Un paso adelante en nuestra política exterior

Por Miguel Ángel Moratinos, ministro de Asuntos Exteriores de España (EL PAÍS, 11/01/07):

Desde el 1 de enero España ejerce la presidencia de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE). Para quienes el nombre no resulte familiar, baste recordar que la OSCE es la heredera del proceso de Helsinki, cuya contribución al fin de la guerra fría forma parte ya de los grandes hitos del siglo XX. A principios de los años noventa, tras la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, acontecimientos fundacionales de nuestro tiempo, el proceso de Helsinki se adaptó a las nuevas circunstancias. A partir de la Carta de París para una nueva Europa (1990) y de la Cumbre de Budapest (1994), la nueva OSCE ha participado en las grandes transformaciones y crisis en nuestro continente y se presenta en nuestros días como una Organización preparada para responder a los nuevos retos y amenazas del siglo XXI.

Compuesta por 56 Estados, la OSCE es, además, la mayor organización internacional regional del mundo. Su ámbito geográfico se extiende desde Vancouver hasta Vladivostok. Constituye, por ello, un foro de diálogo y cooperación único, donde se reúnen, en pie de igualdad, Estados pertenecientes a la comunidad euroatlántica y al espacio euroasiático, como Estados Unidos y Rusia. Más aún, gracias al diálogo con los socios mediterráneos y asiáticos, que España pretende reforzar, la OSCE mira hacia el Sur y hacia el Este demostrando que no existen fronteras cuando se trata de hacer frente a nuestros retos comunes y, también, a las oportunidades que se nos presentan. Precisamente, si algo caracteriza a la OSCE es su concepción global de la seguridad. Sus actividades se estructuran en torno a tres dimensiones: político-militar; económica y medioambiental y, por último, pero no por ello menos importante, la denominada dimensión humana, encargada de los derechos humanos y la democratización.

La presidencia de la OSCE representa, por tanto, una gran responsabilidad y una gran oportunidad para la política exterior de nuestro país. Puede servir como multiplicador de presencia y de influencia en zonas como el Cáucaso, Asia central y, en general, el amplio espacio pos-soviético, donde estamos reforzando nuestro propio despliegue bilateral. Son todas ellas regiones situadas en la vecindad de la Unión Europea y crecientemente importantes para nuestra seguridad y bienestar. Baste recordar la reafirmación de Rusia como actor influyente; el debate sobre la dependencia energética o los transcendentales cambios políticos, sociales y económicos que se están desarrollando en unos países que lindan, hacia el Oeste, con la Europa ampliada y, hacia el Este, con la dinámica Asia oriental, donde España también está realizando un importante esfuerzo por conectar con las fuentes de crecimiento y riqueza de aquel continente. De hecho, la OSCE, está en el epicentro de una de las mayores transformaciones que se están produciendo en el mapa geopolítico del mundo: Eurasia.

Estos cambios geopolíticos, vienen acompañados por otras tendencias transnacionales de gran alcance. Por desgracia, algunas de ellas están asociadas al lado oscuro de la globalización. También aquí la OSCE. y la presidencia española, pueden desempeñar un papel relevante. La OSCE se está dotando de instrumentos para hacer frente a los nuevos retos y amenazas: desde el terrorismo hasta la degradación del medio ambiente, pasando por los recurrentes brotes de intolerancia y discriminación contra quienes son o son percibidos como diferentes, o la trata de seres humanos y su explotación en las redes de migración ilegales.

España ha propuesto unas prioridades para su presidencia de la OSCE que se corresponden con nuestra visión de los temas más candentes de la agenda internacional. Así, desde la OSCE seguiremos en la vanguardia de la lucha contra el terrorismo y del reconocimiento y protección de sus víctimas. Desde la presidencia colaboraremos también a la mejora de la seguridad medioambiental, haciendo hincapié en la gestión racional del agua y en la degradación de la tierra. Desde la OSCE, por último, intensificaremos -con el valioso apoyo de la Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos de esta organización- nuestra política en defensa de los derechos humanos, la consolidación de la democracia y el Estado de derecho, y propondremos la mejora de los mecanismos para una participación efectiva de las minorías, la sociedad civil, las mujeres y los jóvenes como mejor respuesta a la creciente diversidad de nuestras sociedades en el marco de nuestros compromisos democráticos. Por supuesto, nuestra presidencia dará continuidad e impulsará las actividades tradicionales en las tres dimensiones donde la OSCE ha demostrado su valor añadido, entre otras: la prevención y gestión de crisis; el intento de solución de los conflictos prolongados entre Armenia y Azerbaiyán en torno a Nagorno-Karabaj; en Georgia (con la región de Osetia del Sur) y en Moldavia (con la región de Transdnistria), con su carga de sufrimiento y potencial desestabilizador para todo el continente; el seguimiento de la evolución de Kosovo en un año trascendental para la resolución de su status; la observación electoral, la protección de quienes arriesgan su vida en defensa de los derechos humanos...

En suma, todo un reto que España asume consciente de sus capacidades y de su creciente responsabilidad en el mundo. Nuestros lazos con la Unión Europea, Iberoamérica y el Mediterráneo son sólidos. Toca ahora dar un paso más hacia nuestro pleno desarrollo y madurez en política exterior. La presidencia de la OSCE es, precisamente, la expresión de nuestra voluntad colectiva para conseguir ese objetivo desde nuestro compromiso con el multilateralismo eficaz.