La calle es mía

Empezaré por decir que vivo en Madrid, aun paso de las Cortes y a dos de la Puerta del Sol. Por eso, y por lo que tiene de fenómeno social y de síntoma de nuestro tiempo, me interesé desde el principio por el Movimiento 15M. También, como otros ciudadanos de todo el país, me solidaricé con muchas de sus inquietudes. De hecho, apenas unos días antes del 15 de mayo, en un artículo periodístico, me extrañaba de la pasividad de los jóvenes ante realidades tan aterradoras como un 45 por ciento de paro juvenil. Si a esto unimos una crisis de proporciones aún desconocidas, un presidente tan frivolo como botarate y un Gobierno inoperante, no hay duda de que eran muchas las razones para que la gente se lanzara a la calle proclamándose indignada. Me gustó ver su primera explosión de rebeldía. Fui a Sol a observar cómo funcionaba su organización y cómo operaban. Lo que vi en esos primeros días me recordó a los oradores de Hyde Park Córner en Londres. Como ustedes saben, es una tradición que en este particular rincón de Hyde Park cualquiera se pueda subir a un cajón, tomar un micrófono y hacer un mitin. Otro tanto tenía lugar en Sol los primeros días. La gente se arremolinaba en distintos corrillos. En el centro de uno, pude ver a un muchacho de no más de dieciocho años hablando de las multinacionales farmacéuticas, de sus abusos, de su falta de escrúpulos. En otro corrillo, un señor de avanzada edad, junto a una bicicleta dotada de un altísimo mástil en el que ondeaba una bandera negra, despotricaba contra los bancos y los banqueros. Por último, en un tercer corrillo vi a una chica joven y muy guapa dirigiendo un ensayo sobre cómo habían de comportarse cuando la Policía intentara disolverlos. «Pase lo que pase —decía— nosotros permaneceremos sentados en el suelo, las piernas cruzadas, las manos en alto. A ver —añadió—, enseñadme las manos».

Dicho esto, todos los allí reunidos las levantaron como cuando uno es víctima de un atraco y luego procedieron a agitarlas en perfecta sincronía. Algunos llevaban las palmas pintadas de blanco. Parecía un hermoso revolotear de mariposas. Además de los mencionados corrillos, pude ver grupos más pequeños de gente de lo más heterogénea, desde inmigrantes a parados de larga duración, pasando por punks o simplemente curiosos que pasaban por ahí y habían decidido unirse de forma más permanente a tan extraordinaria explosión de sentir popular. Creo también que la organización del Movimiento, sobre todo en esos primeros días, estaba manejada con indudable maestría. Aquel ente parecía moverse sin cabecillas ni personalismos, las decisiones se tomaban en asambleas y la consigna general era evitar la confrontación y la violencia, todo un ejemplo. Hasta aquí la parte rosa del asunto, que hizo que al principio muchas personas, cualquiera que fuese su ideología política, los admirara y se sintieran identificadas con ellos. Estábamos cerca de las elecciones del 22 de mayo, e incluso los vecinos de Sol como yo, así como los comerciantes de la zona, cuya rutina y negocio se vieron seriamente alterados por aquella acampada permanente, comprendimos su indignación y su derecho a expresarlo en la calle. Llegó la víspera de las elecciones. La Junta electoral se pronunció en contra de que siguieran manifestándose durante la jornada de reflexión. Los indignados se reunieron en asamblea y decidieron que ellos no pensaban disolverse y que la Junta electoral no representaba la democracia «real», de modo que tururú. Pasaron las elecciones y todos pensamos que se irían a su casa. No en vano habían cumplido ampliamente con sus expectativas. La ciudadanía los apoyaba y admiraba, los políticos se habían puesto a su disposición casi ge nuflexos, su imagen había saltado a los medios de comunicación internacionales, eran famosos en el mundo entero. Pero ellos se volvieron a reunir en asamblea y dijeron aquello de «no nos moverán». Por supuesto los pseudo progres habituales no perdieron ni un segundo en ponerse de su lado diciendo que cómo no los iban a dejar quedarse allí hasta que les diera la gana, que qué era eso de coartar su libertad de expresión, que el pueblo unido jamás será vencido, y no añadieron eso de que la calle era suya porque habría quedado un poco facha, que si no, también lo sueltan. Y aquí estamos ahora, cuatro meses más tarde. A principios de agosto hubo una tentativa de limpiar la plaza y, aprovechando que eran pocos los que quedaban, a causa de las vacaciones, intentaron desalojarlos. Como era de esperar, al día siguiente allí estaban todos otra vez más indignados que nunca, y era tal su santa cólera que, no contentos con tomar Sol, convocaron por internet una gran marcha sobre Madrid que acabó con una enorme acampada. Se instalaron en el centro del paseo de la Castellana, donde, por cierto, tomaron la fuente de Neptuno por su piscina particular para bañarse desnudos y hacer sus necesidades porque ¿dónde las iban a hacer si no?, según dijeron muy indignados. También decidieron extenderse por las calles aledañas y hasta montaron carpas en la calzada (sic) de la Carrera de San Jerónimo, que es la calle en la que se encuentran las Cortes. Lugar, por cierto, en el que está prohibido manifestarse siquiera con una pancarta.

Me imagino que ahora, con las elecciones del 20 de noviembre a la vuelta de la esquina, veremos recrudecer el fenómeno indignado. Y yo me pregunto por qué, si están tan indignados y tan en contra del sistema en el que creen que todo está corrupto y podrido, etcétera, etcétera, no dan a su santa cólera una salida más constructiva. Más acorde también con esa democracia madura, justa y real que ellos reclaman y de cuyo copyright parecen haberse apropiado. Porque si lo que quieren es cambiar las cosas, conseguir listas abiertas, poner freno a la codicia de los bancos, hacer que los ricos paguen impuestos y otras muy necesarias reformas con las que —por cierto— estamos todos absolutamente de acuerdo, existe un medio perfecto para hacerlo: crear su propio partido político o su agrupación electoral. Hay unas elecciones a la vista y la gente está deseosa de nueva savia, de políticos jóvenes y entusiastas. El momento no puede ser mejor. Además, esa es la manera de hacer las cosas en democracia. No tomando la ciudad, haciendo barricadas, impidiendo que los negocios operen, que los niños jueguen o que los vecinos accedan a sus casas. Porque da la causalidad de que esto no es Libia, ni Siria ni ningún otro país en los que mande un sátrapa al que haya que derrocar lanzándose a la calle. Este es un país maduro y demócrata en el que la voluntad del pueblo se expresa por otras vías. Además, si la calle es suya, también —y con más razón— lo es del resto de los ciudadanos. De los comerciantes que solo aspiran a ganarse la vida con sus negocios sin que estos se vean seriamente perjudicados por la presencia perpetua de unos manifestantes por muy justamente indignados que estén, de los vecinos de la zona, de los niños y por supuesto de todos los que pasan por ahí pacíficamente. Creo que, con las elecciones a un paso, los indignados tienen una oportunidad perfecta para demostrar que lo suyo, en efecto, es un movimiento pacífico que aspira a cambiar la sociedad, y no una algarada callejera.

Carmen Posadas, escritora.

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