Raíces del populismo y la demagogia

Hay quien dice que la historia es cíclica. El italiano Vico llegó a crear una teoría, de corte idealista, basada en esta idea, según la cual, en la historia de la sociedad se repiten sin fin unos mismos estadios. Nietzsche y Spengler fueron más allá y defendieron la tesis de la vuelta constante de la humanidad a su punto de partida. Sin el glamour de los cimientos filosóficos, en el refranero español -de sabiduría contrastada y reconocida- se encuentra un dicho popular que también puede servir de punto de partida a estas líneas y que reza así: «El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra».

En los últimos días, y con ocasión de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, son muchos los analistas que han advertido de la irrupción del populismo (o del nacional-populismo) en el trono del poder civil por antonomasia a nivel mundial. Dentro de nuestras fronteras, se ha subrayado, como elemento de desestabilización política, la presencia de corrientes populistas en el Parlamento a partir de las penúltimas elecciones generales.

Pero -conviene destacarlo- gran parte de los males que aquejan actualmente a nuestro país no son nuevos. Ni patrimonio exclusivo de estas tierras. Al revés, se trata de viejos problemas, padecidos, con mayor o menor intensidad, por otras naciones y culturas en diferentes momentos históricos. De hecho, hace muchísimos años, estas mismas dolencias políticas que hoy detectamos ya ofrecían manifestaciones evidentes en pueblos antiguos. Es inevitable, por ello, que se aprecie con lógica decepción la incapacidad del ser humano para evitar caer en errores idénticos o para articular soluciones que tornen en inanes problemas similares y repetitivos.

La España actual transita por una innegable y jaleada recuperación económica a la que algunos analistas y bancos de inversión ponen fecha de caducidad. Sin embargo, ese tránsito se halla poblado de fantasmas muy reales. Sin ir más lejos, una elevadísima deuda pública -que hace tiempo superó el 100% del Producto Interior Bruto- o un aumento constante de los impuestos, medida erigida en una suerte de huida hacia delante que evita la pugna inminente con otras realidades que, más pronto que tarde, llamarán a nuestra puerta: la insostenibilidad de muchos servicios públicos y la imposibilidad de mantener unas estructuras administrativas e institucionales que siguen sin doblegarse frente a las recurrentes promesas de adelgazamiento que hemos escuchado en los últimos años. Y ello sin olvidar la persistencia de una clase política profesional, nutrida, en gran medida, por efectivos de quienes se desconoce trayectoria personal alternativa y preparación y cuya principal misión sigue siendo permanecer bajo el paraguas de la res publica. Con estos ingredientes, no es de extrañar que el plato del populismo esté listo. Así ha sido siempre.

Echemos la vista atrás. Bastante. Hasta la época del imperio ateniense. Un imperio esencialmente marítimo y conformado en torno a las polis que necesitaban protección frente a la amenaza persa, las cuales, a cambio precisamente de su seguridad, pagaban a Atenas importantes contribuciones monetarias. Aunque parezca mentira, aquí encontraremos la cuna del populismo y de su brazo dialéctico: la demagogia.

Las arcas de ese imperio estuvieron rebosantes hasta la Guerra del Peloponeso, con la que finalizará la hegemonía ateniense. Durante la época de bonanza, las polis pagan con sus tributos la culminación de la puesta en práctica de la democracia. ¿Cómo? Con la consagración del primer ejemplo de profesionalización de la política.

En efecto, a partir de este momento, los ciudadanos pasarán a cobrar un salario público por asistir a la asamblea o formar parte de los tribunales, sin que tengan que preocuparse más por su profesión o por procurarse medios de vida al margen de sus dedicaciones oficiales. De este modo, el sostenimiento de la democracia ateniense se hace tributario del mantenimiento de un imperio claramente opresivo para quienes lo sufren y lo costean y del que sólo se benefician, directamente, las clases dirigentes.

Sistemáticamente, los ciudadanos abandonan sus profesiones y se entregan a la vida pública. Los esclavos son quienes les sustituyen en las propiedades agrícolas, en los talleres artesanales, en las actividades comerciales o en las obras públicas, supliendo, así, la mano de obra libre que puede ahora ganar su salario, más cómodamente, en labores oficiales. A la vez, la dependencia de Atenas del alimento exterior crece de forma exponencial.

Ahora bien, de la gran masa ciudadana que se dedicaba a la cosa pública, sólo un grupo muy pequeño contaba con la necesaria información y preparación técnica necesarias para la dirección política y económica de Atenas. Además, el voto de esta élite en la asamblea resultaba irrelevante, dado que las leyes y las principales decisiones requerían la aprobación de una multitud mal informada y fácilmente influenciable. De ahí que cobre máxima relevancia la retórica, es decir, la capacidad para convencer a un auditorio a la hora de votar en un determinado sentido.

He aquí la gran contradicción de la democracia ateniense. Es verdad que, a diferencia de otros pueblos, Atenas erradicó el poder tiránico o individual y entregó éste al pueblo (al demos). Sin embargo, la falta de preparación técnica de la masa convirtió la democracia ateniense en caldo de cultivo de oradores hábiles y sin escrúpulos. Nace, así, el demagogós, esto es, el que arrastra al demos.

El demagogo no tenía en aquella época -ni tiene en la actual- más objetivo que sacar adelante las propuestas que le interesan. Sus técnicas de convencimiento se basaban en halagar al pueblo como fuera, con tal de llevárselo a su terreno. No tardaron, empero, los demagogos en convertirse en políticos corruptos, que cedían a los sobornos y a las presiones. Consagraban su vida al juego político, pero permanecían ajenos a la valoración de sus actuaciones en términos éticos. Sólo les interesaba el poder y el mantenimiento de su estatus.

Dentro de este contexto, triunfar en política exigía crearse una imagen, cultivarla adecuadamente, preservarla de escándalos y prodigarla en los espacios públicos, para poder utilizarla en la asamblea como plataforma de particulares intereses. En la asamblea, tras escuchar los distintos discursos, los ciudadanos se limitaban a elegir entre las imágenes que se les presentaban, todas ricas en promesas y garantías de porvenir y cada vez más refinadas en lo atinente a los recursos empleados para lograr el objetivo del convencimiento de la masa.

La política se transformó, de este manera, en una competición de rivales en busca del poder y de la influencia. Una competición, la mayor de las veces, vacía de contenido, virtual y que, desde luego, no sirvió para cimentar de forma decisiva la democracia. Antes al contrario, implicó el tránsito de la polypragmosyne o participación intensa en la actividad política, a la apragmosyne, es decir, la ausencia de participación o desencanto por la política. En suma, el principio del fin.

Resulta llamativo que fenómenos acaecidos cuatro siglos antes de Cristo suenen, sin embargo, tan actuales hoy. La demagogia y el populismo que ahora se denuncia con tanta insistencia -no sólo en nuestro país- nacen de los mismos manantiales que hace más de dos mil años: la elevada tributación y la configuración de una clase política profesional, que no reduce sus dimensiones, sostenida por fondos públicos, cada vez más desconectada de la sociedad, escasamente formada por lo general y en la que cuesta detectar una preocupación prevalente por el interés general respecto del objetivo básico de seguir ahí, aunque cambie la tarjeta de visita.

El problema es que, como el mal no es nuevo, ya sabemos hacia donde nos conduce.

Carlos Domínguez Luis es abogado del Estado (excedente) y socio de Business & Law Abogados.

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