La idea del hipocampo

EL reciente zipizape autonómico ha dividido al país a lo largo de dos ejes distintos. El primero es institucional: lo que quiere el Estado central no lo desean las administraciones periféricas, y viceversa. El segundo desacuerdo es político. Frente al Gobierno y el PP, reducido a una posición común después de algunas tensiones y triquitraques, se han alineado, como abiertos en compás, CiU y los socialistas andaluces. Las desavenencias no concluyen aquí. El rechazo andaluz a las medidas de rigor fiscal que pide Madrid también revela una fractura en el interior del PSOE. No quiero decir con esto que Rubalcaba y la Junta estén de uñas o cultiven estrategias económicas divergentes. Me refiero más bien a que la concentración del poder socialista en una sola región deja al secretario general sin margen para decidir qué puede o debe hacer a escala nacional. La resulta es un caos que se venía incubando desde hace tiempo, y que la crisis ha desatado con todo el aparato de truenos y rayos que ahora estamos viendo. A la vez, las encuestas señalan una caída en picado del prestigio autonómico entre los votantes, tanto populares como socialistas. La reacción del electorado, para colmo de confusiones, es asimétrica. Muchos catalanes denuncian que la descentralización no haya ido lo bastante lejos, mientras que en el resto de España, con la excepción del País Vasco y tal o cual enclave suelto, tiende a imponerse el punto de vista inverso. A este viraje ha contribuido sin duda la decadencia de las prestaciones públicas, gestionadas por las comunidades. Pero no solo. Los excesos más ofensivos, las corruptelas más sórdidas, han adoptado un formato local o regional. El ciudadano encolerizado dirige su ira, sobre todo, contra lo que tiene cerca. Y lo que está cerca se encuentra uno o dos peldaños por debajo del remoto Madrid.

¿Cómo salir del atolladero? ¿Cómo evitar que el arreglo territorial se desarregle del todo? En ciertos ambientes de la derecha está prosperando la idea de que hay que ir a una rectificación parcial de las autonomías. Se trataría de recuperar competencias para el centro, reducir la administración subalterna, mejorar los métodos de control del gasto y otras cosas por el estilo. El esquema es razonable, y, al tiempo, muy conservador. Afirmo lo último, no solo porque se quiere conferir a la operación un alcance limitado; no solo porque el proceso sería, además de parcial, reversible; afirmo que el planteamiento es conservador en tanto en cuanto se da por sentado que los mecanismos a través de los cuales se efectuaría la reforma han de ser los mismos que hasta la fecha han regido las relaciones entre los partidos. Sería cuestión de reunir las mayorías congresuales que la ley exige, incorporar a los nacionalistas, eludir los agravios comparativos, y así sucesivamente. El propósito es regenerar la Constitución, no poner otra en lugar de la que se aprobó en el 78. No podría intentarse nada menos traumático, más razonable. Pero, ¡ay!, el proyecto es imposible, aunque sea razonable. Que lo políticamente razonable sea, a la vez, políticamente imposible integra la señal clásica, inconfundible, de que se ha entrado en una fase históricamente nueva. En esas nos encontramos, si la intuición no me engaña. No quiero, no obstante, meterme en honduras. Intentaré argumentar solo la premisa mayor: lo menos aventurado, lo que mucha gente sensata y sinceramente demócrata desearía hacer, es improbable que se pueda hacer. Basta, para llegar a esta conclusión, desprenderse del cielo empíreo de las generalidades piadosas, y comprobar que dos más dos suman cuatro.

Primero: no se podría obtener la connivencia nacionalista. Sobre esto me parece que no vale la pena insistir demasiado. En el País Vasco tocarán pronto poder, bien el PNV, bien Bildu. Bildu aboga por la independencia, y el PNV no puede fingir que no la persigue —por lo menos a medias— sin exponerse a perder votos por su flanco más abertzale. Con esto está todo dicho. Miremos, a continuación, el caso catalán. Muchos esperaban que el agobio fiscal de la región, más la petición de rescate, dejaría sin oxígeno a los convergentes. De momento, está sucediendo lo contrario. Artur Mas ha decidido quitarse presión pulsando la tecla soberanista e invocando un Concierto para Cataluña, conforme a lo que reclaman sus bases y quizás anhela él mismo. El desenlace es una situación inmanejable. Nunca, desde el comienzo de la democracia, había parecido tan difícil mantener a esa región enquiciada dentro del marco español. Pensar que este pudiera angostarse sin que los nacionalistas se alboroten y echen los pies por alto raya con lo absurdo.

Segundo: el PSOE no sabe/no contesta, mal que le pese a González. No sabe/no contesta porque puede más la coalición socialcomunista andaluza que Ferraz; no sabe/no contesta porque el PSC sigue su propia órbita y el PSE es una jaula de grillos; y no sabe/no contesta en tanto en cuanto la deriva confederal ha hecho mella en el partido y sin la piedra imán del Presupuesto las fuerzas centrífugas prevalecen sobre la centrípetas. ¿Y si el grupo parlamentario socialista se escindiera, y una de las mitades se pusiese a colaborar con el Gobierno? Eso no tiene sentido. Los disidentes estarían políticamente muertos a los dos días, y la reforma, diligenciada por la derecha y una fracción efímera de la representación nacional de izquierdas, nacería también muerta. Conclusión: huisclos. Horizonte ocluido, que dirían los aviadores.

El tercer factor es el tiempo. La Unión Europea, el FMI, y hasta la santa compaña, van a meternos los dedos hasta el fondo del paladar para que obtengamos resultados… ahora mismo. Ni el Gobierno ni Perico el de los palotes saben cómo demonios se hace esto, y no es improbable que con las prisas se accione una palanca equivocada y termine saliendo el sol por Antequera. Sugiero el siguiente futurible, no menos implausible que cualquier otro: se le deja seca a la comunidad X, se arma un lío del copón, y no hay entonces más remedio que aplicar el artículo 155. Como bien saben los profesores de Derecho Administrativo y Constitucional, el 155 es una bomba atómica. Su precedente americano sólo se sacó a relucir una vez: durante la Guerra de Secesión. ¿Creen factible que el 155 pudiera ejecutarse en Cataluña, mientras la Comunidad madrileña conserva sus instituciones? Yo, no. Se me antoja menos inaudita una suspensión general del Estado autonómico, y después Dios dirá, o mejor, dirá lo que tenga que decir el que haya tenido la suerte de conservar la vertical.

Todo invita a maliciar que, si las cosas se mueven, será a su talante, o, lo que es lo mismo, de modo no controlado: no se cambiará o moderará lo que los hombres razonables estiman oportuno cambiar o moderar, sino que cobrará cuerpo algo que todavía nadie nos ha explicado, y, lo que resulta aún más interesante, nadie, aún, ha imaginado. La naturaleza es más inventiva que los poetas: ni siquiera a un surrealista saturado de cannabis se le habría ocurrido la idea del hipocampo. Cabe afirmar lo mismo de los políticos y la historia. Esta, de tarde en tarde, alumbra un hecho inédito. Luego, vienen los políticos y le ponen nombre, apellido y domicilio social.

Álvaro Delgado-Gal

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