La ciencia y su lucha por la supervivencia

La preponderancia mundial de los EEUU está tocando a su fin. La hegemonía de una única superpotencia mundial se acabó. Otras economías son capaces de lanzarle un desafío. Pero Norteamérica sigue manteniendo su liderazgo en investigación científica, no sólo por la cantidad de dinero que se invierte, ni por la relativa importancia de la ciencia en la cultura nacional: el presupuesto por persona es más alto en Israel, Japón, Corea del Sur, Alemania, y varios países escandinavos. La ventaja estadounidense consiste en comprender mejor que los demás la naturaleza y las necesidades de la comunidad científica.

Hace varios años -demasiados, excesivamente largos- tuve un conflicto poco grato con Richard Dawkins, el gran apóstol del ateísmo, el pontífice supremo y portavoz brillante de la cuasi religión darwinista. Yo había escrito el guión de un programa de televisión sobre Darwin, y Dawkins intentó suprimirlo. Los que trabajamos con los medios informáticos solemos tropezarnos con la censura. Pero ese caso me sorprendió, porque el retrato de Darwin que intentaba esbozar era bastante favorable, y ningún espectador inteligente hubiera acabado sin comprender que la teoría de la evolución es cierta -una explicación fehaciente de la diversidad de las especies.

Mi ofensa -mi pecado y herejía contra la ortodoxia darwiniana que suscitó la ira del señor Dawkins- era decir que la teoría de Darwin se inspiró no sólo en la exactitud de sus observaciones de la naturaleza, sino también en la tragedia de su propia vida: las enfermedades de sus hijos, la muerte a los diez años de la pequeñita Ana, la majita de la familia. Darwin se había casado con su prima. Terminó convencido de que sus hijos, víctimas de rasgos heredados, se encontraban entre las escalas más bajas de la lucha por la existencia. Así que el darwinismo se inventó no por un supermán, inmune a su entorno, ni por un profeta cuyas fuentes de inspiración se colocaron fuera de su propia persona, sino por un hombre de carne y hueso, cuyos pensamientos procedían de su propia experiencia. A Dawkins no le sentó bien. Su Darwin -el que él imaginaba- se parecía más a un dios o un profeta que a un tipo cualquiera.

La ciencia es un arte, o tal vez una ilusión. A nosotros, los seres humanos, que vivimos enredados en la naturaleza, no se nos permite una óptica objetiva. Somos incapaces de escapar la contextura aglutinante de la biosfera, que nos adhiere como a moscas pegadas al papel que las atrapa. Nuestra única salida es la imaginación -el intento de conseguir un enfoque literalmente inaccesible, como el de un observador ajeno, contemplando a nuestro planeta desde una distancia inmensa de tiempo y espacio-. La ciencia, además, es cultura: es decir, que refleja ineludiblemente las presiones culturales que rodean al científico. Si no fuera así, sus experimentos quedarían ininteligibles para sus contemporáneos. Sus hallazgos son productos de las circunstancias personales. Si no fuera así, le resultarían invisibles. La emoción y los sentimientos crean ciencia.

Lo sabían los magos del Renacimiento y de la revolución científica de la Edad Moderna, conjurando efectos alquímicos mientras iban develando las estructuras de las materias, hechizando a los enfermos mientras iban curándoles, adivinando a los hados mientras trazaban el universo. Henri Poincaré, a principios del siglo XX, publicó La Science et lhypothèse, afirmando que la ciencia procedía del cerebro del científico tanto como del mundo externo. Luego Werner Heisenberg y Niels Bohr elaboraron la teoría del carácter indeterminado, demostrando que el observador está irremediablemente embrollado en sus observaciones. Thomas Kuhn, a principios de los 60, escribió The Structure of Scientific Revolutions, explicando que la ciencia se adecua a los paradigmas, que son a la vez productos del ambiente cultural.

Es por eso que la ciencia, tanto como las demás artes, necesita ser libre: libre de censura, libre de burocracia y libre de los comités de supuestos expertos, cuyo interés consiste en mantener las ortodoxias que ellos mismos formularon y siguen enseñando. Tanto como un poema o un llanto, una gran teoría científica es la creación de una mente, la criatura de una imaginación, la expresión de una emoción. Su terreno es la serendipia. Sus procesos son impredecibles. Pero en la Europa actual es casi imposible lograr fondos de investigación sin demostrar los resultados de antemano y someterse al juicio de especialistas poco originales, políticos mezquinos, y funcionarios faltos de imaginación. Don Braben, catedrático honoris causa del University College de Londres, un gran inconformista de la comunidad científica inglesa, acaba de publicar Promoting the Planck Club -sostiene que ninguno de los 500 mayores científicos del siglo XX hubiesen conseguido fondos bajo el sistema vigente-. Entre los ejemplos que trata vienen Max Planck, Albert Einstein, J.J. Thomson, Ernest Rutherford, Niels Bohr, Werner Heisenberg, Barbara McClintock, Francis Crick, James Watson y Harry Kroto. Braben hubiera podido añadir otros genios de la actualidad a su lista. Kary Mullis, por ejemplo, es un tipo que realiza trabajos innovadores no en el laboratorio sino dentro de su propia cabeza mientras va de surf o camina en su coche cupé. Pensó por primera vez en las reacciones de cadenas de polimerasas en 1983 mientras conducía de noche con una novia que luego le rechazó. Barry Marshall, otro Nobel, que ayudó a demostrar que unas bacterias son responsables de las úlceras pépticas, se mostró tan frustrado por la investigación convencional que se experimentó tragando una copa llena de bacterias como si fuera un cóctel. Cuando ofreció comunicar sus descubrimientos a un congreso de especialistas, se rechazó su ponencia por colocarse, según el reportaje del comité seleccionador, debajo del nivel obligatorio. El también Premio Nobel Tim Hunt realizó su primer descubrimiento, el del papel de los ribosomas en el ARN, según cuenta, «por puro capricho», por salir del laboratorio, mientras un experimento se desarrollaba impredeciblemente, para regazarse en un almuerzo excesivamente bueno y largo. Durante largos años su carrera quedó definida como un especialista en ciertos tipos de honguillos en un equipo de investigación dedicado a estudiar las bases genéticas del cáncer, porque algunos colegas creían que su aproximación era irrelevante. Hoy en día, es probable que tales prejuicios lo dejarían sin fondos para seguir trabajando.

Si vamos a seguir adelante, si vamos a nutrir ciencia realmente innovadora, si vamos a liberar la potencia de los cerebros científicos, necesitamos a tales genios, por excéntricos y heterodoxos que sean. Y, por tanto, tenemos que encontrar medios de financiación que les permitan el ejercicio de esa creatividad sin límites que es imprescindible para practicar la ciencia -si se me permite expresarlo así- como arte. En EEUU existen tales métodos. Las grandes universidades disponen de fondos propios, protegidos por la legislación estatal y federal, que se distribuyen entre los investigadores, sin condiciones previas, en cantidades relativamente modestas pero suficientes para iniciar proyectos innovadores, desafiando a la sabiduría oficial. Yo mismo, que no soy sino un historiador humilde, cuyas investigaciones son baratas y de poco provecho al lado de las de mis colegas científicos, dispongo de tales fondos. Así los investigadores tienen la oportunidad de demostrar la utilidad de sus ideas antes de tener que solicitar el apoyo de los organismos burocráticos. Luego existen muchas fundaciones privadas en Norteamérica, enriquecidas por privilegios fiscales que en Europa ni somos capaces de concebir, que están dispuestos a fomentar propuestas de trabajo demasiado aventuradas para los accionistas, o demasiado extrañas para el orden dominante científico, o demasiado arriesgadas para el erario público. Tenemos que imitar ese sistema que sigue favoreciendo a la ciencia estadounidense en la competencia mundial. Pero ¿existe un Gobierno en Europa dispuesto a conceder tales libertades, o a fiarse tanto de los investigadores, o a lanzar una reforma tan profunda?

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad Notre Dame (Indiana).

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