La cara oculta de la luna

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 30/06/07):

No sé si ustedes conocen Miranda de Ebro. Es una pequeña ciudad que en general se contempla, en la distancia, entre las vaharadas del humo que desprenden unas grandes chimeneas; a la derecha o a la izquierda, según se vaya desde Bilbao hacia Barcelona o hacia Madrid. La gente no suele parar en Miranda de Ebro, y hace mal, porque tiene su encanto; un barrio viejo muy deteriorado pero con casas interesantes, unos paseos junto al río dignos, un hotel singularísimo en un viejo convento franciscano, donde no se sabe si admirar más lo que queda del antiguo claustro, las exposiciones polvorientas de animales disecados o el aire tranquilo de este rincón de la ciudad. También hay un restaurante magnífico cuya cocinera vasca no sabe donde está Kassel ni qué significa Documenta,pero cuando usted se sienta nadie le va a vender motos sino que le ofrecerán de comer sin esa variante posmoderna de la estafa, que consiste en hacerle vivir una experiencia.En La Vasca de Miranda lo que pida se lo traen y además sabe, y muy bien, a lo que ha pedido y no a otra cosa. También tiene unos barrios nuevos trazados a cordel, y muchos niños; en pocos sitios he visto tantos niños como en Miranda de Ebro, es decir, que hay mucha gente joven, trabajadora y con posibles.

En Miranda se nota que corre mucho dinero; basta ver las tiendas. Me reconozco voyeur y flâneur de escaparates. Gracias a eso descubrí en Miranda la única librería que he conocido en mi vida donde la mitad de la tienda está dedicada a libros, y en abundancia, (aquí encontré un muy documentado trabajo sobre el campo de concentración para presos políticos de Miranda de Ebro, que duró hasta 1947), pero en la otra parte sólo venden bolsos de lujo para señoras. No creo que haya otra igual y es posible que eso diga mucho de esa ciudad que todo el mundo ve desde la autopista y apenas si se paran a conocerla.

La ignota intención de un grupo de investigadores de la ONU ha llevado a escoger Miranda de Ebro como una de las tres ciudades españolas donde hacer un estudio sobre el consumo de cocaína. Las otras dos son Aranda de Duero y Madrid, por razones que se me escapan. Según estos expertos, Nueva York sigue siendo el centro mundial del consumo de cocaína.

Pero lo que ha dejado perplejos a los pocos ciudadanos que aún pueden quedarse perplejos por algo, es que Miranda de Ebro ocupe el segundo lugar del mundo, proporcionalmente, en el consumo de coca. Y lo que aún llama más la atención, España es el principal consumidor de cocaína del planeta, lo que desde luego llevará a todos los que viven de negar la evidencia a protestar airados, empezando por el alcalde de Miranda de Ebro y siguiendo por la ministra española del ramo, quien después de llevar una campaña demencial contra el tabaquismo guardará un silencio de rigor sobre la cocaína: ¡eso son palabras mayores! No es igual de fácil joder a los fumadores de a pie que afectar a la multinacional de la coca o reducir los beneficios de los gigantes del automóvil, que contaminan más que un cartón de cigarrillos.

Confieso que a mí las razones por las que la gente consume cocaína me interesan poquísimo, o para ser sincero, lo mismo que admitir que hay quien consume alcohol, fútbol patriótico – una patología que afecta a las meninges y con consecuencias irreversibles de idiocia-, culturismo, pornografía, hachís, fundamentalismo religioso, coleccionismo de miniaturas, y un largo etcétera que alcanza hasta los consumidores de revistas del corazón y programas basura televisivos, auténticos inadaptados sociales, de difícil recuperación. Lo que de verdad me inquieta, y de una manera que tiene que ver con nuestra propia vida y el funcionamiento de una sociedad abierta y democrática, es todo lo que rodea a la cocaína. La industria y comercialización clandestina de la droga, es decir, la mafia. Si tenemos en cuenta que no sólo por el consumo sino por el tráfico de drogas España representa un lugar privilegiado para las organizaciones mafiosas, lo que debemos preguntarnos es cómo esto impregna nuestra sociedad. Aunque no nos atrevamos a explicarlo negro sobre blanco es indudable que la gran burbuja inmobiliaria está vinculada al éxito económico mafioso; necesidad de blanquear dinero, inversiones a muy corto plazo y alta rentabilidad.

Las costas españolas son un vivero de mafiosos; las del Mediterráneo alcanzan cotas insospechadas. (Ya sé que es difícil que alguien lo haga, pero yo propondría un reportaje, una serie de artículos sobre todos y cada uno de los pueblos con alcalde corrupto, sometido a la justicia y en algunos casos en vísperas de entrar en prisión, que han sido revalidados en las recientes elecciones por sus propios pueblos, incluso con mayores apoyos en votos de los que habían tenido nunca. Esto sí tiene una explicación y es muy simple: ¡A mí qué me importa dónde roba el dinero, si también me beneficio!)

La historia de Miranda de Ebro y de la cocaína es reciente, y si la pongo aquí es para incorporarla a la intención de ensalzar un libro de lectura obligada y audaz en todo – redacción, concepción y hasta ideas-. Si algo cabe reprocharle es tan sólo una palabra, la que hace el título. Gomorra, de Roberto Saviano (Debate, 2007). A mí, la evocación de la bíblica Gomorra no me dice nada respecto a la Camorra napolitana, pero fuera de eso estamos ante un trabajo excepcional, escrito con el corazón y con la cabeza, cosa nada fácil, que se lee de un tirón sin salir de esa mezcla de cotidianidad y perplejidad que provoca el mundo de la delincuencia organizada y de altos vuelos. Esa aleación de la alta tecnología en la búsqueda del máximo beneficio, sumada a la brutalidad sangrienta de la criminalidad mafiosa, llamémosla así, para entendernos, aunque aquí tratemos de los camorristas de la Campania y no de Sicilia. Porque lo más valioso del relato fascinante, desoladoramente fascinante, de Saviano es que no hay reparto de papeles; eso de que unos caballeros impolutos vestidos de Armani y una chicas con diseños de Prada viven en un mundo mafioso elegante, mientras que otros ejecutan, abren en canal, despedazan, ahogan, estrangulan, vuelan a sus adversarios con bombas de mano… No, nada de eso. Son los mismos. El tipo con Armani y la chica de Prada, ni se cambian de ropa para hacer su trabajo de casquería humana, porque el trabajo es la parte más importante de su vida. Es el negocio.

El tráfico de droga es el negocio más rentable del mundo. No hay nada parecido, ni siquiera la venta de armas. Roberto Saviano escribe muy bien y es capaz de hacer capítulos tan insólitos como el titulado Kalashnikov que es un prodigio de sarcasmo y de conocimiento del mundo camorrista. Y es muy instructivo, porque nos explica a los españoles cómo se reparte la península en familias de la Camorra, y cómo pueden vivir en Barcelona sin que les molesten, por más que tengan un centón de cadáveres sobre sus espaldas, y por qué las grandes superficies son la fórmula de blanqueo de capitales más eficaz, lo cual podría ser una explicación a por qué Asturias tiene la concentración de grandes superficies más alta de Europa, aseguran, lo que me permite sugerir, ahora que se da mucho el hermanamiento de ciudades por curiosas afinidades, que Miranda de Ebro y Avilés, por ejemplo, se hermanaran. ¿Cuánto dinero negro se produce en Miranda de Ebro… y en Avilés, y en la ex-cuenca minera asturiana, para destinarlo a invertir en las lavadoras financieras del blanqueo?

Es una traumática gozada el leer esta Gomorra de Roberto Saviano. Suculenta en historias patéticas e hilarantes. La del jefe de la camorra, el boss multiasesino Francesco Schiavone, alias Sandokán, que reconviene desde la cárcel a un periódico «le ruego que no incurra en el error de convertir su diario informativo en un periódico sensacionalista, que inevitablemente perdería credibilidad».

Ni el más audaz escritor podría imaginar una escena igual. Y qué decir del famoso Nuncio De Falco, detenido en el Intercity Valencia-Madrid, a la altura de Albacete, gran asesino con negocios en medio planeta. ¿A que no saben ustedes a quién contrató como abogado? Pues a Gaetano Pecorilla, presidente en el Parlamento italiano de la Comisión de Justicia. ¿Y que me dicen del caso de Nino Manfredi? ¿Se acuerdan de ese actor que nos emocionó tanto? Pues muy sencillo, un día la cúpula de la Camorra decidió que la mansión de Manfredi en la costa era ideal para ellos y sus tráficos, y se la quisieron comprar. Y él no vendía. Y cuando estaban a punto de hacerle esa proposición que le iba a costar la vida, el hábil Manfredi salió en la televisión y lo contó todo. Entonces todos sonrieron y dijeron aquello tan propio: exagera y se hace autopropaganda. Porque el cine está presente en el mundo de la delincuencia organizada, son auténticos cinéfilos. Imitan a Robert de Niro, a Marlon Brando, y ahora, como los gustos han bajado mucho, el ídolo es Tarantino. Genial el comentario de un experto en balística de la policía italiana cuando explica que ahora las balaceras mafiosas han perdido eficacia porque disparan imitando a los actores de Tarantino, es decir, hacia abajo, y eso les hace perder potencia de fuego.

¿Por qué nosotros no tenemos ni un solo libro que echarnos a los ojos sobre nuestras mafias nacionales? Ni uno, que se dice pronto. Me imagino la respuesta del editor, muy comprometido él con todos los negocios del mundo. «Porque nosotros, amigo, no tenemos mafias locales; todo viene de Italia. Nosotros nos limitamos a invertir su dinero». Por cierto, nadie va a osar preguntarse qué significa ser el primer país del mundo en consumo de cocaína. Alguien, después de tomarse la segunda raya del día, tendrá que decírnoslo.