Europa en la globalización del descontento

El mundo se adentra en territorio desconocido. La victoria de Donald Trump hace entrar al orden mundial liberal en barrena. No estamos ante un toque de atención. La ola de nacional-populismo autoritario con tintes proteccionistas ha tomado el castillo. Un presidente racista, imprevisible y misógino, que defiende una América blanca y aislada, ocupará la jefatura del primer país del mundo desarrollado. Se consuma la rebelión contra las élites en forma de reivindicación de la carga del hombre blanco. Esto ocurre tras muchas señales de malestar y descontento ante el camino que ha tomado la globalización. La aceleración de la Historia y los profundos cambios que viven nuestras sociedades hacen que muchos electores busquen cobijo en un conocido y antiguo anclaje: la identidad nacional. Véase Brexit.

Es tiempo de repensar el último baluarte de las sociedades abiertas y tolerantes: Europa. Una Europa maltrecha por los efectos de la crisis económica y en proceso de deconstrucción acechada por los mismos males y tics que afectan a las democracias occidentales. Las elecciones en Francia serán nuestra prueba de fuego. Pero es imperiosamente necesario reconstruir el proyecto europeo atendiendo a las causas que nos han llevado a este desaguisado. Porque la victoria de Trump certifica la muerte del consenso (geoestratégico y económico) neoliberal surgido tras la caída del muro de Berlín.

La globalización ha permitido sacar de la pobreza a millones de personas. Asia ha sido la gran beneficiada en las últimas décadas. Pero al mismo tiempo las clases medias y trabajadoras del primer mundo perciben que no reciben la parte del pastel que les corresponde y sus niveles de vida empeoran. A ello hay que sumarle que los mecanismos de redistribución nacional, que debieran amortiguar este efecto, andan gripados y dañados por la lógica de la austeridad. Una distribución muy desigual de los beneficios de la globalización está haciendo saltar todas nuestras costuras institucionales.

La nueva era de la desigualdad es campo abonado para duras críticas a las élites y búsqueda de chivos expiatorios. Una desigualdad agravada por los cambios en los mercados laborales, más precarios y peor pagados, y la incipiente digitalización de la economía. Todo ello ahonda la sensación de frustración, vulnerabilidad e incertidumbre. Una ansiedad económica y cultural que es caldo de cultivo de movimientos populistas iliberales con barniz nacionalista.

En Europa será clave el papel que juegue la socialdemocracia para afrontar el reto de imponer reglas a la globalización y repartir sus beneficios. Una socialdemocracia aturdida porque su programa (Keynes + Beveridge) hoy ya no vale. El keynesianismo en un solo país, dentro de la zona euro, no es posible. Y al mismo tiempo, en una sociedad con trabajadores pobres y grandes cambios demográficos, la provisión de servicios públicos no es suficiente.

El éxito o fracaso de Europa dependerá de la capacidad que tenga la socialdemocracia de reconstruir su proyecto. Un proyecto que inevitablemente debe pasar por completar el diseño de la zona euro con un verdadero brazo fiscal, armonización de las normas impositivas y que sea apuntalado por un pilar social. Al mismo tiempo, serán necesarios mecanismos innovadores a nivel nacional para la redistribución de la riqueza. Por último, en materia de comercio internacional ha llegado el momento de parar la pelota y acomodar su ritmo al desarrollo de estas reformas.

El terremoto con epicentro en Washington también sacudirá las relaciones internacionales y los frentes que hoy tiene abiertos la UE en esta materia. Indudablemente se va a debilitar la relación con nuestro histórico aliado atlántico. Esto impacta directamente en la escalada de tensión con Rusia y en nuestra relación con un Oriente medio y norte de África en llamas. Por todo ello, va a ser necesario equiparnos de una carcasa en materia de seguridad y defensa preparada para los conflictos de alto voltaje con el objetivo de encontrar un nuevo equilibrio con Rusia, ayudar a pacificar y estabilizador un Oriente Medio inmerso en la geopolítica del caos y afrontar la amenaza del terrorismo internacional.

Lo que se avecina es una batalla en defensa de la democracia, las instituciones y los derechos fundamentales. Y los europeos tenemos la oportunidad de liderar la defensa de sociedades abiertas y tolerantes si atendemos de manera urgente y efectiva a las raíces del actual malestar. La última oportunidad. Combinar la defensa de un orden internacional de normas estables y justas con un crecimiento inclusivo. Una Europa fuerte y sensible. Es responsabilidad de la socialdemocracia contribuir a ello. De lo contrario la historia del continente volverá a llamar a la puerta.

Javier López es eurodiputado del PSC-PSOE.

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