El atolladero de un Irán nuclear

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 06/09/06):

Expirado el ultimátum de la ONU el 31 de agosto, el Gobierno de Teherán insiste ante Kofi Annan en proseguir con su programa de enriquecimiento del uranio, necesario para el arma nuclear, luego de que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, alardeara de poseer la costosa tecnología. El Consejo de Seguridad se encuentra, como era previsible, ante el atolladero del reto renovado de Irán, pero lo más probable es que no cumpla su amenaza de imponer sanciones inmediatas al régimen teocrático, incluso si con la demora corre el riesgo de perder parte de su credibilidad.
Las grandes potencias abogan, con muchos matices, por ofrecer otra oportunidad a la diplomacia, aunque reconocen que la unidad es indispensable para ejercer una presión creíble sobre el sistema de los ayatolás apocalípticos. Pero esa unidad es cada día más problemática, ya que la guerra del Líbano ha reforzado a Hizbulá, el grupo político-militar tutelado y financiado por Irán, y ha debilitado a Israel, de manera que los cascos azules europeos, columna vertebral de la fuerza internacional, quedarían muy expuestos si el conflicto se recrudeciera.
La guerra libanesa mejoró las posiciones en la región del régimen mesiánico iraní, que a través de Hizbulá y su resistencia frente al poderoso Ejército hebreo capitalizó la frustración y el rencor del mundo árabe-musulmán hasta un nivel desconocido desde la época en que Nasser predicaba en El Cairo el neutralismo, el panarabismo y el anticolonialismo, antes de despeñarse con el cierre agresivo del golfo de Aqaba, considerado por Israel un acto bélico, y el desastre militar de la guerra de los seis días en junio de 1967.
Pese a las reticencias de los países árabes, inquietos por el expansionismo de Irán, la retórica panislámica, nacionalista y antiimperialista del enfebrecido Ahmadineyad y sus acólitos galvaniza a las masas alienadas, sumidas en el analfabetismo y la miseria, con un entusiasmo cuyos únicos precedentes son la nacionalización del petróleo por Mosadeq en 1953 o el retorno de Jomeini. El cara a cara contra el Gran Satán enciende la imaginación del orbe musulmán y permite levantar la cabeza a los humillados, hasta el punto de que los líderes sunís hicieron llamamientos en favor de los chiís de Hizbulá en la lucha contra Israel.
La guerra del Líbano ha modificado la relación de fuerzas a favor de Irán, que cuenta no solo con la alianza forzada de Siria, la solidaridad de los chiís de Irak y la división esperada de los occidentales –los europeos están abrumados por la suerte de sus soldados en el campo minado libanés y la onerosa factura del petróleo–, sino también con la actitud reticente de Rusia y China, que propugnan la negociación y rechazan las sanciones que afecten a los hidrocarburos, las únicas que podrían ser eficaces pero que perjudicarían sus intereses comerciales.

CON EL desastre de Irak de guardia en todos los medios y con la perspectiva incierta de las elecciones parlamentarias de noviembre, las dudas acosan al presidente Bush. El consenso internacional sobre Irán y otras cuestiones, levantado pacientemente por la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, está a punto de derrumbarse. Así, las tentaciones del unilateralismo y la guerra preventiva revolotean de nuevo sobre la Casa Blanca, en esta ocasión justificadas por el espectacular viraje estratégico derivado de la guerra del Líbano. Los llamados likudnik (neoconservadores afectos al partido Likud, la derecha israelí), protegidos por el vicepresidente Dick Cheney, critican veladamente a Rice y pasean de nuevo el fantasma del apaciguamiento, incluyendo la estridente comparación de Ahmadineyad con Hitler, ante la creciente agresividad de los adalides de la nebulosa revolución islámica.
Una crisis de nuevo cuño trastoca el enrevesado tablero de Oriente Próximo. Frente a la opinión europea de que el conflicto árabe-israelí y la construcción de un Estado palestino están en el origen de todas las guerras y cuya solución, por tanto, contribuiría a pacificar la región, los estrategas israelís –desconcertados por la conflagración libanesa– consideran que, por primera vez desde la independencia, en 1948, “Israel afronta una amenaza existencial: la amenaza de Irán”, según escribe el columnista Zeév Schiff, del diario Haaretz, de centro-izquierda.

LO QUE no dicen los estrategas israelís y sus partidarios en EEUU es si la amenaza iraní constituye un acicate para hacer la paz en el segundo frente –el de los palestinos– e incluso con Siria, para desgajarla del eje con Irán, o si, por el contrario, la destrucción de las instalaciones iranís exige una prioridad absoluta. Los argumentos de los halcones se ven reforzados por las ambiciones regionales de Teherán (nostalgia del imperio persa) y la exportación de la revolución islámica, especialmente a Jordania y Egipto, aliados de Washington.
Esos mismos estrategas concluyen que el énfasis negociador europeo es otra muestra de debilidad y rechazan de plano toda idea de paridad estratégica o disuasión estable en Oriente Próximo como la que surgiría si Irán lograra la bomba atómica, una perspectiva que los israelís consideran inaceptable. Por supuesto, el régimen de Teherán, con sus divergencias en la cúspide, su prédica antisionista y sus relaciones con grupos terroristas, da munición dialéctica a los abogados de la exhibición militar.
¿Qué camino tomar para impedir la proliferación nuclear, objetivo en que están de acuerdo las grandes potencias? O la tortuosa moratoria diplomática preconizada por Europa o la brutal revisión estratégica que aventura Israel. Al dilema se añade una certeza: si Bush insiste en el cambio de régimen en Teherán, la diplomacia está condenada al fracaso.