Tiempo de diplomacia

Por Samuel Hadas, analista diplomático. Primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede (LA VANGUARDIA, 28/07/06):

La hoja de ruta para la solución de la nueva crisis en Oriente Medio no es por el momento sino un laberinto sembrado de minas, como quedó demostrado el miércoles último en la conferencia internacional de Roma. Poco de bueno auguran sus resultados, a juzgar por su anémica declaración final. Dos semanas han transcurrido desde la provocación de Hezbollah en territorio israelí que causara la crisis actual. Dos semanas hasta que el pesado mecanismo diplomático internacional comenzara a moverse y los responsables de la política exterior de países como Alemania, Francia, Gran Bretaña, Rusia, Javier Solana de la Unión Europea, etcétera, llegaran en plan de mediadores a la región y hasta que, finalmente, se produjera la muy esperada visita de la secretaria de Estado de EE. UU., Condoleezza Rice.

La conferencia internacional en Roma, otro intento de resolver la crisis, ha concluido sin resultados y sin que sus protagonistas pudieran acordar otra cosa que una declaración en la que se señala que el cese de fuego debe ser “duradero, permanente y sostenible” y que debe proporcionarse ayuda inmediata a la población libanesa. Las encontradas posiciones entre EE. UU., que considera que el fin de la violencia debe lograrse cuando se asegure que será “sostenible y duradero”, y países como Francia, España, Rusia, Italia que piden el cese de fuego inmediato, insistiendo en que la respuesta israelí es desproporcionada, no han permitido que se llegue más lejos. Todos coinciden en que no se debe retornar a la situación anterior en Líbano, en la que una organización radical extremista, que recurre al terrorismo contra Israel en nombre de una supuesta resistencia,se había constituido en un Estado dentro de otro, creando la absurda anomalía de poseer fuerzas armadas propias y un arsenal de miles de cohetes y sofisticados misiles; además de ponerlas al servicio de patrones como Irán y Siria. Las diferencias están en la forma de lograrlo.

La Administración de Washington, sin prisas, seguirá maniobrando para demorar el cese de fuego a la espera de que la estrategia de Israel obtenga su principal objetivo, el de alejar definitivamente de sus fronteras a Hezbollah. La Unión Europea, que busca un cese de fuego inmediato, trata de evitar una confrontación con su aliado transatlántico, pero tarde o temprano sus serias diferencias comienzan a traslucir. Según EE. UU., el cese de fuego debe estar condicionado al despliegue de las fuerzas armadas libanesas en la frontera con Israel, así como a la aplicación de la resolución 1559 del Consejo de Seguridad, que exige el desmantelamiento de todas las milicias armadas en Líbano.

Israel considera que debe atacarse la raíz del problema y se opone categóricamente a cualquier arreglo que deje inconclusa su operación en el sur de Líbano, en la esperanza de que sus éxitos militares permitan, a diferencia de lo que sucedió una y otra vez en el pasado, el logro de un arreglo diplomático permanente. El millón de israelíes que vive en el norte de Israel no aceptará que gobierno alguno permita nuevas lluvias aleatorias de cohetes como las que cotidianamente caen hoy sobre sus poblaciones a decenas de kilómetros de la frontera. Mientras ello no suceda, seguirá oponiéndose categóricamente a un cese de fuego, pese a los sufrimientos de libaneses e israelíes. Israel está empeñada en cambiar las reglas de juego en su frontera con Líbano a través de mecanismos que impidan a Hezbollah que vuelva a las andadas y la situación degenere en otra erupción en poco tiempo. “Todos los que critican a Israel y dicen que nuestra respuesta es desproporcionada deberían decirnos qué debemos hacer cuando miles de cohetes son disparados sobre nuestro país”, acaba de declarar el premio Nobel de la Paz Shimon Peres.

El Gobierno de Líbano exige un cese de fuego incondicional, mientras que Hezbollah sólo aceptaría un cese del fuego que “permita un intercambio de prisioneros” (los soldados israelíes secuestrados por los terroristas del Hezbollah que cumplen sentencias en las cárceles israelíes). Pero poco o nada hace para que los verdaderos causantes de la tragedia que vive el pueblo libanés por la guerra de unos fanáticos iluminados paguen el precio de sus odios.

Los grandes ausentes de la conferencia de Roma han sido, además de Israel, los gobiernos benefactores de Hezbollah, Irán y Siria, que con Hamas constituyen el nuevo cuarteto de Oriente Medio, el cuarteto del mal. Washington intenta alejar a Siria de Irán, en la consideración de que Damasco podría desempeñar un papel central en todo intento de resolver la actual crisis. Washington, pese al malestar que causaría en Israel, para quien Damasco no es hoy otra cosa que un santuario de las organizaciones terroristas palestinas más radicales, podría reanudar su diálogo con Damasco que, en palabras de Rice, tiene “obligaciones que cumplir”.

Pero la comunidad internacional cometerá un grueso error si no asume la necesidad de neutralizar a Teherán y Damasco, para quienes Hezbollah no es sino un instrumento que ser manejado a discreción cuando sus intereses así lo exigen. Irán y Damasco son piezas clave en la crisis actual. Irán, que prosigue sin pausa su carrera armamentista nuclear buscando convertirse en la gran potencia de Oriente Medio, seguirá instrumentalizando los conflictos en la región, haciendo caso omiso a las exhortaciones de la comunidad internacional, si ésta no actúa antes de que sea demasiado tarde.

El G-8, en San Petersburgo, proclamó contundentemente que “la crisis actual es el resultado de los esfuerzos de las fuerzas extremistas para desestabilizar la región y frustrar las aspiraciones de los pueblos palestino, israelí y libanés de vivir en democracia y paz”.

La comunidad internacional no puede seguir ignorando su responsabilidad ante esta situación. ¿Escuchará? Cuanto más se demore, más vidas inocentes costará y más difícil será reabrir la ventana de la oportunidad. Lo que se requiere ahora es una coalición internacional con la voluntad política de implicarse seriamente en la búsqueda de una solución permanente, antes de que sea demasiado tarde. Llegó el tiempo de la diplomacia.