Un ajusticiamiento indigno

Por José Guimón, catedrático de Psiquiatría (EL CORREO DIGITAL, 17/01/07):

Las tres ejecuciones con que, por ahora, se ha saldado el juicio de Bagdad, han despertado en quienes somos contrarios a la pena capital críticas basadas en la falta de ejemplaridad de esta condena y en la dudosa limpieza del proceso. Pero una de ellas, la de Sadam Hussein, ha despertado la repulsa en el mundo entero, no tanto por el ajusticiamiento en sí sino por las circunstancias que rodearon al tétrico acto.

Como tuve ocasión de comentar hace 16 años en este periódico (18-2-1991) Sadam no era un enfermo mental, pero sí un ser megalomaníaco y despiadado, que exterminó a sus enemigos políticos (algunos de ellos con sus propias manos), aunque fueran familiares o miembros de su mismo clan, para mantener su poder. Con una arrogancia asociada seguramente a un insuficiente conocimiento de la Historia, se vio preso de lo que se ha llamado la ‘enfermedad de la victoria’ para definir la actitud de algunos jefes militares que, después de obtener varios éxitos, se hicieron increíblemente vulnerables a la derrota. Se data el origen del concepto en la decisión de Japón de entrar en guerra con EE UU después de los éxitos en el conflicto sino-japonés (1937-1945) y en los ruso-japoneses (1904-1905) y en otros ejemplos, como la incursión desastrosa de Napoleón en Rusia en 1812 o la invasión catastrófica de Hitler de la Unión Soviética en 1941. También se puede considerar así la invasión de Kuwait por parte de Sadam o sus suicidas juegos de ratón frente al león norteamericano en la cuestión de las armas de destrucción masiva.

En un país como Irak, en el que parece que no se ha realizado del todo el tránsito desde una ‘cultura del honor’ hasta una ‘cultura de la ley’, el cultivar una reputación de ser implacable en la revancha, inspirar miedo con sus atroces crímenes, aumentó el poder de Sadam Hussein. Pero también hizo que sus enemigos no estuvieran dispuestos tras su captura vergonzante (recuérdese el vídeo) a renunciar a una venganza inmediata delegando en la ley, en la sociedad, el castigo de las transgresiones del tirano, en el entendimiento de que serían juzgadas y castigadas por la sociedad.

Ésta no es una situación del Irak contemporáneo, sino que entronca con tiempos remotos y con nuestra tradición judeo-cristiana. Son ejemplos la Ley del Talión o las de nuestra Biblia. Así leemos en el Viejo Testamento que «el mismo vengador de la sangre dará muerte al homicida; donde quiera que le encontrare, le dará muerte»; y en el Nuevo Testamento, «si el vengador de la sangre matare al homicida, no incurrirá en delito de sangre». Algo semejante ocurrió en este caso: los verdugos de Sadam fueron elegidos entre familiares de sus víctimas y no es de extrañar (aunque sí de lamentar) que le insultaran, como se escuchó en el macabro vídeo de aficionado. En la antigua Grecia se denominaba ‘hubris’ a acciones como ésas, destinadas a avergonzar o degradar a la víctima para aparecer como superior a ella, y se las consideraba delictivas.

En cualquier caso, la forma en que se ejecutó la sentencia fue una agresión a la dignidad, ese valor intrínseco y supremo que damos a cada ser humano. Sin embargo, hay que recordar que, en otras sociedades y otros tiempos, la dignidad y el honor no se consideraban innatos sino adquiridos por los méritos de la persona a lo largo de su vida. Nuestros conceptos de dignidad y de honor provienen de la cultura en la que estamos inmersos. Para los cristianos la dignidad del hombre se fundamenta en su semejanza a Dios. Sin referencias religiosas, de manera más general, aceptamos que la dignidad la posee el ser humano sólo por serlo, independientemente de su situación social o de sus creencias. Y no sólo en la medida en que es «sujeto racional y en libertad» (Kant), sino por el mero hecho de nacer, como se reconoce en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todos estamos de acuerdo en que un logro de los últimos decenios del pasado siglo XX fue que se haya conseguido exportar esta concepción a las distintas culturas.

Sin embargo, también es cierto que nos tenemos que avergonzar por escandalosas transgresiones a la dignidad humana de las que hemos sido testigos, pasados ya los horrores nazis, en nuestro planeta (Yugoslavia, Guantánamo) y que creíamos ya imposibles. No se puede dejar de evocar el pesimismo de Schopenhauer, que decía: «Me parece que el concepto de dignidad, basado en un ser tan pecaminoso (…) como es el hombre, sólo puede emplearse irónicamente». O la visión elitista de Nietzsche, que consideraba que sólo al genio puede concederse dignidad.

Pero en cuestiones de dignidad no sólo peca quien comete los atentados, sino también quien se complace malsanamente con su contemplación más o menos pasiva. Sólo con una secreta perversión se puede entender que el vídeo mencionado haya sido buscado y contemplado con ambivalente deleite por millones de ciudadanos ‘bienpensantes’. En los últimos diez o quince años, es cierto, una ola de mal gusto y ramplonería invade los medios de comunicación, que ofrecen ‘basura’ ávidamente tragada por un público sediento. Mostrar abiertamente las funciones corporales, estrictamente privadas (defecar, actividades sexuales, dormir, padecer dolores insufribles o morir, como en este caso) ataca la dignidad del individuo. La obscenidad es hacer público lo que es privado, la intrusión en los procesos y actos físicos o emocionales íntimos, la degradación de las dimensiones humanas de la vida a un nivel infrahumano, meramente físico. Hay una manera obscena de mostrar la sexualidad pero también de ver el nacimiento o la enfermedad o la muerte (y más por ajusticiamiento). La exposición impúdica del ahorcamiento de Sadam Hussein ha sido, además de indigna, obscena y pornográfica.