Marruecos y la libertad de expresión

Por Driss Ksikes, escritor y periodista marroquí, ex director de Nichane.Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 28/02/07):

¡Caramba con los chistes! Marruecos nunca había estado tan cerca del ridículo ni de lo irreparable. Repasemos una fábula que ha durado un mes: Nichane, un semanario escrito en la lengua del pueblo, publica un dossier sobre los chistes (“Así se ríen los marroquíes de la religión, el sexo y la política”); Khorafa.org, una página web radical con simpatías sospechosas, focaliza su atención sobre aquellos chistes que juzga política o religiosamente incorrectos, califica a los autores del dossier de apóstatas y desencadena un efecto de bola de nieve (manifestaciones, llamadas al asesinato, comunicados airados); el Gobierno y los ulemas de Su Majestad reaccionan para frenar la avalancha (que llega hasta los países del Golfo) y toman el relevo de los integristas indignados; el tribunal alterna una de cal y otra de arena para que, al final, el veredicto (tres años de prisión con suspensión de condena y dos meses de clausura del semanario) parezca clemente; como colofón, la libertad de hacerse eco de los chistes de los marroquíes (entre otras) queda suspendida. Más allá de su internacionalización y de un proceso a todas luces absurdo, el caso revela las incertidumbres que empiezan a planear sobre este año electoral.

¿Cómo se comportará el Estado con los islamistas en lo sucesivo? ¿Y con cuáles, exactamente? ¿Los no encuadrados, capaces de remover cielo y tierra con un clic? A éstos los controla en cierta medida a través de los servicios de inteligencia, pero no lo suficiente. Con sus ramificaciones en la universidad, la calle y la Red, este ejército invisible de fanáticos tiene ahora un medio de presión considerable, aunque no canalizado. En cuanto a los islamistas encuadrados en el Partido Justicia y Desarrollo (PJD), que se disponen a luchar por la victoria en las próximas elecciones, sopesan detenidamente cada uno de sus actos. Precisamente, en el caso Nichane estuvieron a punto de mojarse cuando interpelaron acaloradamente al ministro de tutela en pleno Parlamento, pero, en cuanto el Estado tomó cartas en el caso en cuestión, dieron marcha atrás. El Gobierno, que ha actuado torpemente por mediación de su primer ministro, Driss Jettou, considera haber “protegido” el espacio público. Lo que en realidad ha hecho ha sido marcar su territorio -religioso- y demostrar al elector potencial que la arquitectura del Estado -semiteocrático- le permite prescindir de los partidos que enarbolan el estandarte del islam. Por su parte, los islamistas, lo mismo los del PJD que los de Al Adl, ambos completamente indiferentes al caso, han visto cómo el Estado ha vuelto a desacreditarse a sí mismo en un asunto relacionado con la libertad de expresión, eso sí, dejándoles el suficiente margen como para poder salvar la cara ante los marroquíes, cada vez más conservadores. La demagogia en el terreno del orden moral no ha hecho sino empezar y, a la larga, estos juegos de manos pueden ser peligrosos.

¿Quién defenderá a partir de ahora la opción liberal? ¿Quién defenderá el derecho a la risa, al saber, a la información, a la libertad de opinión y de conciencia sin supeditarse a lo sagrado? El caso Nichane, que no es sino un síndrome más, demuestra que la vaguedad ideológica de los demás partidos políticos (que, aunque de orientación no islamista, comparten una identidad islámica) no les permite inclinar la balanza del lado de las libertades. Máxime cuando la mayor parte de sus dirigentes (a excepción de los del partido de extrema izquierda) adoptan posiciones de consenso, en público, y liberales en privado. Algunos de estos dirigentes hacen gala en petit comité de su solidaridad con Nichane, pero ninguno ha emitido un comunicado expresando su indignación o desaprobación. ¿Por qué? “Está en juego la religión”, replica uno de ellos.

Frente a los unos y los otros, apenas una pequeña parte de la sociedad civil se atreve a declararse públicamente partidaria de la secularización de la sociedad. Y sus miembros han sido los únicos en solidarizarse con Nichane. Minoritarios, conscientes de su escasa representatividad, temerosos de provocar a la masa islamizada, la mayoría ha optado por la prudencia. Los más moderados prefieren no comprometer demasiado el precario equilibrio existente entre el Palacio Real y los islamistas. Los más demócratas exhiben su compromiso con los principios universales, pero evitan atraerse las iras de los islamistas para no hacerle el juego al Estado en vísperas de las elecciones. Y, así, lo que impera es el equilibrio del terror. ¿Hasta cuándo? ¿Podrá Marruecos avanzar hacia un liberalismo económico más pronunciado sin que eso conlleve una liberalización cultural y política real? ¿Y quién será la punta de lanza de tal movimiento?

Para comprender el rumbo que toma una sociedad en vías de transformación, nada mejor que observar el papel de la Universidad y de los medios. Un ejemplo entre muchos: la oleada liberal que triunfó en Irán y alzó a Mohamed Jatamí al poder nació en la Universidad. Paradójicamente, la oleada de protestas contra el moderado Nichane también nació en la Universidad, pues en ella anida la ortodoxia marroquí de nuestros días. Qué duda cabe, algunos graduados universitarios destacan entre nuestra élite por su racionalidad y su rigor a toda prueba. Pero la mayoría de ellos se han convertido en expertos demasiado neutros o en miembros de una élite reclutada por el Estado en las fundaciones, consejos consultivos y otras instancias que abonan el terreno para la toma de decisión política.

Ante tal panorama, la prensa está prácticamente aislada. Funciona sin el sostén de las otras esferas (partidos, ONG, Universidad). En consecuencia, la libertad de prensa ya no es viable por sí misma. Con una ley liberticida, una justicia poco dada a la clemencia y no demasiado independiente, unos patronos de la prensa demasiado vigilantes y mayoritariamente propensos a fomentar la autocensura, las tachaduras rojas vuelven a escena con bríos renovados. Los primeros días del reinado, en los que la prensa exploraba sus límites y se enorgullecía de romper tabúes, están cada vez más lejos. Hoy, los tabúes vuelven a estar a la orden del día, ya sea por obra y gracia de la ley, la coacción política o la presión social. Como prueba, baste recordar que a Alí Lmrabet (Demain) el Sáhara le ha costado el exilio, y a Aboubakr Jamai (Le Journal Hebdomadaire), una dimisión forzada; que a Noureddine Miftah la monarquía le ha supuesto un proceso inhibitorio, y a Mohamed Hafid (Assahifa), un haraquiri inesperado; y, finalmente, que a mí mismo la religión me ha costado tener que vivir con una espada de Damocles sobre la cabeza. ¿Qué queda de nuestros sueños de libertad? ¿Y qué será de ellos tras las elecciones de 2007? Para un espíritu liberado de las contingencias, subsisten muchas dudas y muy pocas ilusiones.