Fotografiarse a sí mismo

El verano pasado, los lugares emblemáticos de las ciudades más turísticas registraron la aparición de una forma de certificación de la experiencia del viaje que, doce meses después, se ha popularizado de forma sorprendentemente exitosa. Turistas armados con un palo en la mano y, en el extremo, el teléfono móvil para hacer una fotografía en formato de selfie.

La fotografía compulsiva de los lugares visitados como turistas fue un tema habitual de los trabajos paródicos de un fotógrafo tan mordaz como Martin Parr, que nos dejó el testimonio, a menudo sarcástico, de esta necesidad cartografiada, ahora hace casi un siglo, por Walter Benjamin, el primero que adivinó el cambio que se estaba produciendo en nuestros hábitos visuales, acostumbrados a mirar las cosas directamente, por influencia de la fotografía, que ponía, entre nosotros y las cosas, la mediación de un visor. Así, Parr nos dejó imágenes memorables de las décadas de explosión del turismo de masas: un grupo de japoneses, agrupados como un rebaño, ante el Partenón de Atenas, a la distancia justa para el encuadre correcto gracias a una cuerda atada; o jóvenes en plena contorsión, ante la torre inclinada de Pisa, ensayando la ilusión óptica de aguantarla con las manos para que no cayera. Hoy, aquellas imágenes aparecen como el vestigio, o más bien la caricatura, de una forma de certificar el viaje quizás definitivamente obsoleta.

Porque hoy, si hacemos caso de esta nueva moda, la certificación de un viaje a través de la fotografía parece reclamar que el autor de la imagen sea el mismo que aparece fotografiado, en un gesto que puede ser entendido como ejercicio de vanidad pero también como movimiento reflexivo, no tanto por el pensamiento que pueda contener, que no contiene ninguno, sino por su carácter reflejo. Así, el palo del móvil refina la indigencia de aquellas selfies, deformadas por la proximidad, gracias a la curiosa introducción de una distancia dentro de la imagen: en realidad, uno se hace la fotografía como si fuera otro el que la hace, aunque, de hecho, sea el mismo quien aparece dentro de ella.

La fotografía, desde los orígenes, fue una forma de poseer los lugares y las cosas a través de su imagen. Los lugares más escondidos del planeta recibían la presencia intrusa de la cámara transformando el lugar por una visibilidad multiplicada en la fotografía. Nadie se podía llevar a casa lo que veía si no era a través de esta forma subalterna de presencia que es la imagen fotografiada del lugar. Esta práctica generó un hábito visual que ha ilustrado, durante décadas, una curiosa relación con los lugares visitados: las cosas eran más vistas a través del visor de las cámaras o de los móviles que contempladas directamente y sin mediación. Todo el mundo tenía al alcance reproducciones fotografiadas de gran calidad de los lugares y de las cosas; pero cualquiera prefería su fotografía, por muy deficiente que fuera, aunque no saliera todavía dentro. Y había, en este gesto, una necesidad compulsiva de certificar la propia presencia en un lugar, ante alguna cosa. Y es que lo importante de cualquier viaje nunca ha sido sólo el lugar visitado, sino la experiencia de estar presente en él, por puro descubrimiento o por repetición de la visita.

Porque cada lugar es diferente gracias a la mirada que lo rehace y que le da, en cada caso, un sentido renovado; da igual si muy intenso o completamente banalizado.

Hoy, las selfies testimonian todavía de este deseo de posesión que siempre contiene cualquier mirada, y que se quiere llevar con ella parte de aquello que ve; pero al mismo tiempo testimonian de nuestra presencia en los lugares, ante ciertas cosas que nos importan. Y con este gesto, banal por reiterativo, se expresa una verdad que quizás, de banal, no tenga nada: que la esencia del viaje no es el desplazamiento físico a través del espacio, sino la experiencia de una cierta diferencia. Somos siempre nosotros mismos, aburridamente reiterados en la imagen, pero la diferencia de los lugares visitados y de las cosas contempladas nos atraviesa, a veces hasta hacernos diferentes. Porque los lugares visitados y las cosas contempladas no se acumulan, en nuestra memoria cada vez más frágil, sino que también, tanto si somos conscientes como si no, nos transforman, cambiando, a veces hasta extremos que no sabemos reconocer, aquello que éramos.

Antes las vacaciones se cerraban con aquel ritual pesadísimo con que los turistas, de retorno a casa, torturaban a familiares y amigos con la visión comentada de las fotografías (¡o diapositivas!) del viaje. Hoy, sin embargo, la hegemonía de las selfies hechas con estos palos remotamente totémicos, ilustran de otra necesidad: la de sentirse, ocasionalmente, habitantes provisionales de un lugar que no es el nuestro y de convertir este momento en memorable.

Hoy, incluso los lugares que se pretenden más exóticos han dejado de serlo por el turismo masivo. Y, en su lugar, nos descubrimos a nosotros mismos, aunque sea a través de un gesto tan estereotipado y banal como el de la selfie con palo, como los únicos realmente exóticos y diferentes. La diferencia de los lugares y de los otros visitados, diluida en un mundo en que ya no queda nada oculto, se ha desplazado a nosotros mismos. Los otros ya somos nosotros, y toda nuestra curiosidad visual se entrega a ello, como si fuera una revelación. Y quizás, en realidad, lo sea, porque ahora ya sabemos, por mucho que nos veamos, que no hay nada más enigmático y desconocido que nosotros mismos.

Xavier Antich

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