Cumpleaños de Alfonso Guerra

En 1990, tal día como hoy, festividad de San Fernando patrono de Sevilla, cumplía 50 años Alfonso Guerra. Con este motivo, un grupo de sus amigos organizamos una cena en su honor para celebrar tan significado aniversario. En el actualmente desaparecido restaurante madrileño Jaun de Alzate, sito en las antiguas caballerizas del palacio de Liria, nos reunimos, si la memoria no me falla, el siempre recordado Txiqui Benegas, Francisco Fernández Marugán, Rafael Delgado, Paco Virseda, Salvador Fernández Moreda y yo mismo, todos conspicuos y declarados «guerristas», tal como la jerga partidaria nos definía en la nomenclatura del PSOE de aquellos años.

Como sucedía en todos nuestros encuentros, las conversaciones se repartieron entre los relatos personales nacidos de los mutuos e intensos afectos (que hoy siguen perdurando) y la plática política que a los contertulios nos servía para escuchar los análisis y los vaticinios que sobre el presente y devenir de España nos aportaba Alfonso Guerra, a la sazón vicepresidente del Gobierno y vicesecretario general del partido.

En un momento de la charla, hablando del peligro del auge de los nacionalismos, con motivo de los gravísimos incidentes producidos días antes en un encuentro de fútbol entre un equipo serbio y otro croata, Fernández Moreda, por aquel entonces diputado a Cortes y presidente de la Diputación de La Coruña, nos contó un viaje que años antes, en compañía de Manolo Chaves -siendo ambos miembros de la Ejecutiva del PSOE- habían realizado a Yugoslavia para entrevistarse con la dirección de la Liga de los Comunistas, con el fin de recabar información que nos sirviese para pulsar el futuro de aquel país, tan cargado de incertidumbres y peligros después del fallecimiento del mariscal Tito.

Sus interlocutores les habían asegurado que la viabilidad del Estado y la unidad del país estaban perfectamente garantizadas por el ejército y el Partido Comunista, precisamente, las dos instituciones que con posterioridad fueron incapaces de superar las pulsiones nacionalistas existentes en su seno y que llevaron, primero a la fragmentación y la desaparición de Yugoslavia; y, años más tarde, a unas guerras criminales que permanecen en la memoria de todos y que tuvieron lugar apenas a 1.500 kilómetros de nuestras fronteras.

Recuerdo perfectamente que Alfonso Guerra adujo que España, en su constante deriva de concesiones a los nacionalistas, se encontraba cada vez más cerca de la desgraciada realidad yugoslava, que si bien en aquellos días aún no padecía una confrontación interna de guerra abierta, sí había iniciado la voladura constitucional del Estado, situación que auguraba que podía llegar a España si no se hacía frente a la irreversibilidad lograda por los nacionalistas en sus avances y desafíos. 30 años después de aquella cena, la realidad de esta España postelectoral confirma las pesimistas previsiones que entonces hacía Alfonso Guerra y compartíamos sus acompañantes. Vivimos hoy una situación que yo definiría como de «balcanización constitucional» que pone en grave riesgo de continuidad al Estado que en los últimos 500 años, tan sólo con variaciones de forma, ha organizado políticamente a la población española. Un proceso que puede desembocar en una balcanización no violenta que fracture territorialmente a España.

La escritora e intelectual Mercedes Monmany, en una entrevista en este mismo periódico, definía certeramente esta situación: «Estamos en una espiral de destrucción de España como nación». En este punto no viene mal recordar cómo en enero de 1990, meses antes de aquella cena de cumpleaños, se celebró el 14º Congreso de la Liga de los Comunistas Yugoslavos, en el que para satisfacer las demandas nacionalistas se había decidido reformar la Constitución, dando paso a una nueva estructura territorial e institucional en Yugoslavia, en virtud de la cual el país pasó a tener seis repúblicas, siete fronteras interiores, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones y dos alfabetos. Ni más ni menos.

Situación similar a la de la España de hoy, donde se ha permitido la imposición de fronteras lingüísticas interiores que han roto la unidad y la movilidad administrativa, judicial, educativa, económica, funcional y funcionarial de los españoles. Casi la mitad de los españoles (41%) vive en autonomías donde se impone la denominada «lengua propia» en detrimento de la lengua española, marginada y en algunos casos incluso prácticamente prohibida. Esto sucede en Cataluña, Baleares, Valencia, País Vasco, Navarra, Galicia y, presumiblemente, pronto en Asturias. Realidad agravada por el anuncio hecho por el Gobierno de Sánchez antes de las elecciones generales, al presentar el proyecto de una nueva ley de educación en la que la ordenación lingüística ¡se delega en las administraciones autonómicas! Añadamos a ello la total desvertebración de los programas escolares en los que los nacionalistas allí donde gobiernan, imponen sus tesis ideológicas y su relato histórico, implantándose así una balcanización educativa y lingüística que incumple con total impunidad la Constitución, manteniendo un desafiante desacato a las sentencias emitidas por los tribunales en ambas materias.

No es de extrañar que la tolerada instrumentalización política por parte de los nacionalistas del idioma y de la educación sirva para incrementar el número de ciudadanos que democráticamente demandan la independencia o, al menos, una nueva estructura constitucional que implique la desaparición del actual modelo de Estado, sustituyéndolo por uno plurinacional de carácter confederal, paso previo a la desmembración futura de España. Lo trágico es que, desde hace muchos años, los nacionalistas nunca han ocultado sus últimas intenciones e incluso se les deslizan públicamente sus previsiones, como en el lapsus freudiano del señor Iceta, que fijó un plazo de 10 años para que en Cataluña hubiese una mayoría independentista que obligara a convocar un referéndum. Y en nada se equivocaba. De aquí al año 2029 en Cataluña, según los datos censales, se incorporarán 780.369 nuevos electores, todos escolarizados en un programa nacionalista, al igual que lo fueron los más de tres millones de catalanes formados desde que se iniciaron las transferencias de Educación. Sumados unos y otros, en 10 años más, representarán el 63,8% del censo electoral, casi cuatro millones de votantes educados en un férreo sistema nacionalista.

Que nadie se llame a engaño. Este adoctrinamiento en la enseñanza explica cómo es posible que tan solo del año 2006 al 2015 se pasara de un 13,9% a un 41,1% de partidarios de la independencia en Cataluña, lo cual pone en valor el éxito de una estrategia tan bien definida en la frase que se atribuye a Jordi Pujol: «Hoy paciencia, mañana independencia». Si bien por ahora no existe una correlación de fuerzas que represente una amenaza real para temer una balcanización bélica, lo cierto es que en España en estos 40 años de democracia los nacionalismos nunca han renunciado a una balcanización violenta, como fue la ejercida por ETA, Terra Lliure, Exercito Guerrilleiro o MPAIAC, muchos de cuyos dirigentes, sin rectificar su pasado, hoy lideran alternativas políticas. O como también fue el golpe de Estado en Cataluña del 1-O, por cierto, ésta última situación de violencia justificada por los actuales presidentes del Congreso y el Senado, voceros significados de la implantación en el hablar común de la terminología que contrapone como si de dos realidades opuestas se tratara, a Cataluña y a España, en el mal intencionado intento de suprimir la fórmula que corresponde, que no es otra que la de Cataluña y el resto de España.

Ahora todo dependerá del devenir que tomen los dos principales problemas que hoy tiene España: las alianzas que se establezcan en Navarra, comunidad lastrada políticamente por la disposición transitoria cuarta de la Constitución, norma que puede legitimar las demandas de referéndum en otros territorios; y la presumiblemente peligrosa evolución de la gran traición del pancatalanismo implantado en Baleares por el Gobierno del partido de Sánchez.

Por cierto hoy nuevamente, feliz cumpleaños, querido Alfonso.

Francisco Vázquez, embajador de España, fue alcalde de La Coruña por el PSOE.

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