Putin y los rusos étnicos

El poder de la palabra, su significado social y político, acompaña y se adapta a todos los cambios de la historia. Cuanto ocurre en Rusia y en todos los territorios adyacentes que durante siglos formaron parte del imperio de los zares o de la Unión Soviética tiene que ver con el uso del lenguaje en los discursos oficiales.

Incluso en los tiempos más tenebrosos de Stalin se reconocían las nacionalidades aunque fuera para homogeneizarlas bajo el manto uniformista del hombre soviético que estaba por encima de las particularidades étnicas y culturales de un país tan vasto como plural. Las deportaciones de tártaros que vivían en Ucrania fueron sangrientas y expeditivas. Stalin se rodeó de georgianos a los que tenía atemorizados y a quienes les daba facultades, Beria es el ejemplo más funesto, para ejecutar políticas en contra de minorías que se resistían pasivamente a la anexión cultural soviética. Rusia es una gran potencia que bascula cíclicamente entre Oriente y Occidente, entre Europa y Asia, dependiendo de los péndulos internos o de la política mundial. En el siglo pasado fue claramente internacionalista invocando un nuevo orden mundial.

Una tradición política establecida desde San Petersburgo y Moscú en los últimos tres siglos ha sido la de fomentar y en algunos casos obligar a rusos a establecerse en territorios en que constituían minorías. Su presencia tenía una gran incidencia local, tanto para estimular la lengua rusa como para servir de correa de transmisión con la capital del imperio zarista o del Estado soviético.

La URSS era internacionalista y no permitía el desarrollo cultural paralelo de las nacionalidades. La desmembración apuntada por Mijaíl Gorbachov y más tarde ejecutada por Yeltsin amputó enormes territorios que fueron independizándose a partir de los años noventa formando catorce repúblicas y estados desgajados de una Rusia que se había caracterizado por la conquista de pueblos y naciones en los últimos cinco siglos.

Recuerdo a Eduard Shevardnadze como flamante ministro de Asuntos Exteriores soviético que se estrenaba en una cumbre para firmar el Acta Final de Helsinki a finales de julio de 1985. En la capital finlandesa estaba también Francisco Fernández Ordóñez, que acababa de ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores en sustitución de Fernando Morán. La Unión Soviética parecía indestructible. A los periodistas en aquella cumbre no nos podía pasar por la imaginación que diez años después, Shevardnadze sería presidente de la nueva república independiente de Georgia. La URSS abrió las compuertas y se produjo la mayor proliferación simultánea de estados nuevos del siglo pasado.

Rusia salía humillada de la mayor aventura universalista iniciada en la revolución de octubre de 1917. La independencia de Ucrania fue la más sorprendente y la más contraria a la evolución histórica de Rusia que procedía del Rus de Kíev.

Cuando Vladímir Putin llegó al poder en el año 2000 empezó a reivindicar la importancia de Rusia en el mundo como gran potencia. Su popularidad creció con la firmeza y brutalidad en atacar a los nacionalistas chechenos y en la victoria en la guerra contra Georgia en agosto del 2008. Rusia podía haber perdido parte de su viejo imperio. Pero Putin no haría más concesiones territoriales.

Sus primeros discursos distinguían entre los ciudadanos que vivían en Rusia y los compatriotas que residían en el exterior. Pero las tensiones en Ucrania suscitaron un nuevo lenguaje en el que se refería a los ciudadanos rusos y a los rusos étnicos a los que Moscú debía proteger y darles la categoría de ciudadanos rusos.

Con este concepto de patriotismo, entendido como una ciudadanía compartida tanto si vivían en Rusia como si estaban fuera, se acometió la rápida anexión de Crimea con un referéndum sin ninguna garantía ni legalidad, convocado con diez días de anticipación por una autoridad no reconocida internacionalmente.

Esta doctrina política es la que se pretende aplicar en las regiones orientales de Ucrania donde existe una cultura y lengua rusas consolidadas y que los últimos gobiernos de Kíev han intentado absurdamente eliminar. Qué gran error cometieron las autoridades ucranianas al intentar borrar con leyes la lengua rusa de la vida pública, de la ciencia, de la educación, los medios de comunicación y los tribunales. Putin ha utilizado por primera vez en la crisis de Crimea la idea de los rusos étnicos como parte homologable a los ciudadanos rusos.

Habrá que estar muy atentos si esta formulación política acaba imponiéndose en partes o en la totalidad de Ucrania. Y también si esta recuperación de rusos étnicos se extiende a otras repúblicas que fueron zaristas o soviéticas. En la cumbre de Ginebra de hace una semana entre Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea se llegó a un acuerdo para respetar las fronteras y la integridad de Ucrania. A los pocos días se vulneró el pacto con la muerte de cuatro prorrusos en el este. Occidente haría bien en dejar Ucrania tranquila. Pero si Putin actúa descaradamente para recuperar antiguos territorios rusos podemos volver a los escenarios más dramáticos de la guerra fría y ver cómo se aumentan los presupuestos de defensa ante la eventualidad de futuras confrontaciones. La cultura y la geografía son muy viejas.

Lluís Foix

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