Drama histórico o teatro del absurdo

Desde Esquilo a Brecht, los dramas históricos han tenido un comienzo, una parte central y un final. Personajes grandes y pequeños, nobles y sórdidos, buenos y malos, han luchado contra fuerzas que transformaban sus mundos. La inevitabilidad de esas luchas es un tema común en Burke y en Marx. La fascinación del conflicto de Egipto, en tanto que antiguo pueblo que vuelve a la vida, consiste en buena medida en su universalidad.

Uno esperaría de la ciudadanía norteamericana, que cree que su nación es depositaria del legado de la Historia, que manifestara algo más que un poco de asombro ante los acontecimientos que tiene ante sus ojos. Se trata tal vez de un “nuevo nacimiento de la libertad” en la más antigua de las naciones. La respuesta, tanto de las élites como del público en general, salvo algunas excepciones, ha contenido una cantidad considerable de ignorancia condescendiente y de inquietud narcisista. ¿Se les pueden confiar a los árabes musulmanes los derechos democráticos? ¿No serán, probablemente, engañados por demagogos dispuestos a implantar el autoritarismo y el terror? Por muy brutales que sean Mubarak y Suleimán, ¿no son preferibles a unos sucesores incontrolables? Incluso los que lo piensan de verdad cuando declaran que no nos corresponde controlar a Egipto (una afirmación vista en Estados Unidos como confesión de debilidad) tienen miedo. A algunos les tranquiliza la proximidad de los militares egipcios con sus colegas norteamericanos. ¿Por qué no suponer, sin embargo, que los oficiales egipcios, de nuevo dueños del poder, piensan en primer lugar en Egipto?

Durante la crisis, las discordantes voces del presidente Obama, de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y de sus subordinados, han sido unas auténticas expresiones del desarreglo nacional. El paso en falso del exembajador estadounidense en Egipto Frank Wisner, una figura de lo más común enviada a una misión que habría requerido una persona extraordinaria, era predecible. Se hizo eco, al aprobar el rechazo de Mubarak a dimitir, de la petrificada sabiduría del aparato al que tan fielmente representa. (Wisner trabajó también con una firma de abogados que a su vez trabajaba para la familia Mubarak). En cuanto a las advertencias de que la democratización tiene que ser cuidadosamente preparada, sus fundamentos minuciosamente construidos y que nada es más arriesgado que la precipitación, se trata de algo que no oímos decir en Estados Unidos en 1989.

El presidente ha reprendido a los servicios de inteligencia por no advertirle de la inminente protesta en Egipto. Pero solventes conocedores de la región,dentro y fuera del Gobierno, habían aludido ya a la debilidad del régimen de Mubarak. El presidente no les escuchó, ni sacó provecho de su propia experiencia en Indonesia y Kenia. Quizá se acuerde ahora del remordimiento de John Kennedy después del episodio de Bahía Cochinos. “Fui un estúpido”, dijo Kennedy. Como joven oficial en la guerra del Pacífico había aprendido lo ineptos que eran los oficiales de mayor rango y nunca debió haberles creído cuando le garantizaban un éxito seguro en la invasión de Cuba. Obama nos ha proporcionado una nueva retórica, pero durante una semana se ha aferrado a las viejas alianzas. En un futuro próximo, igual que Kennedy, tal vez experimente un renacer.

En 2009, en El Cairo, Obama anticipó un proyecto de reconciliación de Estados Unidos con una civilización musulmana reformada. En enero de este año, en Catar, la secretaria de Estado Clinton criticó en términos muy ásperos a los Gobiernos de la región. Ambos fueron escuchados en Túnez y en Egipto, pero no por sus gobernantes. Hay una afinidad entre el educado y socialmente móvil presidente y su jefa de la diplomacia, por un lado, y los descontentos graduados universitarios árabes, tan activos en las revueltas tunecina y egipcia, por otro. Durante la crisis el presidente ha demostrado un valor titubeante. Su Gobierno advirtió a los revolucionarios en contra de la violencia, pero la gente carecía de tanques, cárceles, censores o torturadores. A uno le vino a la memoria el cinismo de las políticas francesa y británica de la “no intervención” en la Guerra Civil española.

Estaban claras las limitaciones que tenía Obama: la alianza con Israel, con Jordania y Arabia Saudí, el miedo obsesivo a Irán y el conflicto cada vez más intenso con Pakistán. Bajo el impacto de la crisis egipcia, la élite estadounidense buscó desesperadamente sostener a un partido del orden que se disolvía. El penoso recurso a Suleimán permanece.

Estados Unidos no tiene política exterior. Tiene una política doméstica que trata al mundo como si fuera un escenario estadounidense. Las élites que se ocupan de la política exterior interpretan sus propios intereses como intereses nacionales, a pesar de los inmensos costes económicos y morales del imperio estadounidense después de la guerra fría.

Aunque la situación no es totalmente negra. La crisis egipcia ha ocasionado un pequeño resurgir del viejo conservadurismo norteamericano, con su severa advertencia de que permitamos a otras naciones elegir sus propios destinos. Algunos de los en otro tiempo liberales del imperio ven ahora lo que puede acarrear al final el patrocinio oportunista de Mubarak y de otros como él. Naturalmente que el presidente Obama dudaba. Él no puede apelar a la opinión pública culta, ya que, debido en buena parte a la tendenciosidad y a la incompetencia de los medios, no la hay. Ni tampoco el proceso de la política exterior de Estados Unidos tiene mucho de democrático. Una mayoría de norteamericanos no ve utilidad alguna en la guerra de Afganistán, pero sigue…

El marco de referencia del presidente Obama no es el electorado en su conjunto, sino el mucho menor (aunque dividido) grupo de formadores de opinión, los cuales dependen a su vez de poderosos pagadores. El lobby israelí ha contraído una alianza con los unilateralistas para propagar una amenazadora ficción: la del omnipresente y omnipotente islamismo. La decisión final de Obama de ponerse al lado de la revolución ha enfurecido tanto a los partidarios de Israel como a los estadounidenses supremacistas. Quizá, otra vez como Kennedy, confíe más en sus mejores instintos en el futuro.

No nos enfrentamos a la tragedia clásica sino al teatro del absurdo. En buena medida este debate norteamericano es como el despotricar de un personaje en una obra de Beckett o como si la escena estuviera habitada por rinocerontes de Ionesco. Hay una conexión indirecta con el mundo del drama histórico, pero requiere de una interpretación concienzuda. El teatro clásico sitúa a sus personajes en la Historia, el teatro del absurdo los representa en su vuelo desde ella hasta un ensimismamiento insondable.

Entretanto, por supuesto, ese mundo del drama histórico está guiado por sus propias fuerzas. Sería espléndido que los europeos pudieran intervenir en él. Polonia y España tienen la experiencia de una transición a la democracia, pero son asombrosamente reticentes respecto a ella. Como de costumbre, las vacilaciones de Europa refuerzan la ilimitada proclividad Estados Unidos a malinterpretar los tiempos.

Por Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de Juan Ramón Azaola.

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