Nunca una investidura fue tan deshonrosa

Nunca una investidura fue tan deshonrosa

Prometiendo marchar por la senda constitucional –«y yo el primero»–, al igual que el rey felón Fernando VII para entronizarse como El Deseado para luego revolverse contra la Constitución y entronizarse como soberano absoluto, Noverdá Sánchez, cuya única verdad que atesora son sus mentiras, pretende dejar a los españoles sin Carta Magna –con su Estado de derecho supeditado a la conveniencia política, no de leyes y de jueces– y sin casi nación al despezarla a pedazos para contentar a las insaciables tribus que le han comprometido su apoyo. A ellas se hace tributario este Pedro sin Tierra y sin Escrúpulos para seguir como gobernador de su particular Ínsula Barataria enclavada en el madrileño distrito de Moncloa. Entre tanto, disimula presentando como irremisible lo que ha buscado, una vez fracasó su plebiscito electoral y evitó besar la lona abrazándose al causante de su insomnio.

Tras escuchar el discurso de investidura de un mentiroso compulsivo como ha demostrado ser Sánchez pidiendo el voto en una dirección y obrando en contrario, sólo cabe exclamar: «Creedlo, y no corráis». Con envoltorio atractivo de caramelo envenenado, deslizó un trágala que supone un ambicioso programa de ingeniería política, judicial y social tendente a la construcción de ese tiempo nuevo que, por lo general, suelen prometer los totalitarismos. Todo ello coronado con una estrategia de lucha contra la desinformación que malicia un control de los medios de comunicación y su amordazamiento, a la par que anunciaba un cordón sanitario contra determinadas ideologías que hace presumir que buscará situar al centro derecha extramuros del sistema.

Una variante cruda, sin duda, de aquel pacto del Tinell muñido por el PSC y ERC para hacer a Maragall president. Urdido por Iceta en 2003 y prolongado hasta el 2010 con Montilla, el PSC se comprometía «a no establecer ningún acuerdo de gobernabilidad con el PP en el gobierno de la Generalitat… y a impedir la presencia del PP en el Gobierno del Estado». Lo que entonces regía para el PP se extenderá a todo el arco parlamentario a la derecha de un PSOE que retorna allí donde mora la desgracia y el dolor.

Empero, hay una España alegre y confiada, como aquella ciudad novelada por Jacinto Benavente, que no se ha percatado aún de que los bárbaros han tomado el viejo Reino de España. Quizá se aperciban este Lunes de Epifanía al morder el roscón de Reyes de la investidura de Sánchez y descubrir en el interior de su masa pastelera sorpresas bien diferentes a las de costumbre. Ello tal vez les haga salir del estado de sopor e irrealidad que, a veces, acompaña a las Fiestas Navideñas. Habrá, pese a todo, quienes se empecinen en no querer ver la realidad y pensarán que se trata tan sólo de una «ensoñación» para no ser menos crédulos que esos unánimes jueces del Tribunal Supremo que concibieron como tal el golpe de Estado del 1-O de 2017 en Cataluña. Lejos de ser sofocado en su origen, se ha extendido fuera de sus lindes y se adueña de España disponiendo el achatarramiento del Estado como si fuera un viejo vehículo retirado de la circulación. Pero que aún muestra signos de vigor como los de la Junta Electoral Central inhabilitando a Torra y retirando la inmunidad a Junqueras, poniendo en estado de sofoco a un Sánchez convertido en un agitador más al hablar de maniobras judiciales torticeras.

Si los gobernantes de la ciudad imaginada por Benavente, enfrentados al grave dilema de si pactaban con la República de Venecia o declaraban la guerra al dux, tomaron una decisión errónea, mientras sus crédulos ciudadanos se desentendían fiados a quienes despreciaban su futuro, otro tanto ha acaecido en esta España donde hay quienes, encomendándose al mismo tipo de políticos y a iguales prácticas de gobierno que han sembrado la desgracia allí donde se han hecho con el mando, concluyen que aquí no tiene por qué producirse el mismo desenlace.

Es verdad que «no siempre lo peor es cierto», como enseña el hermoso libro de la eximia historiadora Carmen Iglesias. Pero es difícil creer en milagros cuando se registra el alineamiento de los enemigos de la Constitución y de la libertad para hacer un esfuerzo definitivo contra una España indefensa por quien tiene encomendada su salvaguarda. El presidente en funciones no sólo hace dejación de su deber principal, sino que abre el portillo de la traición a sus declarados enemigos. Le da igual ocho (naciones) que ochenta.

El doctor Sánchez, ¿supongo? es una bicoca que el soberanismo, como hacen gala sus portavoces, no desaprovecha. Sentada esa premisa, la responsabilidad única es del candidato socialista. Conviene no echar en saco roto que las sociedades se abaten hacia dentro, y no a causa de enemigos exteriores. Si acaso esa amenaza las une por encima de sus disensiones y desavenencias. Como sentenció el propio Benavente, «más se unen los hombres para compartir un mismo odio que un mismo amor».

Desentendidos de la verdadera personalidad de un ególatra sin escrúpulos como Sánchez que vendería a su padre por hacer realidad sus apetencias de poder, algunos de los que se mostraban seguros de que el PSOE no traspasaría jamás la puerta del infierno ahora tampoco pierden la esperanza, pese a la leyenda que Dante imaginó en la entrada al averno: «Lasciate ogni speranze, voi ch’entrate». Arguyen que lo mismo que Sánchez engaña a todo hijo de vecino hará igual con sus aliados neocomunistas e independentistas, tras asumir su lenguaje, su relato y sus reclamaciones para hacer de España un puzle desencajado de naciones particularistas que le dictan su suerte al todo. Como impone el PSC al PSOE e Iceta a Sánchez. De esta guisa, erigido en gran domador de la situación, domesticará a los tigres que posibilitan una Presidencia cogida con alfileres y pendiente del dedo anular del preso Junqueras.

Olvidando el ayer e ignorando el hoy, resulta estúpido figurarse que Sánchez pueda mutar en tigres de papel a la jauría de neocomunistas de Podemos y soberanistas de ERC, PNV y Bildu, amén de otras especies tan variopintas como de imposible catalogación. Lástima que el infierno sea, en efecto, una realidad de la que uno se da cuenta demasiado tarde. Cuando se percata, ya no hay forma humana de escapar de él. Es más, el PSOE de Sánchez ha vuelto a las andadas y a jugársela a España de la misma manera suicida en que lo hizo en la II República. Desprecia la lección que aprendió la generación de Suresnes cuando adoptó la vía socialdemócrata, clave en estos cuarenta años de libertad y bienestar que ahora finiquita un aspirante a la investidura que retoma la ruta de Zapatero.

Este retorno de Sáncheztein al Frente Popular con comunistas de nueva máscara y separatistas de viejo ceño radicalizará al partido y a la sociedad como antaño se bolchevizó el PSOE con Largo Caballero, el Lenin español, al que el padre de la revolución soviética recomendaba prudencia cuando se declaraba convencido de que la democracia era incompatible con el socialismo y le pedía mantener las apariencias. Entre tanto, la vía moderada de Julián Besteiro –inexistente en la práctica hoy– se consumía en la desesperación y soledad. De hecho, murió –olvidado por todos– de tuberculosis en la cárcel sevillana de Carmona, donde fue recluido por el franquismo. Como opinaba Borges de los peronistas –y a la vista está en ambos casos–, el PSOE es incorregible.

Lo cierto es que, si el día de Año Nuevo de 1959, los barbudos de Fidel Castro obraron un cambio de régimen de Cuba tras su victoria en la batalla de Santa Clara, España ha asistido esta Nochevieja de 2019 a la legitimación y extensión del golpe del 1-O en Cataluña al punto de dejar en suspenso la Constitución y parcelar la soberanía nacional. Con el añadido de someter a consulta los acuerdos que alcancen, en pie de igualdad los gobiernos de España y Cataluña, en una mesa de partidos al margen del Parlamento. Ello precipita una nueva realidad constituyente, al modo de la Venezuela de Maduro, en la que a los españoles no se les da vela en el entierro y en el que se torpedeará que la oposición pueda volver al poder. Dando tono al Gobierno de oposición a la Constitución que se perpetra, el nuevo vicepresidente in péctore, Pablo Iglesias, ya apuntó ayer por dónde irán los tiros.

Con la caída del régimen constitucional y la suplantación del Estado por medio de mafias políticas y de tribus bárbaras, de no darse una inmediata reacción de la ciudadanía, el orden de la Transición puede dar paso a unas nuevas estructuras vagas y aleatorias que entrañen una nueva Edad Media, secundando la tesis esbozada por el sociólogo Alain Minc en el libro de ese título. Publicado en 1994, contiene algunas enseñanzas provechosas para explicar lo que acontece en España y puede plasmarse en Reyes. De los tres estadios que señala Minc –confusión, espasmos y nuevo orden–, España asiste al primero mediante la desaparición de los mecanismos que garantizaban la estabilidad con el surgimiento de los desórdenes que caracterizarían esa nueva Edad Media y que manifiesta la eclosión de los nacionalismos que reaparecen como un viejo demonio. Lo hacen con más fuerza que nunca al desaparecer la intangibilidad de las fronteras que han garantizado la paz continental desde la II Guerra Mundial causada por los nacionalismos a los que ahora se suman, echados a hervir en una caldera ideológica, el populismo y el tribalismo, entre otros ismos.

Para Minc, no hay nada que acerque más a la Edad Media que «el triunfo de las sociedades grises» que hace que la ilegalidad se enseñoree de las democracias diluyendo la diferencia entre lo prohibido y lo permitido. Debido a su incapacidad para actuar, las instituciones ceden terreno a las sociedades ilegales que, cada vez más impunes y crecidas, acaban reemplazándolas. Antes de que lleguen los espasmos, el gobierno del insomnio ya es una realidad después de que España se acostara en Nochevieja constitucionalista y se levantara plurinacional en Año Nuevo. Al modo del discurso de Pemán en el que advirtió sin éxito, tras defender la Corona como clave de bóveda, de que España no podía acostarse monárquica y levantarse republicana. Cualquier cosa es posible tras la investidura deshonrosa de un político sin integridad ni dignidad al ser incapaz de mantener lo prometido. Esto hará que los laureles del perecedero hoy sean las espinas del mañana.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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