‘Tempus lugendi’

Tiempo de luto, tiempo de aflicción en el que lloraremos el arrinconamiento de la Constitución en un lugar remoto del desván de nuestra memoria. Allí dormirá entre cachivaches antiguos, juegos de la infancia, disfraces, vestidos apolillados, fotos de la Transición… mientras sobre sus articulaciones dañadas se bailará la danza macabra de las identidades y los privilegios.

Lo hemos advertido en el debate de investidura donde solo ha salido fugazmente en alguna intervención del doctor Sánchez pero que no debe confundirnos porque el núcleo de lo que piensa de ella se encuentra, no en la palabrería de los discursos, sino en los acuerdos que ha firmado con el PNV y con ERC.

En el primero, es decir, el que fija las relaciones con el partido que lleva en su escudo la progresista invocación a «Dios y a las leyes viejas», se compromete a no dar un paso sin consultar con él –incluidas las medidas fiscales– para conseguir un fin que es, bien mirado, propio de un orfebre del Derecho: «Evitar la judicialización de las discrepancias que debe ser sustituida por el acuerdo político». Primer aviso a los jueces: vuestra labor, premiosa y farragosa, está en almoneda sustituida como va a ser por la fecunda agilidad envuelta además en sintaxis política. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Tantas páginas empleadas por botarates como Hobbes, Locke, Rousseau et alii dándole vueltas a los poderes del Estado, al Derecho y otras paparruchas y por fin, la señora Lastra y el resto de los sabios firmantes han dado con el ¡ábrete Sésamo! tanto tiempo añorado. Aunque es verdad que bajo la inspiración de Carl Schmitt (para los desmemoriados: un nazi).

Tempus lugendiUna vez tomado respiro, por la entidad del hallazgo, anotemos que vamos a «impulsar, a través del diálogo, las reformas necesarias para adecuar la estructura del Estado al reconocimiento de las identidades territoriales… a fin de encontrar una solución tanto al contencioso en Cataluña como en la negociación y acuerdo del nuevo Estatuto de la CAV, atendiendo a los sentimientos nacionales de pertenencia». Nada de hacer el Estado más eficaz para que los ciudadanos reciban mejores servicios públicos, no, esas son aspiraciones pequeñoburguesas, lo que impone el credo progresista es la complacencia en la identidad y el sentimiento nacional, carburantes indispensables para que la clase política del progreso pueda seguir dándole indefinidamente al manubrio del bodrio.

Hay otras perlas en este acuerdo como la de que el PNV represente a la Comunidad foral de Navarra, lo que abre la vía para que Cataluña negocie sobre Valencia o Les Illes porque al final de cuentas todo esto del territorio cuando estamos fundando un nuevo derecho público son tiquismiquis propios de pedantes que estudiaron Derecho y encima se lo creyeron.

Debo pasar, empero, por imperativo del espacio, a las no menos refulgentes preseas que se hallan en el alcanzado con ERC para lograr su valiosa abstención.

En él no hay la más mínima referencia a la Constitución y se acepta el lenguaje del separatismo poniendo en circulación la idea del «conflicto político» desautorizando a renglón seguido la «vía judicial» que va a ser abandonada (en esto insistió mucho el doctor Sánchez). De nuevo, aviso a los jueces, ahora del Tribunal Supremo: sois unos carcas sin imaginación, dándole vueltas a textos caducos como el Código Penal y la Ley de Enjuiciamiento criminal pero ¿a quién se le ocurre, almas de cántaro? Y el mismo mensaje se ha enviado a esas otras antiguallas, personajes que van a quedar para las zarzuelas, como son los fiscales y los abogados del Estado que ya pueden dedicarse a escribir sus nostálgicas memorias. Pues deslizada quedó la exigencia de la «amnistía» que, unida a otra idea clave, la de «recomenzar» (resetear en la neolengua inclusiva) permite pensar que la sentencia, tan trabajosa, de octubre pasado que condenó a los golpistas catalanes va ser en breve «verdura de las eras», un golpe pasajero de la mar.

En fin, y, como broche de oro, una mesa de diálogo «sobre todas las propuestas presentadas» con «libertad de contenidos» sin más límites «que el respeto a los instrumentos y principios que rigen el ordenamiento jurídico democrático». ¡Solo el democrático!, atención, los no democráticos, como la unidad de España, la soberanía nacional, no digamos la Monarquía, esos que se aparten de la mirada limpia de quienes se sientan a la mesa (aunque ellos dicen, por la cosa de la modernidad transversal, «en» la mesa).

Y, al final, el rien ne va plus de la democracia: la consulta (es decir, el referéndum) a los catalanes y solo a los catalanes. Porque, vamos a ver: ¿qué pintarían los vecinos/as de Córdoba o de Huesca en semejantes achaques? Nada, si queremos ser sinceros. A la vista de lo que ha ocurrido en Gran Bretaña con un referéndum, alguien debería haberse parado a pensar en el embrollo que puede derivarse de él, pero esta es una aprensión propia de un aguafiestas y nosotros estamos viviendo el alborozo de una coalición «progresista».

Vayamos con la palabra más usada en el hemiciclo, una especie de jaculatoria fervorosa. Hay quien cree que el «progresismo» es una ideología que se estudia en los libros de ensayo, tan aburridos siempre y a veces en varios tomos; no, eso es un error, el «progresismo» es una pasión vivida con emoción, con el calor de los buenos sentimientos que se trueca en fuego, en una embriaguez que lleva a la urna el día de las elecciones, capturados todos por una efervescencia cercana a la fiebre. Dicho de otra forma: el «progresismo» es una sensación de bienestar, una ilusión –de ahí lo del «proyecto ilusionante»–. También un éxtasis de orgullo por saber el individuo que lo disfruta que se halla en el sitio correcto de la Historia y no en sus múltiples parajes descarriados.

Y ahora una pregunta que formulo espoleado por la curiosidad, sin ánimo de molestar a nadie. La auténtica «mutación constitucional» que se va a producir, una vez firmados los acuerdos con nacionalistas y separatistas ¿en qué papel del PSOE se encuentra diseñada? ¿en la Declaración de Santillana, en la de Granada …? Porque a su propio secretario general se le ha oído en el debate del Congreso su entusiasmo por el federalismo. No seré yo quien me atreva a impartir lecciones al doctor Sánchez pero, con humildad, me permito decirle, por lo que uno tiene leído atropelladamente por aquí y por allá, que los tales compromisos son lo contrario del federalismo, basado como está en la igualdad, nunca en la desigualdad, menos en la bilateralidad, es decir, en las relaciones privilegiadas del Estado con las entidades federadas. Aunque bien podría ser que la literatura especializada, empezando por los papeles de El Federalista de Hamilton, Madison y Jay no contuviera más que disparates o que estos tres personajes fueran en puridad unos mastuerzos o, peor aún, unos infiltrados de la derecha.

Hace unos años, en 2006, Igor Sosa y yo publicamos un libro titulado El Estado fragmentado. Modelo Austro-Húngaro y brote de naciones en España. A pesar de tratarse de uno de los pocos ensayos que defendían al Estado frente a la voracidad de los nacionalismos, el Centro de Estudios Constitucionales con sede en Madrid, le dedicó un recibimiento digamos que poco acogedor. Vivíamos entonces otra exaltación progresista, la del presidente Zapatero, por lo que nos dieron palmaditas condescendientes en la espalda, al tiempo que se nos llamaba «reaccionarios», «apocalípticos» y otros requiebros inspirados en la peor intención. El tiempo, ese ser tan quimérico como irreflexivo, no solo nos ha dado la razón, sino que ha agravado nuestro diagnóstico. Seguimos viendo a políticos catalanes recontando naciones como si fueran corderitos para dormir. No solo se ha fragmentado la Administración pública, sino también el propio Congreso de los Diputados poblado ahora de intereses regionales tras los cuales rara vez aparece el interés de España. El hecho de que el Gobierno, como es el caso del actual, dependa de sus votos hace el resto. Un país literalmente ingobernable.

Y todavía hay zascandil que pide como gran reforma constitucional que el Senado se convierta en una cámara de representación territorial … Para tener a tal representación, como se decía en nuestra infancia, repe.

Francisco Sosa Wagner es catedrático universitario. Su próximo libro, de inminente publicación, se titula Gracia y desgracia del Sacro Imperio Romano Germánico. Montgelas: el liberalismo incipiente (Marcial Pons).

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