El retorno de Japón

“Japón ha regresado”, declaró el primer ministro japonés, Shinzo Abe durante una visita a Washington, DC, en los primeros meses de este año. Si bien Japón puede estar avanzando en la dirección correcta después de dos décadas de estancamiento, todavía hay mucho por hacer para asegurar el futuro de largo plazo del país.

En julio, el Partido Liberal Democrático (PLD) ganó el control de las dos cámaras del Parlamento –una rotunda victoria electoral que se traduce en el mandato político más fuerte que cualquier dirigente japonés haya obtenido en muchos años. En consecuencia, parece probable que Abe permanezca en el poder más tiempo que sus predecesores ineficaces, que no duraron más de un año.

Mientras tanto, parece que la economía japonesa se está recuperando tras décadas de dificultades, como demuestra la tasa anualizada de crecimiento que este año supera el 3%. Además, luego de las tres calamidades: el terremoto, el tsunami y la catástrofe nuclear de 2011, Japón ha logrado (a un costo considerable) sustituir 25% de la energía que suministraban sus reactores desactivados de la planta de Fukushima Daiichi. El anuncio de que Tokio será el país anfitrión de los Juegos Olímpicos de 2020 también alentó la confianza del público.

Los escépticos están inquietos pues piensan que el avance económico no durará porque señalan que la alta tasa de crecimiento es meramente un reflejo de una política monetaria laxa y el estímulo fiscal –una estrategia que la inflación hará insostenible. Los partidarios de Abe replican que la tercera “flecha” de la “abenomía” –productividad-reformas estructurales mejoradas–  ya está preparada. Señalan la capacidad de Abe para superar la resistencia, desde el tema de los pequeños agricultores de arroz, parte de la base electoral del PLD, hasta la participación de Japón en negociaciones del Acuerdo de Asociación Transpacífica, que daría acceso a la economía japonesa a una mayor competencia global.

No obstante, Japón enfrenta serios desafíos de largo plazo. Primero, con su tasa de natalidad muy por debajo del nivel de reemplazo, la población japonesa está envejeciendo y disminuyendo.  Para contrarrestar esta tendencia se necesitará de una mayor inmigración y más fuerza laboral femenina –ninguna de las dos cosas será fácil de conseguir. Japón no ha sido tradicionalmente un país de inmigración; ocupa el lugar 105 en el Global Gender Gap Report (Informe mundial sobre disparidades en el tema de género) del Foro Económico Global, en el que se clasifican 136 países. Por supuesto, esto puede cambiar –Japón tiene un récord exitoso en saber cómo reinventarse.

Tal vez la pregunta más importante sobre el futuro de Japón concierne la relación con sus vecinos –Corea del Norte, Corea del Sur y China. Si bien encuestas recientes sugieren que Japón tiene un poder suave global sustancial, esto no es así en el caso de su vecindario inmediato.

A diferencia de Europa, donde Alemania superó el legado de la Segunda Guerra Mundial mediante su integración a la Unión Europea, el noreste de Asia sigue abrumado por el peso de la historia. De acuerdo con sus vecinos, las  disculpas de Japón por las agresiones cometidas en el pasado son insuficientes. No ayuda que algunos líderes coreanos y chinos han usado retórica anti Japón para obtener apoyo interno.

En Japón, las incesantes críticas desencadenaron reacciones nacionalistas violentas, lo que incitó a los políticos a responder en el mismo tono durante la campaña electoral del año pasado. Por ejemplo, Abe amenazó con retirar las disculpas expresadas por dirigentes o funcionarios precedentes por los abusos y atrocidades cometidos por el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial, y expresó su intención de visitar el controvertido santuario Yasukuni en honor no solo a muchos japoneses caídos en la guerra, sino también a muchos de sus criminales de guerra. Si bien Abe no ha actuado según sus declaraciones de campaña, algunos observadores siguen convencidos de que visitará el santuario en algún momento, lo que deteriorará aún más la relación de Japón con Corea del Sur y China.

Las disputas territoriales han exacerbado estas tensiones significativamente. China desafía el control de Japón sobre más de siete kilómetros cuadrados de islotes –llamados Islas Senkaku en Japón, y las islas Diaoyu en China – en el mar de China Oriental. Mientras que las reclamaciones de las partes rivales datan de finales del siglo XIX, el estallido más reciente –que incluyó extensas manifestaciones antijaponesas en China– se desencadenó en septiembre de 2012 cuando el gobierno japonés compró tres de los pequeños islotes al propietario privado japonés.

Después, el primer ministro, Yoshihiko Noda dijo que decidió comprar las islas para el gobierno central japonés a fin de evitar que el gobernador de Tokio, Shintaro Ishihara, las adquiriera con fondos municipales. Noda temía que Ishihara, conocido por su palabrería nacionalista, tratara de ocuparlas o encontrar formas de usarlas para provocar a China.

No obstante, los funcionarios chinos percibieron la maniobra como prueba  de que Japón estaba tratando de trastornar el status quo. Algunos incluso argumentaron que Japón estaba intentando revertir las consecuencias territoriales de la Segunda Guerra Mundial.

La reposición a Japón de Okinawa en mayo de 1972, que los Estados Unidos habían administrado, incluía las Islas Senkaku. Meses después, cuando China y Japón estaban tratando de normalizar la relación, el primer ministro japonés, Kakuei Tanaka, preguntó a su homólogo chino, Zhou Enlai, sobre el tema de las Islas; Zhou respondió que esa disputa la dejarían a generaciones futuras a fin de no postergar la normalización.

Como resultado, ambos países mantuvieron sus reclamaciones de soberanía. Así pues, aunque Japón tiene control administrativo, los barcos y aviones chinos entran a menudo a aguas japonesas para reivindicar el reclamo chino. Si bien, el Tratado de Seguridad entre Japón y los Estados Unidos sirve como instrumento de disuasión, siempre existe el riesgo de hacer un mal cálculo.

Sería improbable una solución rápida de la disputa por las Islas Senkaku (o del conflicto japonés de bajo perfil con Corea del Sur por los Peñascos Liancourt, controlados por los coreanos), pero Japón podría ser más proactivo. Por ejemplo, si declara su voluntad de llevar toda disputa territorial ante la Corte Internacional de Justicia, las autoridades japonesas podrían ayudar a disipar percepciones de militarismo.

Además, Japón podría realizar el acto soberano de designar las Islas Senkaku como una reserva marítima internacional libre de habitación o uso militar. China podría no estar de acuerdo, pero una maniobra así podría regresar el tema a segundo plano, mientras que se fortalecería la imagen de Japón como potencia pacífica.

Japón y el noreste de Asia necesitan iniciativas audaces que se centren en el futuro. Es tiempo de dejar la historia a un lado.

Joseph S. Nye Jr., a former US assistant secretary of defense and chairman of the US National Intelligence Council, is University Professor at Harvard University. He is the author of Presidential Leadership and the Creation of the American Era. Traducción de Kena Nequiz.

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