familia de dar a conocer su enfermedad. La sociedad imita muchas veces a sus líderes y ejemplos como este son muy necesarios para concienciarnos a todos.

El 26 de noviembre de 1901, el doctor Alois Alzheimer, de tan solo 37 años, entra en la habitación de un hospital de Fráncfort. Una paciente delgada de pelo liso y negro y con surcos profundos en la cara se sienta en la cama. Ella se llama Auguste y será la primera paciente diagnosticada con la enfermedad del doctor que la visita. Un día ella le dice: «Por así decirlo, estoy perdiendo mi yo». Es responsabilidad de nuestra sociedad que no se pierdan más yoes. Va por ti, abuela.

Manel Esteller, médico. Institut d’Investigació Biomèdica de Bellvitge.

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