Más allá de la tormenta

Hace algo más de dos años plasmaba en estas mismas páginas, en Sí, Majestad, es reconducible, mi voluntarista impresión de que el choque de trenes previsto entre Cataluña y España no era “irreconducible” como, al parecer (no hubo desmentido de La Zarzuela), le había comentado off the record el monarca al dicharachero presidente cántabro Revilla. En aquel artículo y no sin pretenciosidad le sugería al Rey que, aunque la iniciativa política no le corresponde, dada la excepcionalidad y gravedad de la situación, quizá podría instar a las fuerzas políticas algo más que tópicos y buenas intenciones ante un problema político de primera magnitud.

Salta a la vista que no me hizo caso, más bien todo lo contrario visto su gélido e implacable alegato a favor de la ley y el orden en su discurso del 3 de octubre, sin matices y sin la más mínima apelación al diálogo político (afortunadamente, en el de Nochebuena ha rebajado considerablemente el tono, aunque tampoco apunta nuevas ideas). Y así estamos, no por culpa del Rey, evidentemente, entrando en un invierno de climatología benigna pero con una temperatura política infernal para la que no se vislumbran lenitivos. Ni siquiera la rápida convocatoria de elecciones sirvió en su día para atemperar los ánimos, encendidos inmediatamente por el traslado a prisión de dos líderes independentistas, el esperpéntico “exilio” del president, el ulterior encarcelamiento de su plana mayor y, ahora, por el resultado de las elecciones catalanas que confirma al bloque secesionista y sacude sísmicamente a la derecha española.

Mientras tanto, la ciudadanía observa, atónita y con el corazón en un puño, esta especie de ordalía en que los principales actores se ofrecen en sacrificio ritual, porque nadie puede salir beneficiado de este aquelarre de banderas y sentimientos inflamados. Y es que estamos ante un conflicto político que viene de muy lejos, casi de la noche de los tiempos y trata de sentimientos de pertenencia, de símbolos, pero también de reparto de poder en la vieja piel de toro. Como escribe atinadamente Alvarez Junco en su libro Dioses útiles (Galaxia Gutemberg 2016): “Ver disolverse a la España en que nací en una Unión Ibérica o en una Federación Europea no me hará derramar ninguna lágrima, sino lo contrario (…) Las naciones son construcciones históricas, de naturaleza contingente y son sistemas de creencias y de adhesión emocional que surten efectos políticos de los que se benefician ciertas élites locales”. Y por otra parte: “Negarse a aceptar la existencia o el rango político de una identidad colectiva, aunque la mayoría de los directamente afectados insistan en defender su vinculación con ella, parece una actitud poco realista y, sobre todo, inútil”.

Pero en lugar de caminar en el sentido que sugiere el historiador, hacia soberanías compartidas, vemos la agria confrontación entre independentistas que lo han querido todo, un catexit sin matices y a las bravas —veremos ahora después de la experiencia represiva—, y unos constitucionalistas acérrimos —renacidos muchos de ellos— que no les van a la zaga en radicalismo con la unidad de España, principio sin duda loable y posiblemente conveniente, pero de ninguna manera “sagrado” y por tanto intocable. La deriva es inquietante: no solo por el resultado electoral sino porque las más recientes y creíbles encuestas otorgan un significativo aumento del número de españoles que abogan por una restricción de las competencias autonómicas o directamente por una drástica recentralización del Estado, así como el resurgimiento de una extrema derecha ultranacionalista, factores que alejan la posibilidad de una salida política.

Es evidente que estamos en un momento político comprometido y todo apunta a un nuevo cierre en falso después de otras elecciones pseudo plebiscitarias , con candidatos en la cárcel o paseándose por los juzgados, y con amenazas más o menos veladas de volver a aplicar el 155. A todo ello, crece el distanciamiento entre españoles y buena parte de catalanes que amenaza con hacerse sideral si no se corrige la miopía política que afecta a la inmensa mayoría de la clase política. A este respecto, asombra que nadie tome en consideración la propuesta de Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, uno de los padres de la Constitución, quien sí ofreció en su día una salida exquisitamente política con un pacto fiscal, un acuerdo cultural-lingüístico y refrendo posterior que, según el acreditado jurista, no precisa reforma constitucional.

Parece claro que el modelo del 78 con su café para todos está agotado. Se necesita cortar de una vez el nudo gordiano que atenaza a España mediante una política de altura que propicie no solo una salida democrática como la apuntada por Herrero, sino también un mejor conocimiento mutuo, con la difusión del estudio del catalán en España y la enseñanza del castellano como idioma propio en Cataluña, sin cicaterías, así como la aceptación por parte de los españoles de que la “diferencia” no tiene por qué significar distintos derechos entre los ciudadanos de España, sino simplemente asumir que la presencia de la españolidad en Cataluña, tanto jurídica como simbólica y cultural no puede ser la misma que en otras comunidades autónomas. Y por parte del independentismo la asunción de que los sueños, sueños son, y que hoy por hoy es posible cierto grado de soberanía pero no toda, compartida como debe ser con España y Europa, que por cierto ha expresado claramente a través de sus representantes institucionales que no admite bromas independentistas…

Con un embrollado Brexit por un lado y con la amenaza latente de un asilvestramiento de padanos, corsos, bretones i tutti quanti, es lógico que la Comunidad Europea se oponga con toda su fuerza institucional y jurídica a las reivindicaciones catalanas, fuertemente desestabilizadoras… Y presuntamente contagiosas. Sí, pero, ¿hasta cuándo podrá mantener la cuna de la democracia esta actitud numantina y autoritaria? En política es utópico buscar soluciones para toda la vida —“Nunca digas nunca jamás”, nos decía James Bond—, pero al margen de como termine este peligroso sainete, es obvio que se tiene que dar una salida democrática por un tiempo equis a un problema político de primer orden que requiere más finezza que el actual vuelo gallináceo de los políticos de ambos lados.

Y es que tarde o temprano, Europa tendrá que afrontar el problema de las soberanías compartidas no solo por arriba sino también por abajo respondiendo a una pregunta clave: ¿cómo articular democráticamente la inequívoca voluntad de los ciudadanos de una comunidad política de plantearse un futuro diferente? ¿Es razonable en pleno siglo XXI y en el contexto de las más viejas democracias del mundo argumentar en plan torero que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible?

Pedro J. Bosch es médico-oftalmólogo y periodista.

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