Moderna, adulta y de calidad

Es sorprendente hasta qué punto los jóvenes líderes de nuestro país siguen enganchados al pasado. Como moscas absortas en el cristal de la Transición, uno emula al comunista Carrillo y, ante los pasmosos susurros de los suyos, desempolva la bandera de España para simular patriotismo. Otro reclama una «Transición ciudadana», como si la original no lo hubiese sido, y propone unos nuevos Pactos de la Moncloa, como si superar una crisis económica fuera comparable a superar una dictadura. Y el tercero, en fin: todo su proyecto es una masiva impugnación de los principios de reconciliación y reforma que hicieron posible la etapa más justa y fértil de nuestra historia en común. Con su obsesión retrospectiva, estos nuevos políticos siguen más o menos conscientemente la estela de los viejos reaccionarios españoles, los nacionalistas, que se han pasado la vida -la suya y la nuestra- saboteando la Transición.

La política española necesita urgentemente una cura de modernidad, dejar la Transición en la Historia, sacudirse la caspa y los complejos, y empezar a trabajar para el futuro. La pregunta es quién lidera el proceso. ¿El partido que en estos tres años ha dejado la política y su privilegiado escenario, las televisiones, en manos de los populistas, el de la pasividad ante el 9-N y la corrupción mal abordada? La respuesta es sí. Con sus defectos y sus errores, el PP es quien mejor puede reagrupar a la mayoría social que aspira a una España alejada del populismo y la puerilidad. Aunque para eso tendrá que renovarse, designar equipos eficaces y, sobre todo, proponer un buen proyecto para España.

¿Qué ideas defendemos? ¿Con qué argumentos vamos a movilizar a los ciudadanos en las próximas elecciones generales? ¿A qué les vamos a convocar? Éstas son las preguntas que el PP debe contestar con claridad en una Conferencia Política que no puede ser una mera pasarela de caras nuevas ni una plataforma para la polarización. Apelar al voto del miedo es un atajo político barato y no asegura una mayoría de gobierno. La política son convicciones, coraje y capacidad de desafío. Es salir a convencer a tus compatriotas de que tienes el mejor proyecto para tu país. Es ilusionar con la razón. Y la razón se articula hoy en torno a tres grandes C: Constitución, Calidad democrática y Clases medias.

La Constitución tiene que dejar de ser objeto de rumiante y estéril revisión. ¿Que los jóvenes no la votaron? Hagamos pues un referéndum sólo para ellos y hagámoslo cada 10 años. ¿Que los nacionalistas no se sienten cómodos? Los nacionalistas no buscan un mejor encaje en España, sino desencajar la democracia. ¿Que el federalismo es la solución? Ni quieren decir federalismo ni sería la solución. Ninguno de los problemas españoles -paro, corrupción, politización judicial, descrédito de los partidos- se resolvería con una reforma constitucional.

El PP debe pasar de un inmovilismo defensivo a una reivindicación ¡y aplicación! convencida de la Constitución. Combatir a los reaccionarios, desmentir a los resignados y demostrar con hechos que la Constitución de 1978 es moderna y moral. Que es la paz civil española y la auténtica tercera vía: un pacto de todos para todos fundamentado en una emocionante voluntad de integración. Que es un candado, sí, pero sólo frente a los planes de revancha y de ruptura. Oportunidades no nos van a faltar. En Cataluña hay un presidente sujeto a sospecha de inhabilitación y aún así dispuesto a culminar un proceso unilateral de secesión. Debe ser aislado. Tenemos a padres cuyos derechos constitucionales se ven inculcados con publicidad y escarnio. Deben ser amparados. Y tenemos a una flamante alcaldesa que propugna la desobediencia (in)civil. Debe ser controlada. Por no hablar del País Vasco y Navarra, donde el más sensato pregona abiertamente el derecho a decidir, ante el aplauso bendito de la prensa de Madrid.

El segundo objetivo del PP tiene que ser forjar un acuerdo adulto sobre calidad democrática. Y su punto de partida no puede ser una enmienda a la totalidad: en España hay corrupción pero España no es una democracia corrompida. Nadie duda que se deban reforzar los mecanismos para prevenir, perseguir, juzgar y castigar la corrupción. Hay que ser severos y ágiles. Pero sobre todo hay que ser justos. Hay quienes utilizan la corrupción para deslegitimar el sistema. Pretenden convertir la vida pública en un gigantesco auto de fe y lo están consiguiendo. Personas presuntamente inocentes son arrojadas a la pira populista sin esperar al más elemental refrendo judicial. La pena del telediario se ha convertido en una cadena perpetua y la imputación en una inhabilitación definitiva.

La responsabilidad de esta devaluación democrática es compartida. En el origen están los corruptos y luego los políticos condescendientes con la corrupción, claro. Pero también han contribuido: la sharecracia, la impúdica falta de rigor de algunos medios en su afán de satisfacer a los anunciantes; los aspavientos ejemplarizantes de algunos jueces y fiscales especialmente permeables al ambiente; y el contagio populista de los partidos llamados a defender el estado de derecho. El populismo no se combate desde el paradigma populista, sino con una alternativa democrática. Y eso exige coraje y reformas.

Hay mucho por hacer. Hay que combatir a la vez los abusos justicieros y la politización judicial, recuperando el programa electoral abandonado por el PP. Debemos distinguir entre pluralismo informativo y populismo desinformador, y promover más libertad en los medios y una televisión pública militante en defensa de la calidad y los hechos objetivos. Hay que reformar el Parlamento para devolver la política de los platós al hemiciclo: más autonomía para el diputado, menos control de los grupos y del Ejecutivo, y reservar el pleno para los grandes debates de la actualidad. Y, desde luego, hay que fomentar la competencia, el espíritu crítico y el debate interno en los partidos, porque una cosa es la eficacia y otra el ensimismamiento. Las primarias no son la panacea, pero sí ofrecen una salida frente al blindaje de los errados o mediocres, y ahora es esencial contar con los mejores. Una democracia de calidad necesita políticos de calidad. Honestos, formados y adultos. Que hablen y actúen desde la razón y la responsabilidad. Que digan la verdad. Aunque sea incómodo o duela.

Finalmente, el Partido Popular debería salir enérgicamente al rescate de las clases medias. Por su bien electoral, pero sobre todo por el bien político y económico del país. Las clases medias son la columna vertebral de un Estado democrático y social, un dique frente a los delirios de los revolucionarios subvencionados.

ES verdad que España es más desigual que hace unos años. Pero no porque los ricos sean más ricos, sino porque la clase media se ha erosionado y porque los pobres son hoy más pobres. La crisis ha rebajado la calidad de vida y las expectativas de muchos ciudadanos que eran, o aspiraban a ser, clase media. Las causas de esta devaluación son complejas y desmienten las arengas simplistas contra la moderación fiscal y a favor de un nuevo festival de gasto público. Como demuestra el caso griego, la crisis no tiene soluciones indoloras. Ahora bien, la obligación de los gobernantes es convertir la sensación de sufrimiento inútil en la certeza de un sacrificio útil. Y eso no se consigue con un discurso tecnocrático y prematuramente triunfalista. Ni con reformas parciales, confusas y escalonadas. Ni desde luego con actitudes prepotentes.

El PP tiene que volver a ser, y a ser percibido, como el partido de las clases medias españolas, la fuerza política que impulsa la movilidad social, que mejora la calidad de vida y expectativas de la gente, que genera oportunidades para todos. Y esto también requiere reformas valientes. Del sistema fiscal, para que haya pocos impuestos, bajos y sencillos. Del sistema educativo, para liberarlo de prejuicios ideológicos y formar ciudadanos preparados para competir. Del modelo del bienestar, para hacerlo sólido, sostenible y compatible con una sociedad libre y responsable.

Nunca he pensado que España fuera el problema y Europa la solución. Es un discurso propio de la cultura del desistimiento que considero urgente erradicar. Sin embargo, Europa sí puede ofrecernos hoy una lección: no hay salida hacia atrás. Frente al populismo y la reacción, Europa ha aprovechado la crisis para ir políticamente hacia delante. No podemos permitir que España la utilice para volver al pasado. Defendamos nuestras conquistas. Desafiemos a los reaccionarios. Y reagrupemos a los ciudadanos con la ilusión razonada de una España moderna, adulta y de calidad.

Cayetana Álvarez de Toledo es diputada del PP.

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