El astronauta y la sociedad civil

Querido J:

Tú y yo somos chicos de la era del espacio y entre nuestras pesadillas de entonces estaba la del astronauta que se desprendía del cordón umbilical que lo ataba a su nave y caía sin fin. Al parecer no ha habido en la historia de la astronáutica un solo caso de semejante desprendimiento y caída, pero sí en la política y es el caso del presidente de la Generalidad Artur Mas i Gavarró. No podría precisarte en qué momento sucedió su desprendimiento ni tampoco su causa estricta. Pero ni siquiera me interesa. Lo impresionante ahora es la soledad de ese cuerpo fofo, pesado y derrotado, ya fuera de órbita.

En las últimas semanas se han producido dos sucesos importantísimos en la política catalana. El primero la ruptura de Convergència y Unió. El segundo la expulsión del candidato Mas de la lista por la independencia que él mismo patrocinaba: las entidades independentistas le han juzgado no apto. Aún más espectacular que los hechos en sí ha sido el aire de indiferencia, el puro pase del desprecio, que semejantes sucesos han causado en Madrit, metro de iridio permanente de la pasión catalana. Las dos noticias han sido comentadas, obviamente; pero de un modo funcionario, casi glacial. Artur Mas es un recuerdo en vida.

Como los dos sabemos bien la literatura es un entretenimiento que permite vestir a Mas de astronauta. O que hace coincidir su llamamiento a la sociedad civil con el accidente de coche que acaba de matar a Leopoldo Rodés en la autopista de Gerona. Me interesa esto, especialmente. Conocimos a Rodés en su mejor época. Un buen vendedor. Al margen de nuestras opiniones disolventes no hay duda de que formaba parte de esa sociedad civil mitológica que en Cataluña ha gestionado la nada. Y que alcanzó su máximo esplendor metafórico, precisamente, cuando inauguró, con Rodés en la cima de su patronato, el Museo de Arte de Contemporáneo de Barcelona. Tú lo sabes, yo lo sé: el museo que se inauguró vacío: no solo una expresión perfecta del arte contemporáneo, sino sobre todo de esa gestión de la nada. Pero aún así la complicidad existía. Mas decía sociedad civil, Rodés se sentía interpelado y preparaba a toda prisa una nueva tanda de dry martinis liberal-socialdemócratas. Al mismo tiempo, y enterado, Enric Juliana empezaba a escribir con gran esfuerzo uno de sus párrafos hermenéuticos donde acababa ahorcado como un seis doble. Mas decía, en fin, sociedad civil y se erizaba el vello de los comisionistas.

Rodés ha muerto y Mas grita sociedad civil desde su agujero de gusano (astrofísica) para que pueda hacerse una lista por la independencia ahora y aquí. ¡Sociedad civil! Pobre hombre. No se da cuenta de que la sociedad civil barcelonesa ya es Águeda Bañón, que se meaba viva. Una lista de la sociedad civil. ¿Con quién? ¿Pep Guardiola? ¿Lucía Caram? ¿Lluís Llach? ¿Muriel? ¿Carme? ¿Xavier Sala i Martin, sus chaquetas, máxima expresión hasta ayer del porno catalán? Todo acabó ya. A esta independencia de Mas le ha pasado lo peor. Vieja. Nadie dice que Águeda Bañón no sea independentista. Solo que ahora la que se mea es ella. El afán independentista nunca creció en Cataluña en los términos que dibujaba el optimismo gubernamental: creció la protesta. Mas confundió dramáticamente los dos animalitos.

El gobierno del Estado no debería celebrar la suerte del astronauta. Lo que ahora tiene enfrente no le va a asegurar ni la lealtad ni la razón perdidas. La nueva sociedad civil le garantiza una permanente propensión al desacato. En Cataluña la cebaron dos presidentes de la Generalidad. El primero Montilla, que dijo que la ley no está por encima de los sentimientos. El segundo Artur Mas, imputado por un delito de desobediencia. Incluso el alcalde Xavier Trias alentó el desacató cuando otorgó un sueldo a los okupas del Banc Expropiat. Y qué decir del enorme golpe moral del desacato practicado por el expresidente Jordi Pujol, que durante 23 años compatibilizó su cargo con la evasión fiscal. El gobierno del Estado tiene igualmente su parte de responsabilidad. Su actitud ante el 9 de noviembre no puso a Mas en el limbo, sino que puso en primer plano y legitimó a todos los que en Cataluña y fuera de ella desprecian la ley. La primera, la nueva alcaldesa. Ya es un clásico: “Desobedeceremos las leyes que nos parezcan injustas”.

Apuraremos, si te parece, querido amigo, nuestra alegoría celeste. En la conquista del espacio sobresale el ejemplo de un Komarov, astronauta soviético, el primer hombre que murió en una operación espacial. La leyenda y la wiki cuentan que subió a la nave convencido de que iba a morir por sus deficiencias técnicas. Tras el lanzamiento, empezaron los problemas. Se acabó el combustible. Fallaron los paracaídas. La nave se estrelló. Se puede medir de un modo u otro el heroísmo de Komarov, la verdad de su sacrificio por la causa de la Unión Soviética y por la propia ciencia. Pero nadie puede acusarle de que hiciera el ridículo. Esto es lo único que falta por ver del presidente Mas. Tiene garantizado el juicio despectivo de la historia: dividió frívola y artificialmente a la sociedad catalana: la estafó. Ahora hay que ver cómo se marcha. Si opta por el insondable silencio de la materia oscura o si va a hacernos pagar hasta el final la infeliz circunstancia, incluso estética, de haber coincidido con su espacio y su tiempo.

Sigue con salud

Arcadi Espada

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *