Ética, estética y cosmética

Se dice que la crisis económica es también una crisis de valores éticos. Quizás no sea inútil recordar que Ética (del griego ethos = carácter) era la «fuente» de la vida humana para Aristóteles y el «lugar interior» del hombre ante sí mismo y ante el mundo, según Heidegger. O sea, lo que Kant llamara «la moral del deber». Como ahora la moral no está de moda, la ética se ha convertido en un lugar común y hasta en un trasnochado freno de la libertad. Cosa distinta es la Estética (del griego aesthesis= sensación), dedicada al estudio de la belleza como emoción que sacude el alma humana. Desde el Renacimiento, la estética fue una constante búsqueda de la armonía como regla fundamental para creadores y artistas. Sería Hegel quien sustituyera la armonía por el despliegue histórico de la realidad de cada momento. En las artes, nada impide ya la consagración de la estética del feísmo como propia de nuestra época. La estética como armonía es ya solo un adjetivo ligado a esa especialidad de la cirugía que hace furor permitiendo que podamos parecernos a nuestros ídolos favoritos del cine, la televisión y las pasarelas.

Por fin, la Cosmética (del griego kosmetikòs= cuidados de la persona ) se refirió siempre a maquillajes, perfumes, afeites y bálsamos utilizados por la aristocracia, democratizados tras la I Guerra Mundial y hoy al alcance de todos.Traigo a cuento estas disquisiciones filológico-semánticas porque me parece interesante analizar la evolución de estos conceptos: de la «fuente» o «lugar interior» donde habitan los valores humanos fundamentales, se ha producido un deslizamiento hacia la emoción, hacia la «imagen», eso sí, convenientemente embellecida a base de tratamientos cosméticos, sucedáneos que todo lo enmascaran para camuflar nuestras imperfecciones. Nada de ética, poco de estética y gran triunfo de la cosmética, ahora también descaradamente aplicada a maquillar los comportamientos públicos. La cuestión no es «ser» sino «parecer» y, sobre todo, «parecer que se es y se hace». En esa constante búsqueda de la evasión de nosotros mismos, en esa constante huida hacia ninguna parte, me temo que se nos está olvidando pensar. Lo importante ahora es tener buena imagen individual y colectiva, aunque sea a costa de grandes dosis de maquillaje. Y no es que ética, estética y cosmética sean incompatibles, no; pero, desde luego, no son sinónimos.

El reciente «caso» de la Biblioteca Nacional de España es paradigmático. En tiempos de bonanza, parece natural que se conserve el pensamiento, el conocimiento acumulado por la Humanidad a lo largo de su historia. Al fin y al cabo, es una curiosidad. Pero ¿para qué nos vale hoy? Y sobre todo, ¿cuánto vale? Y ¿cuánto cuesta? Además, leer tampoco está de moda, es cosa de freakies, una minoría de gente rara. El libro ya pasó —dicen— al desván de la historia, y más que ninguno, el libro de pensamiento, la filosofía, el ensayo. El canon de la moda se sitúa en la imagen, en la pantalla. ¿Para qué seguir invirtiendo en eso de la Biblioteca con los malos tiempos que corren? En política no se trata de saber ni de actuar desde el rigor intelectual y los principios éticos; de lo que se trata es, lisa y llanamente, de aparentar en los medios y mejor aún en el telediario. Eso es lo que influye en la opinión pública. Eso es, pues, lo democrático. En esta tóxica perversión de conceptos, poco importan las minorías, y menos las minorías ilustradas. Acabemos con el pluralismo mientras nos llenamos la boca de cantos a la diversidad cultural. Y, por supuesto, maquillemos nuestras decisiones por si acaso. Repitiendo mantras, se crea una nueva estética acorde a los tiempos que, con un poco de suerte, alcanzará la consideración de ética social.

Pues bien, no es así. El letargo social inducido por la bonanza no ha bastado para cegar la «fuente» aristotélica, ni siquiera entre los más jóvenes que creíamos refractarios a cualquier valor que no fuera la búsqueda del placer fácil e inmediato. Una decisión gubernamental típicamente cosmética como la devaluación de la BNE ha despertado el «lugar interior» de mucha gente de forma inesperada. Han sido sobre todo los jóvenes quienes se han movilizado más ruidosamente a través de las redes sociales. Jóvenes que quizás nunca han puesto el pie en la Biblioteca Nacional ni tienen demasiado interés por la lectura, pero… Algo raro pasó que conmovió su fuero interno, que hizo que se sintieran repentinamente concernidos, que les motivó a tomar acción.

¿Por qué? Quienes no lo comprendan han olvidado que algún día fueron jóvenes, tuvieron ideales, buscaron «causas» que defender, se emborracharon de utopías, se pusieron con armas y bagajes al lado del más débil y contra el poder establecido. Yo les invitaría a estudiar esta reacción unánime de estupor e indignación. Una simple y aparentemente inocua decisión administrativa perpetrada contra la cuarta Biblioteca Nacional más importante del mundo fue percibida como un agravio personal decididamente injusto. Les invitaría también a transitar por las redes sociales, tantas veces denostadas como focos de peligro en las que los jóvenes pierden el tiempo en conversaciones inanes. Si lo hicieran, constatarían que este fenómeno reciente se está convirtiendo, a su manera, en un foro educativo.

A muchos de sus jóvenes usuarios quizás les falten referentes. Pero, cuando por alguna razón 50.000 jóvenes internautas («fans») de todo el mundo establecieron contacto asiduo con una institución como la Biblioteca Nacional, que va a cumplir 300 años pero no les sermonea sino que, amistosamente, va poniendo a su alcance el maravilloso mundo de lo impreso, eso sí, en formato digital; que responde a sus curiosidades y comparte con ellos la búsqueda diaria de la excelencia, junto con preocupaciones y realizaciones, ellos descubren en sí mismos una sensibilidad desconocida: opinan, preguntan, discuten, cuestionan, piden más, y cuando el referente BNE es atacado gratuitamente en una operación cosmética, saltan indignados porque la decisión les resulta antiestética y, sobre todo, antiética. Y lejos de mirar para otro lado, idean «KDDs» y hablan de llenar de lazos negros las verjas de la Institución.
Si además un cargo público dimite en oposición a un atropello que no supone ahorro alguno, descubren que el mundo que van a heredar —pobre mundo— puede ser mejor a base de gestos sencillos y tan profundamente democráticos como evitar ser cómplices de situaciones injustas. Sí, los jóvenes tienen valores, aunque quizás no lo sepan. Esos valores son la libertad, la justicia, la dignidad, la confianza, la solidaridad, la amistad. Con la BNE han aprendido a valorar el saber y la transmisión del conocimiento, a respetar el patrimonio y los símbolos culturales, a defender la cultura, a apreciar el esfuerzo por el trabajo bien hecho… o sea, los valores éticos de siempre, desde Platón y Aristóteles.

No sé si, cuando Mark Zuckerberg ideó Facebook, era consciente de lo que estaba haciendo. Ciertamente, las redes sociales se están convirtiendo en un «peligro público» para cualquier gobierno que arrumbe la ética, desnaturalice la estética y pretenda sobrevivir a punta de cosmética. Toda una lección en tiempos de crisis.

Milagros del Corral, ex directora general de la Biblioteca Nacional.