Un grito de amor para Galicia

Hay estudiantes que se levantan a las 6.30 de la mañana para llegar al instituto a las 8.45. Tres horitas de tracatrá. Menuda tortura. A mis 62 años pienso en esto. Ayer me dije: haré el trayecto. Solo para probar si llegaba al instituto con ganas de trabajar (estudiar). Me voy a un pueblo y pillo el tracatrá para ir al cole. Me subo y saludo al conductor. Comienzan a subir estudiantes, de 12, 13, 14, 15 años. Me conocen y me saludan. Pero Rivela, ¿qué haces aquí? Voy al cole con vosotros para probar el gustito del viaje, para trabajar (estudiar) es lo mejor, les digo… Y les canto la canción: «Viaje con nosotros si quiere gozar…». Los chavales se ríen. Piensan que me habré vuelto loco. Les digo que aprovechen el tiempo para estudiar y yo me pongo a leer un libro. Para que tomen ejemplo. El ejemplo lo es todo. Al ratito una curva, y otra y otra y saltos y… Intento concentrarme en el libro, no soy capaz.

Pienso en los jóvenes que me acompañan. Aquí no se puede estudiar, me dice uno. Le digo: hay que ponerle ganas. Ganas sobrehumanas, de las que los humanos no disponemos, apunta una graciosa estudiante. Cierro el libro porque me convencen y charlo con ellos. Para matar el tiempo, pongo un ojo en la curva, otro en el paisaje, otro en los baches, otro en el cielo, otro en el infierno y espero con impaciencia, con ansiedad, para llegar cuanto antes al destino. Llegamos mareados, como si acabáramos de salir de una batidora. Es que Galicia es muy barroca y tiene muchas curvas. Ahora, mareado, seis horitas de trabajo, una con cada profesor, no soy capaz de meterme en la Historia ni en nada, pues menuda historia he tenido con el viaje. Los lunes llego a casa a las ocho de la tarde. Y los demás días a las cuatro. Al llegar a casa deberes. Un estudiante me dice: mi padre trabaja de albañil ocho horas y cuando llega a casa no tiene que seguir haciendo paredes.

Tengo un amigo en Kenia que tiene dos hijos y tardan lo mismo en ir al colegio. Lo llamo y le digo que no se preocupe, que aquí también hay jóvenes que tardan lo mismo. Y me acuerdo de Antonio Machado, de maestro en Soria. Daba clases y aprobaba a todos. A veces le preguntaban por qué aprobaba a varios estudiantes que no sabían nada. Después de un pequeño silencio, respondía: «Es que por ahora no les interesa lo que explico, cuando les interese ya aprenderán. No he sido capaz de encontrar la llave que abra su curiosidad. La culpa no es de ellos», dice. Los poetas son así, por eso permanecen en el tiempo. Seguro que Antonio Machado nos está viendo y escuchando a todos los que veníamos en el tracatrá. Y de repente oigo su voz que me susurra al oído: «Rivela, hasta que ningún niño gallego, ni uno solo, sufra la tortura de viajar tres horas en el tracatrá, tienes que aprobarlos a todos». Le respondo: pues hay profesores que suspenden al 80%. Muchos jóvenes siguen emigrando. Machado me mira con los ojos abiertos, asustado, y me dice: «pues esos no son maestros y tendrían que suspenderse a sí mismos, pues no viven en el planeta Tierra. Cualquier territorio que se quede sin jóvenes se desangra poco a poco. Eso es lo peor. Tú haz como yo». Gracias, Antonio, así lo haré, le digo. Las voces de Castelao y Rosalía también susurran y me dicen: «Rivela, hazle caso a Antonio». Entonces grito un poco y digo: así lo haré. «Si desfalleces, piensa en nosotros y volveremos para charlar contigo. Para eso estamos», dicen los tres a la vez. Tras este viaje, me di cuenta de que a los estudiantes, el mareo, les impide aprobar el gallego que les enseñan los profesores nacionalistas, y eso que los chavales lo hablan en casa desde pequeños. ¡Estámosche bos! (se entiende bien sin necesidad de ningún traductor senatorial). Y colorín colorado, el tracatrá se ha acabado.

Javier Rivela Rivela, profesor del IES Celanova.

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