Las relaciones de la India con los Estados Unidos

Cuando las elecciones en los EE.UU. están a la vuelta de la esquina, tal vez el aspecto más llamativo desde el punto de vista indio es el de que nadie en Nueva Delhi está indebidamente preocupado por el resultado. Ahora existe un amplio consenso en los círculos políticos indios de que, sea quien fuere el que gane, las relaciones entre la India y los EE.UU. van más o menos por la vía correcta.

Esta situación se debe tanto a los demócratas como a los republicanos. La lograda visita del Presidente Barack Obama a la India en 2010 y su histórico discurso ante una sesión conjunta del Parlamento, constituyó el más importante hito reciente en las relaciones bilaterales. Fue una de las muchas reuniones que desde que ocupó el cargo ha tenido Obama con el Primer Ministro, Manmohan Singh, en diversos foros, con frecuencia en cumbres multilaterales como el G-20, y consolidó la nueva relación surgida tras un decenio de cambio espectacular.

A lo largo de toda la Guerra Fría, la democracia más antigua del mundo y la mayor democracia del mundo mantuvieron relaciones frías. La indiferencia inicial de los Estados Unidos se reflejó en la reacción del Presidente Harry Truman cuando Chester Bowles pidió que se lo nombrara embajador en la India: “Pensaba que la India estaba atestada de pobres y vacas por las calles, con hechiceros y personas sentadas sobre brasas y bañándose en el Ganges… pero no me di cuenta de que hubiera quienes la consideraban importante”.

Si eso fue grave, la orientación política de la India fue peor. La preferencia americana por aliados anticomunistas, por indeseables que fueran, vinculó a Washington con la dictadura cada vez más islamista del Pakistán, mientras que la democracia no alienada de la India derivó hacia el abrazo secular soviético. El Gobierno de los EE.UU. no apreciaba el no alineamiento; el Secretario de Estado de Eisenhower, John Foster Dulles, hizo su famosa declaración de que “la neutralidad entre el bien y el mal es un mal en sí”. En un mundo dividido entre dos superpotencias intransigentes, la actitud contemporizadora de la India parecía apaciguadora en el mejor de los casos y una ayuda y apoyo al enemigo en el peor.

Por otra parte, el Pakistán llegó a ser un componente esencial de la estrategia de los Estados Unidos de contención de la Unión Soviética y en su posterior apertura a China. Desde el punto de vista de la India, la indulgencia de los EE.UU. con el Pakistán pasó a ser hostilidad cuando aquel país envió la Séptima Flota a la bahía de Bengala en apoyo del genocidio perpetrado en 1971 por el Pakistán en Bangladesh. Los ánimos no tardaron en enfriarse, pero siempre se consideró que la India se inclinaba a favor del Kremlin, lo que no constituía una recomendación precisamente en pro de unas relaciones cálidas para los Estados Unidos.

Con el fin de la Guerra Fría y la reorientación por parte de la India de su política exterior, además de su integración cada vez mayor en la economía mundial, se produjo un deshielo. Sin embargo, la detonación por la India de un artefacto nuclear en 1998 desencadenó una nueva ronda de sanciones de los EE.UU.

El Presidente Bill Clinton empezó a dar un giro a la situación con una lograda visita a la India en 2000, su último año en el cargo. El gobierno de George W. Bush profundizó la relación con un acuerdo de defensa en 2005 y en 2008 otro sin precedentes sobre cooperación nuclear civil (que sigue siendo el núcleo del cambio en la relación).

El acuerdo nuclear significó dos cosas al mismo tiempo. Admitió a la India en el club nuclear mundial, pese a su negativa a firmar el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares. Más importante fue el reconocimiento de que el excepcionalismo de los EE.UU. se daba también en otro país. Gracias a los EE.UU., que obligó a los cuarenta y cinco países del grupo de de proveedores nucleares a tragarse sus preocupaciones por que el trato especial para la India pudiera constituir un precedente para Estados renegados con aspiraciones nucleares como el Pakistán, Corea del Norte y el Irán, ahora existe una “excepción india”.

Durante la presidencia de Obama, nada tan espectacular fue posible: no se concibieron ni ejecutaron avances espectaculares ni se podían imaginar muchos, pero Obama, que había exhibido una fotografía de Mahatma Gandhi en su despacho del Senado, llevaba un medallón con el dios indio Hanuman y hablaba con frecuencia de su deseo de crear una “estrecha asociación estratégica con la India”, tocó las teclas simbólicas adecuadas en Nueva Delhi y se ganó al díscolo Parlamento.

Los EE.UU. son el mayor socio comercial de la India (si se incluyen los bienes y servicios). En los cinco últimos años, las exportaciones americanas a la India han crecido más rápidamente que las de ningún otro país. La Confederación India de la Industria calcula que, pese a la reciente crisis financiera mundial y a la recesión de los EE.UU. que la desencadenó, es probable que el comercio bilateral de servicios aumente de 60.000 millones de dólares a más de 150.000 millones en los seis próximos años.

Durante los años de Obama, ha habido avances en otros frentes: los pasos pequeños, pero significativos, que contribuyen a fortalecer los pilares de una relación. Los acuerdos sobre asuntos aparentemente prosaicos, como la agricultura, la educación, la salud e incluso la exploración espacial y la seguridad energética, atestiguan una cooperación reforzada. Además, los dos gobiernos han proclamado iniciativas en materia de energía limpia y cambio climático. Unos importantes acuerdos comerciales y sobre inversión, además de unos vínculos cada vez mayores entre universidades americanas e indias, han confirmado que cada uno de los dos países está desarrollando una participación en el otro más importante que nunca.

A consecuencia de ello, los indios seguirán el desarrollo de las elecciones en los EE.UU., como todos los demás, con cierto interés, pero, a diferencia del resto del mundo, se sentirán muy poco preocupados por el resultado.

Shashi Tharoor, a former Indian Minister of State for External Affairs and UN Under-Secretary-General, is a member of India’s parliament. His most recent book, Pax Indica: India and the World of the 21st Century, has just been published. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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