El vecino terrorista

Incidentes recientes en la línea de control (LoC) –la frontera entre India y Pakistán en el estado de Jammu y Cachemira– han generado preguntas fundamentales sobre la tensa relación nuclear armada entre dichos países. Temprano en este mes, el ejército de India frustró una tentativa de incursión de un grupo de 30 o 40 militantes del territorio pakistaní, lo que condujo a los críticos indios a desacreditar las propuestas de paz oficiales. En efecto, apenas dos semanas antes del incidente más actual, el primer ministro indio, Manmohan Singh, se había reunido con su homólogo pakistaní, Nawaz Sharif, durante la sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.

Al partir los británicos de la India en 1947 le arrancaron, como hogar para los musulmanes indios, lo que pasaría a ser Pakistán, pero hasta hace poco (a medida que la población pakistaní continúa creciendo a una tasa mayor que la de India) más musulmanes permanecieron en India de los que se quedaron a vivir en Pakistán. Desde entonces la relación bilateral se ha visto asolada por una enconada disputa por el territorio dividido de Cachemira, el único estado de mayoría musulmana en India (pero hogar de solo 3% de los musulmanes indios, que están repartidos en grandes cantidades en todo el país).

Durante décadas, el conflicto abierto y la hostilidad latente se han visto acentuados por periodos cortos de afabilidad. El principal obstáculo a la paz ha sido el respaldo de Pakistán a la militancia y el terrorismo en India, que culminaron en los horribles ataques de Mumbai en noviembre de 2008. En ellos los comandos mataron a casi 200 personas.

Avanzada la década de los ochenta, Pakistán respaldó una insurrección de algunos musulmanes cachemires y dio armas, reclutamiento y fondos a los militantes que se infiltraron en la LoC. La insurrección, aún vigente, y la respuesta de las fuerzas de seguridad indias, han causado enormes bajas humanas y pérdidas de propiedad, y solo han destruido la economía del país, que depende en gran medida del turismo.

En el proceso, ambos países han sufrido gravemente. Muchos ciudadanos indios han sido asesinados, mientras que el gobierno ha desplegado más de medio millón de soldados para mantener la paz. Además, la estrategia de Pakistán de “sangrar a India hasta la muerte con miles de heridas” mediante la insurgencia y el terrorismo, ha logrado muy poco, mientras tanto ha hecho de su ejército un actor interno muy poderoso y ha generado organizaciones terroristas (pero algunas se han puesto en contra de sus patrocinadores).

En junio, cuando Sharif se convirtió en el primero de los ministros en la accidentada historia política de Pakistán que sucedió a un ministro democráticamente electo mediante otras elecciones democráticas, en India había la esperanza de que el balance de poder virara de un gobierno militar a uno civil. Durante su campaña, y después de haber ganado, Sharif expresó su determinación de hacer la paz con India. A pesar de la tendencia de los dirigentes civiles pakistaníes de mantener conversaciones de paz mientras que hombres armados atraviesan la frontera, muchos en India pensaban que esta vez sería diferente.

Sin embargo, otros permanecen escépticos. Las conversaciones entre Singh y Sharif luego de una serie de incidentes en la LoC derivaron en un llamado de los críticos de Sharif a que no prosiguiera con la reunión. Los críticos del gobierno indio argumentan que este ha tomado por sí solo la enorme carga de las conversaciones de paz con un gobierno que, cuando se trata de abordar las verdaderas amenazas emanadas de su territorio e instituciones, ha mostrado su torpeza en el mejor de los casos, y su hipocresía, en el peor. El intento más reciente de infiltración –el cual señalan los dirigentes militares indios no habría ocurrido sin la complicidad del ejército pakistaní– se suma a la indignación contra el gobierno por su supuesta candidez.

Al buscar la paz con Pakistán, el gobierno indio en efecto se está arriesgando. Como lo han mostrado los ataques en Mumbai hace cinco años y los incidentes recientes en la LoC, el desfase entre las declaraciones oficiales y sus acciones militares sugiere que el gobierno civil, aunque sincero, es muy débil para controlar su propio aparato de seguridad. Mientras que el gobierno de Pakistán no tenga la capacidad o la voluntad de reaccionar contra los llamados “actores no estatales”, que se dice están fuera de su control, ¿por qué India emprendería el diálogo que suspendió en 2008?

Con todo, los pacifistas indios no están equivocados. Un país que trata de concentrarse en sus grandes desafíos de desarrollo debería hacer todo a su alcance para calmar la hostilidad en sus fronteras. No conversar con Pakistán no es realmente una política; se ha estado haciendo durante años, sin obtener resultados significativos. Si la búsqueda de paz de India afianza a los políticos pakistaníes que están luchando contra sus propios halcones, vale la pena intentarlo. El beneficio de alcanzar la paz sería enorme para las dos partes.

No obstante, India, potencia del status quo, ha deseado siempre vivir en paz, mientras que Pakistán, que anhela Cachemira, recurre a todos los medios a su alcance para alterar el status quo. Por esta razón, el ejército indio debe estar muy alerta y bien preparado para defender sus fronteras. Sin embargo, a diferencia de Pakistán, el ejército indio no hace política exterior. Esa prerrogativa le corresponde a un gobierno civil electo que esté decidido a participar en un diálogo con los ojos abiertos (y sus armas listas).

Ayudaría que el gobierno de Pakistán –que enfrenta el terrorismo originado en su propio territorio, incluso cuando exporta terrorismo a sus vecinos– mostrara un poco más de voluntad para unirse a la búsqueda de paz. Cuando las clases dirigentes pakistaníes renuncien verdaderamente al terrorismo como instrumento de política de Estado, las perspectivas de paz surgirán en el subcontinente. Por desgracia, dichas perspectivas ni siquiera se vislumbran en el horizonte.

Shashi Tharoor is India’s Minister of State for Human Resource Development. His most recent book is Pax Indica: India and the World of the 21st Century. Traducción de Kena Nequiz.

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