La propuesta de Francisco

El Papa lanzó su primera encíclica, “Laudato Si”, que  pasará a la historia como la encíclica verde de quien es hoy, de acuerdo a todas las encuestas, la persona con más credibilidad del planeta, en un momento de gran inquietud sobre su futuro. Influirá en la decisiva asamblea de presidentes sobre el medio ambiente convocada por la ONU para fines de año en París.

El Papa Francisco interroga: “Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos”. El Secretario General de la ONU, Ban Ki Moon, sentenció frente a los devastadores pronósticos: “con la naturaleza no se negocia”, y exigió cambios reales.

El Papa advierte que “si la actual tendencia continua este siglo podría ser testigo de cambios climáticos inauditos, y de una destrucción sin precedentes en los ecosistemas con graves consecuencias para todos nosotros”. Señala que la ciencia ha probado que lo que está sucediendo –gases invernadero, calentamiento global, desertificación en gran escala, incremento sustancial en los desequilibrios naturales, daños graves a la biodiversidad, extinción de especies– es producto de actividades humanas. Los datos recientes dicen que se han destruido el 25% de los corales del mar, y que, si no hay cambios para 2049, no existirán más peces.

El pensamiento del Papa liga lo verde con lo social: “un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente para escuchar tanto el clamor de la tierra, como el clamor de los pobres”.

Las interrelaciones entre el deterioro ecológico y la pobreza son muy concretas. El calentamiento global viene aniquilando sus precarias economías agrícolas, y pulverizando sus viviendas precarias obligándolos a huir hacia la nada.

Combinado con las desigualdades –el mundo tiene el peor coeficiente Gini de los últimos 30 años, según la Universidad de Stanford– generan pobreza a diario. Hay 1.200 millones de personas en pobreza extrema, más de 1.400 millones sin electricidad, más de 2.000 millones sin instalaciones sanitarias, 700 millones sin agua segura, 795 millones con hambre. 17.000 niños mueren por día por causas totalmente evitables.

De acuerdo a Oxfam, el 1% más rico tiene ya el 48% de la riqueza del mundo, del otro lado el 50% de menores ingresos, menos del 2%. 80 personas tienen más que 3.600 millones. De seguir las tendencias actuales, en 2019, el 1% tendrá el 54% de la riqueza mundial.

Algunos del 1% critican al Papa por no ser economista, como los que se han equivocado tantas veces. Ha probado ser mucho más: un humanista excepcional. Lo ha mostrado con sus enseñanzas, y con múltiples hechos. Ha estado en el infierno de Lampedusa junto a los inmigrantes desesperados de las barcazas, en las villas miserias de su Argentina natal, viene denunciando desde hace muchos años que “lo que no sirve se tira a la basura”. Y agrega: “los niños pobres, los ancianos, los marginados son descartables”, dijo al Parlamento Europeo. El Continente está “transformando el Mediterráneo en un inmenso cementerio”. Se ocupó de los sin techo de Roma, y condenó “las economías que matan”.

Advierte sobre “la globalización de la indiferencia” y quiere ayudar a “globalizar la solidaridad” con su revolucionario programa “Scholas ocurrentes”. Francisco, que tomó su nombre de Francisco de Asis, venerado por la humanidad, vive como él, en la austeridad.

¿Cómo no se van a sentir inquietas ciertas elites que prosperan con la contaminación y la especulación? No parece que van a tener eco. Así, por ejemplo, la última encuesta Pew en Estados Unidos, donde está por llegar, dice que el 86% de los estadounidenses ven favorablemente a Francisco.

El Papa proclama como lo hacían los profetas bíblicos: “Los derechos humanos se violan no sólo por el terrorismo, la represión, los asesinatos, sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y estructuras económicas injustas que originan las grandes desigualdades”.

Bernardo Kliksberg, asesor principal del programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

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