Cuando ocurre lo improbable

Cada vez tenemos más la sensación de que en política cualquier cosa puede suceder, de que lo improbable ya no lo es tanto. Este tipo de sorpresas no serían tan dolorosas si no fuera porque ponen de manifiesto que no tenemos control sobre el mundo, ni en términos de anticipación teórica ni en lo que se refiere a su configuración práctica.

Desde el ‘brexit’ hasta Trump, el 2016 fue un mal año para las previsiones. En contra de lo que pensaba la mayoría de los expertos, se impuso el ‘brexit’, ganó Trump, Renzi perdió el referéndum constitucional, los austríacos estuvieron a punto de elegir a un presidente de extrema derecha, cuya versión alemana alcanzaba el catorce por ciento en las elecciones regionales. Hay democracias cada vez más frágiles, incluso dentro de la UE, como Hungría y Polonia, al tiempo que aumenta la relevancia geopolítica de la Rusia de Putin.

Estamos en una época cuya relación con el mañana alterna brutalmente entre lo previsible y lo imprevisible, donde se suceden las continuidades más insoportables (de la injusticia, el estancamiento económico y la irreformabilidad de las instituciones) con los accidentes. Hace no muchos años el debate era si los cambios se producían en nuestras sociedades mediante la revolución o la reforma. Hoy el cambio no se produce ni por lo uno ni por lo otro, ese ya no es el debate, sino por un agravamiento catastrófico de factores en principio desconectados.

Lo que convierte a la política en algo tan inquietante es el hecho de que sea imprevisible cuál será la próxima sorpresa que la ciudadanía está preparando a sus políticos. Nadie sabe con seguridad cómo funciona esa relación entre ciudadanos y políticos, que se ha convertido en una ‘caja negra’ de la democracia. Reina una medida excesiva de azar y arbitrariedad.

¿Cómo hacer previsiones cuando no estamos en entornos de normalidad y nada se repite? La repetición de los procesos determina la fiabilidad de los conocimientos sobre la realidad. Ahora bien, la mayoría de los procesos democráticos del pasado reciente habrían dado un resultado distinto si se hubieran podido repetir. Esto vale tanto para el ‘brexit’ como para las recientes elecciones americanas. Y si sus respectivos partidos hubieran podido anticipar los resultados, seguramente Cameron no habría convocado el referéndum europeo, y Fillon, Clinton, Hamon, Sánchez o Corbyn no volverían a ser candidatos.

Toda esta incertidumbre plantea especiales desafíos a las ciencias que interpretan los asuntos políticos. En primer lugar, requiere una reflexión sobre la metodología de las encuestas que infravaloran las posibilidades de éxito de candidatos que, como Trump, rompen las reglas de la competición electoral con una campaña tóxica. La capacidad predictiva de las encuestas exige valorar mejor las actitudes de los votantes. En una época de menor militancia y gran volatilidad, los márgenes de error tienen que ser tomados más en serio. Las regularidades de la democracia representativa parecen haberse roto; la expectativa, por ejemplo, de que los trabajadores voten a la izquierda, como ha dejado en buena medida de suceder en Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Ha llegado el momento de reflexionar con una mayor sutileza acerca de ciertos desplazamientos tectónicos que están teniendo lugar en nuestras sociedades y medir esas tendencias.

La segunda advertencia que deberíamos tomar en consideración es no subestimar la fortaleza de lo que aborrecemos. Uno trata de ser objetivo y argumentar sobre la base de evidencias, pero también los científicos sociales son humanos y tienen opiniones o preferencias, menos fáciles de contener cuando estamos ante situaciones de especial dramatismo. Ni siquiera en estos casos deberíamos permitir que nuestras preferencias se convirtieran en prejuicios. Muchos de los que votaron por el ‘brexit’ o Trump lo hicieron sobre la base de razones y, por mucho que nos parezcan malas decisiones, no deberíamos dejar de analizar los factores que llevaron a tanta gente a votar de ese modo.

La tercera reflexión es que necesitamos nuevos conceptos para entender lo que está pasando. ¿Qué significa el término ‘establishment’ cuando todos los políticos han hecho su carrera despotricando del ‘establishment’ del que proceden y al que siguen representando? ¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo y bajo este término englobamos a políticos tan dispares como Trump, Grillo, Tsipras o Le Pen? ¿Alguien sabe exactamente qué es lo que quieren conservar los conservadores y hacia qué futuro pretenden dirigirnos los progresistas? Estamos utilizando términos huecos (‘significantes vacíos’ los llaman quienes aspiran a obtener alguna ventaja de ellos) y esta vacuidad pone de manifiesto qué poco entendemos lo que está pasando. Necesitamos nuevos conceptos para entender las transformaciones de la democracia contemporánea y no sucumbir en medio de la incertidumbre que provoca su desarrollo imprevisible.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía política

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