Sin medida ni precio

Misioneros españoles por el mundo. No me refiero al estimulante programa de televisión, sino a esa gran familia de hombres y mujeres que han sacado de su espíritu lo mejor que tenían para poner en las manos de Cristo y que él lo enviara donde más lo necesitara. El Papa Francisco, como de costumbre, nos ha enviado el mensaje anual para la Jornada Mundial de las Misiones 2017: «La misión en el corazón de la fe cristiana».

En esa maravillosa e inmensa labor llevada a cabo por la Iglesia, sin límite de horizontes geográficos, culturales y sociales, destacan esos hombres y mujeres que, dejando a un lado muchas de las cosas que más quieren, aunque llevándoselas en lo más profundo de su corazón, tratan de meterse en las grandes heridas de la humanidad en entusiasmada disposición para curarlas, y si ello no fuera posible, al menos poner sobre ellas bálsamos que las defiendan de esas malignas infecciones que son el resentimiento, el odio, la venganza o una resignación negativa que aleje cualquier atisbo de poder alcanzar la cuota merecida de dignidad y esperanza.

Como decía San Juan Pablo II, «no existe misión sin misioneros». España sigue siendo una de las iglesias que más misioneros y misioneras aporta a esa gran familia de la evangelización de los pueblos, presente casi en la totalidad de los países del mundo. Estas personas, hombres y mujeres llenos de espíritu evangélico y amor a Jesucristo, son los misioneros y misioneras. En número, y hablando solamente de los nacidos en España, se acercan a los 13.000. Podréis encontrarlos en los más diversos países realizando una labor inconmensurable, desde el punto de vista humano y social, y con un amor y una entrega de generosidad, sin medida de precio que solamente puede explicarse desde un corazón encendido en el mismo fuego que arde en la persona de Cristo.

Son hombres y mujeres universales, se adaptan a las culturas y aprenden lenguas desconocidas hasta entonces. Se meten hasta las entrañas de las gentes para ayudarles a ser ellas mismas y ofrecen, que nada imponen, lo que han recibido junto a la pila del bautismo de su pueblo de origen. Hermanos y hermanas nuestras que tienen raíces muy profundas de fe y de propia cultura, que en nada estorban y sí en mucho ayudan, a saber compartir con todos los hombres y mujeres, especialmente los más excluidos y necesitados, el encargo más admirable y obligatorio: el del mandamiento nuevo del Señor. Amaos unos a otros, hasta dar la vida. A nadie se le pide nada a cambio, que para dar de comer al hambriento y dignidad para el excluido no hace recomendación alguna. Por todos y por muchos murió Jesucristo. Ejemplos innumerables tenemos de quienes han cumplido este mandamiento con fidelidad hasta la entrega de la misma vida.

El Papa Francisco no ha tenido inconveniente alguno en manifestar que la entrega heroica en caridad sirviendo a los demás, sea motivo más que suficiente para reconocer el grado de santidad de esas personas tan admirables como ejemplares. También nos ha enviado, muy fiel a su estilo, un mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de este año en el que repite con énfasis que la misión está en el corazón de la fe cristiana. La Iglesia o es misionera o no es la Iglesia de Cristo, sino sólo una simple asociación. Pero la acción misionera de la Iglesia tiene unas inequívocas señales de identidad: «Ofrecer una vida completamente nueva, la de Cristo, alejada de toda forma de egoísmo y siendo fuente de creatividad en el amor. No es oferta de una ideología religiosa y de una ética ejemplarizante. Es el encuentro con una Persona que da sentido a la misma existencia humana. (…) Salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio».

Existe una figura literaria, el silencio sonoro, que muy bien puede aplicarse a una forma particularmente eficaz de acción misionera: la contemplativa. No solamente aquella que se refiere a una vocación claustral, sino la de una presencia testimonial, caritativa, de prestación social. Una verdadera y auténtica denuncia profética que habla con gestos que llegan hasta el heroísmo de una entrega sin condiciones. Y si alguien se pregunta el porqué de una conducta tan admirable, la respuesta no puede ser otra, para el misionero cristiano, que la de una confesión inequívoca: porque el amor de Cristo, que murió por todos, me quema hasta las entrañas y solamente puedo calmar ese incendio de la fe llevándoselo en amor activo a los hermanos: promoción humana, obras sociales, educación, salud…

La Iglesia española contribuye generosamente, sobre todo con la presencia de misioneros y misioneras, tanto sacerdotes como miembros de los institutos de vida consagrada y los fieles laicos, a la acción evangelizadora de las obras misionales pontificias. También en cuanto a lo económico. Pero, en este aspecto, se ha notado alguna disminución de aportaciones. Lo cual, aparte de los problemas financieros que ello plantea, es un tema preocupante, pues puede indicar una minusvaloración de la acción específica y evangelizadora de la Iglesia, que no es otra que anunciar en obras y palabras la buena noticia de Jesucristo. Se aprecia la benemérita acción social, educativa, asistencial, pero no tanto el de ser testigos vivos de la acción redentora y universal de Cristo. La misión esencial de la Iglesia es evangelizar. Poner la semilla del Evangelio en las tierras de todo el mundo y hacer que, por la misma fuerza de esa santa levadura, el universo se convierte en auténtico reino de Dios, que no es otro que el de la justicia, el amor y la paz.

Como es evidente, la misión de la Iglesia quiere llegar a todos pueblos y a todas las gentes, sin intereses proselitistas, sin coaccionar la libertad de las personas y con el mayor respeto a su cultura y forma de vivir, asumiendo aquellos valores que pueden existir en las propias creencias religiosas. «Cuando nos acercamos a una persona que profesa con convicción su propia religión –decía el Papa Francisco–, su testimonio y su pensamiento nos interpelan y nos llevan a preguntarnos sobre nuestra espiritualidad misma (…). Se parte del presupuesto de la pertenencia común a la naturaleza humana». Pero la Iglesia tiene una imperiosa vocación universal. Cristo ha venido para encontrarse con todos.

Tuve ocasión de conocer a una religiosa española que llevaba muchos años en una misión lejana. Se había identificado con la cultura del pueblo y celebraba sus fiestas y tradiciones. Cuidaba a los enfermos y servía a los pobres. Hablaba diversas lenguas y algún que otro dialecto. Pero, me decía, que cuando hablaba en la intimidad con Dios en la oración, siempre lo hacía en su lengua materna. No se le había olvidado. Era la marca imborrable de una vocación universal que sabía guardar los mejores valores de una fe arraigada en la propia cultura. La condición de pertenencia a una comunidad reconocida no era simplemente un dato obligatorio que había de figurar en el pasaporte. Era la marca indeleble de unas raíces de profundos convencimientos, de una fe que permanecía más allá de cualquier circunstancia social, geográfica o cultural.

Carlos Amigo Vallejo, Cardenal Arzobispo emérito de Sevilla.

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