El genocidio olvidado de Indonesia

En el pasado mes de octubre se cumplieron 50 años desde que el ejército indonesio lanzó una de las matanzas en masa más graves del siglo XX. Sin embargo, el aniversario pasó casi inadvertido. La matanza de unos 500.000 miembros o simpatizantes del Partido Comunista de Indonesia (PKI) durante el período 1965-1966 es el genocidio del siglo pasado del que menos se ha hablado.

Hace mucho que se debe retirar el velo que cubre aquel baño de sangre, pero quienes tienen un pasado que ocultar parecen decididos a resistirse. Los organizadores del Festival de Escritores y Lectores de Ubud acaban de tener un anticipo de lo que puede ser una nueva ronda de censura activa, pues los funcionarios locales han amenazado con suspender todo el festival, si siguen adelante los debates propuestos sobre la matanza.

Los asesinatos comenzaron en octubre de 1965 a raíz de un golpe fallido supuestamente preparado por el PKI. El ejército reaccionó calificando al partido y a sus partidarios de fuerza atea del mal que se debía aniquilar. La matanza resultante fue deliberada, sistemática y en todo el país, si bien la violencia más intensa y espantosa se dio en la Java central y oriental, Bali y Sumatra septentrional.

En este año se cumple también el centenario del genocidio armenio, sobre el cual gobiernos sucesivos de Turquía han mantenido una negación indefendible, pero al menos el destino de más de un millón de armenios turcos asesinados directamente u obligados a hacer una marcha de la muerte hasta el desierto Sirio en 1915 por su “deslealtad” en la guerra sigue siendo objeto de un examen, una investigación y una sensibilización internacionales inmensas.

En cambio, el genocidio indonesio sigue siendo la única matanza de esa escala que no ha sido objeto de una atención internacional minuciosa. Aparte de un informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de 2012, que se ha pasado en gran medida por alto, tampoco ha habido esclarecimiento serio alguno de la verdad dentro del país, por no hablar de un proceso de reconciliación ni reparaciones. En los libros de Historia no se trata ese asunto, los diplomáticos lo eluden y no forma parte de una política nacional.

La historia comenzó con un golpe fallido en la noche del 30 de septiembre de 1965, cuando suboficiales del ejército, que afirmaban proteger al Presidente Sukarno de una camarilla derechista, capturaron y ejecutaron al Comandante del Ejército y otros cinco generales de alta graduación. La noche siguiente, el general de división –y más adelante Presidente– Suharto encabezó un contragolpe que triunfó. La actuación de Suharto señaló el comienzo del fin de la época de Sukarno y el nacimiento de su “Nuevo Orden”: el régimen prooccidental y favorable a los negocios que gobernaría Indonesia durante los tres decenios siguientes.

Suharto y sus socios acusaron inmediatamente al PKI de ser el cerebro del “Movimiento del 30 de Septiembre” y difundieron historias horripilantes sobre la tortura y la mutilación de los oficiales ejecutados. A continuación se produjeron las matanzas en masa encabezadas por el Ejército y las milicias.

La controversia sobre quién fue el responsable verdadero del golpe inicial ha continuado hasta la actualidad. Entre los candidatos figuraba el propio Suharto (quien sin duda tenía algún conocimiento de los acontecimientos), que actuó con o sin apoyo de los Estados Unidos e incluso el Ministerio de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña. La opinión predominante entre los especialistas internacionales es la de que un pequeño grupo del círculo del dirigente Aidit del PKI participó, pero no de forma que ni remotamente implicara a todo el partido o que pudiera justificar en modo alguno la sangrienta purga a escala nacional que siguió.

Con la llegada de Suharto al poder, Indonesia cambió casi de la noche a la mañana de ser una voz firme en pro de la neutralidad y el antiimperialismo, que cortejaba activamente la atención de la Unión Soviética y la China comunista, a ser un socio más complaciente de los Estados Unidos, que en aquel momento consideraban a Indonesia una importante fuerza estabilizadora en una región inestable. Por esa razón, en los EE.UU. y sus aliados –incluido mi propio país y el gobierno de Australia, del que yo formaba parte– no hubo deseos –ni entonces ni después– de examinar detenidamente cómo había consolidado su poder el Nuevo Orden de Suharto. Dentro de la propia Indonesia, aun después de que acabara el largo período de Suharto, el anticomunismo sigue siendo fuerte, los supervivientes siguen acobardados y las peticiones de justicia y rendición de cuentas siguen siendo escasas.

Sin embargo, puede que esté empezando a haber un cambio al respecto, en particular a raíz del la publicación hace tres años del extraordinario documental The Act of Killing de Joshua Oppenheimer, en el que su autor grabó a un grupo de ex dirigentes de las escuadras de la muerte mientras reconstruían los asesinatos que cometieron… no –al menos al principio– con espíritu de confesión o remordimiento, sino para mostrarse como héroes de un proceso necesario de purificación nacional.

Algunos observadores no están convencidos de la exactitud del documental o se han sentido molestos por el carácter surreal de la estructura de “documental dentro de un documental” adoptada por el director, pero, en mi opinión, la verdad esencial resuena profundamente: The Act of Killing es el documental más obsesionante y emocionalmente lacerante que he visto jamás. Espero que el documental de Oppenheimer y su continuación, The Look of Silence, recientemente estrenado, logren un público y tengan la repercusión que merecen… y no sólo en los festivales cinematográficos mundiales, sino también en la propia Indonesia.

El genocidio indonesio –que merece ese nombre, aun cuando su impulso fuera ideológico, en lugar de étnico, religioso o nacional– es un alarmante estudio monográfico de la política de matanzas en masa. Muestra lo que los dirigentes pueden hacer impunemente cuando demonizan a sus oponentes y obtienen fines, que podrían ser defendibles, con medios moralmente atroces. Ésa es una razón entre otras por la que la campaña de asesinatos de Indonesia requiere mucha más atención y censura del mundo de la que ha recibido.

Gareth Evans, former Foreign Minister of Australia (1988-1996) and President of the International Crisis Group (2000-2009), is currently Chancellor of the Australian National University. He co-chairs the New York-based Global Center for the Responsibility to Protect and the Canberra-based Center for Nuclear Non-Proliferation and Disarmament. He is the author of The Responsibility to Protect: Ending Mass Atrocity Crimes Once and For All and co-author of Nuclear Weapons: The State of Play 2015. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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