Cine para adultos mentales

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 24/02/07):

Basta con echar una mirada a las carteleras para comprobar que la industria del cine está volcada en los adolescentes. Primero y fundamental, porque nuestra sociedad se ha ido achicando hasta acercarla a la medida del adolescente. La hegemonía de la adolescencia como movimiento abarca todos los ámbitos; desde la cultura de masas hasta la política. Las manifestaciones culturales tienen como referencia los gustos de los adolescentes de ayer o de ahora mismo, pero cada vez más adolescentes. Hace unos días aparecían en el diario más leído de España las declaraciones de una actriz anglosajona que había participado en un filme con altísimas pretensiones culturales y ella se refería al personaje principal de la película, Ludwig van Beethoven, calificándole como “el Mick Jagger de su época”. La metáfora debió de parecerle tan feliz al entrevistador, y a todos sus jefes sin excepción, que alcanzó la categoría de titular. Y también tan obvia para todo el mundo que no recuerdo de nadie que protestara, literalmente perplejo y sobrepasado por la comparación.

He ahí una anécdota con trascendencia de categoría, que hubiera dicho Eugenio d´Ors. Los ejemplos podrían ser infinitos. La palabra concierto, que indicaba hace unas décadas una determinada particularidad en el mundo de la música, ahora abarca exclusivamente a la música pop, de tal modo que un concierto de música clásica, debe indicarse como de música clásica.En el fondo es lógico y está construido sobre dos pilares básicos. El primero se refiere a la constatación de que lo infantil ha desaparecido, subsumido en lo adolescente.

Los niños, hoy, digámoslo bruscalmente,son unos adolescentes prematuros; no hace falta más que ver el trato que reciben de sus padres, educadores y promotores empresariales. De otra parte, los adultos se han ido adaptando a la mentalidad adolescente, porque les resulta más cómodo, plantea menos problemas, exige menos y además forma parte de ese elixir de nuestra época que consiste en considerarse perpetuamente niño.

En definitiva, la adolescencia general constituye un mercado inmenso. La mentalidad adolescente tiende a las clasificaciones y la industria del cine se desarrolla con enorme rigor en la clasificación por géneros. Fíjense en las videotecas – ya sé que están de capa caída- pero aplíquenlo también a las tiendas de DVD, o a lo que quieran del ámbito cinematográfico. Ahí tienen minuciosas clasificaciones: cine fantástico, cine cómico, cine de acción, cine dramático, pornográfico, ciencia ficción, etcétera, etcétera. Adviertan la comparación con una librería, incluso en las llamadas grandes superficies,y se darán cuenta de la diferencia entre la industria del libro, que corresponde a otra época, y la del cine que es nuestra contemporaneidad.

Como no podía ser menos eso provoca una serie de problemas para un creador cinematográfico, que los hay y abundantemente, porque en general – y aquí está el problema- la creación exige un grado de condensación que tiene poco que ver con la edad pero mucho con la inteligencia. Es eso que denominamos madurez, talento, o como usted quiera llamarlo, que no siempre es lo mismo ni del mismo grado. Un ejemplo. El cine español se está mostrando como uno de los más agudos en el terreno del cine de pequeño formato; documentales o cortometrajes. Sin ir más lejos la Academia de Hollywood, que por razones obvias no da puntada sin hilo, ha seleccionado para sus Oscar dos cortos españoles de un conjunto de cinco, escogidos entre las filmografías de todo el mundo; Binta y la gran idea,de Javier Fesser, y Éramos pocos de Borja Cobeaga. Es evidente que en esa inclinación hacia las películas de bajo presupuesto hay motivos económicos debidos al raquitismo endémico de la cinematografía española – incomprensible desde el punto de vista de la lengua que supone un mercado inmenso- pero ahora no voy hacia ahí, sino hacia otra meta, la distribución y la promoción. ¿Cuántos espectadores españoles habrán tenido la fortuna de ver esos dos filmes españoles seleccionados? Yeso que tienen el dudoso marchamo de unos premios con goloso atractivo para la mentalidad adolescente. ¡Pues imagínense los demás!

Otro ejemplo, en este caso sangrante. Hay, operando en Barcelona, un director de cortos – y largos- sobre cuyo prestigio y buen hacer profesional no voy a decir nada más porque es amigo mío. Lorenzo Soler. Acaba de estrenar hace seis o siete días un filme documental en un cine de Barcelona; una película interesante, titulada El viaje inverso,en la que plasma el drama de la despoblación en la provincia de Soria y la llegada de una nueva generación de adultos, nada adolescentes, que asumen una concepción diferente de la vida. Pues bien, tras conseguir, me imagino que a duras penas, sacarla adelante con una producción minúscula y conseguir un cine convencional en Barcelona donde proyectarla, no sólo no he leído ni una sola crítica buena o mala, sencillamente ninguna, sino que en algunos casos ni siquiera la han señalado en la lista de estrenos. ¿Saben ustedes lo que eso significa? Que cuando salga este artículo probablemente estará en el limbo.

Recuerdo que, hará ahora poco más o menos un año, publiqué un artículo apuntando irónicamente que quizá los críticos y los responsables de cultura de los medios de comunicación debían recibir suculentas propinas para que dedicaran largos reportajes a filmes infumables, que por otra parte ya ocupaban páginas enteras de publicidad, y hubo quien se indignó. Lo vuelvo a repetir por si no ha quedado suficientemente claro; o una de dos, o son corruptos o incompetentes, o les importa todo un carajo, que viene a ser lo mismo. Yo creo que aquellos que tenemos el privilegio de escribir – engorroso privilegio, todo hay que decirlo- adquirimos una cierta responsabilidad, mayor o menor, dependiendo del grado de conciencia de cada cual, pero la cultura – y el cine no deja de serlo- no puede valorarse como la Liga de Fútbol, porque el espectador de cine no es el forofo de un equipo. Al menos eso creo yo, en la idea de poder sortear en la medida de la posible la arrolladora ola de la denominada cultura de masas adolescente. Se trataría de lograr algo parecido a la exigencia de los lectores en el campo de la política o de la economía. ¿Verdad que ahí se nota mucho cuando alguien se excede en el espacio y el elogio? Pues no sé yo por qué habría de ser menos escandaloso en la cultura. Los paladines de la cultura de masas se comportan como aristócratas ilustrados; dicen facilitar la bazofia que a ellos no les gusta, porque aseguran que es lo que pide el público.

Este exordio impertinente que hará fruncir el ceño de la gente con talante, viene de antiguo, y responde a una vieja querencia que nunca he ocultado – considero la adolescencia como una enfermedad inevitable y contagiosa, cuya duración marca el resto de la vida y que, por cierto, no tiene nada que ver con la juventud, que es el periodo más fascinante: el del derecho a vivir intensamente. Detesto la adolescencia y añoro la juventud ya irrecuperable. Fíjense si seré antiguo – definición cabal para quien nunca ha ejercido de posmoderno- que considero todo lo dicho hasta ahora como prólogo imprescindible para incitarles a ver un filme. Porque se trata de una película para adultos.

¿Y en qué consiste una película para adultos? Pues muy sencillo, no hay efectos especiales, se exige unos mínimos conocimientos de historia – nada del otro mundo, basta con haber leído algo más que periódicos deportivos desde hace años-, ninguno de los magníficos actores habrá aparecido en revistas de colorines, y la trama del filme está montada a la alemana, es decir, todo se explica y está claro si el espectador se mantiene atento. Y por si fuera poco con la dicho, demuestra que muy por encima de nuestras creencias comunes sobre la complejidad de la política y el desasosiego que nos produce, no hay nada más ambiguo e inexplicable que la vida. Y que el mejor cine es aquel que hace preguntas y no da respuestas. Debería añadir que tiene algo que quizá facilite la profundidad de su ritmo, de su eficacia narrativa, incluso de la facilidad con que la historia entra por los ojos. Es su música. Posiblemente sin la colaboración de un compositor tan eficaz y plástico como el libanés Gabriel Yared – autor de músicas de cine ya legendarias: El paciente inglés o Cold Mountain,entre otras- no se hubiera logrado este filme redondo y afilado, como una bala.

La vida de los otros,primer largometraje del director alemán Von Donnersmarck, cuenta una sórdida historia en un sórdido país, la República Democrática Alemana. Un triángulo de protagonistas. Un policía político con fe en el comunismo, un dramaturgo de éxito ante los embates de su conciencia frente a la dictadura, y una actriz hermosa y frágil en un mundo dominado por gente fea y corrupta. Podría ser teatro, pero es más por ese privilegio que concede el cine de ir retratando a toda una sociedad con una sola pincelada; el plano de un apartamento, un chiste malo con una toma brillante, una prostituta por minutos o el valor plástico del escalafón jerárquico en un régimen sádico hasta el crimen. Todos tan humanos, tan terriblemente humanos que uno no deja de hacerse preguntas enganchado a la música de Gabriel Yared y a unos monumentales versitos de Bertold Brecht, el canalla magnífico, que apela a la nube blanca, que primero se ve y se goza, y luego vuelves a alzar la cabeza y ya se ha ido. La frustración de la palabra es que no pueda alcanzar el embeleco de la imagen.