Escuelas de negocios con matrícula

Por Irene Boada, periodista y filóloga (EL PERIÓDICO, 12/11/07):

De vuelta de una larga estancia en el mundo universitario irlandés y británico, me puse a trabajar como profesora en una universidad catalana. Acostumbrada a tener compañeros de trabajo de todo el mundo, trabajar con gente solo catalana me pareció extraño. Un templo del saber, pensé, no puede ser nunca monocultural, debe contener una pluralidad lo mayor posible de estudiantes y profesorado. No me sorprendió constatar que ninguna universidad catalana o española figure entre las 100 mejores del mundo, según los rankings internacionales más prestigiosas.

ES OBVIO que necesitamos un debate extenso sobre esta cuestión. A veces la cruda realidad duele, pero más puede doler, a la larga, no encontrar pronto soluciones, Y se dibuja un futuro incierto si las universidades no hacen una transformación profunda. La tan admirada China, pese a ser aun un país con características de tercer mundo, está realizando un esfuerzo gigantesco para transformarse. En lo que respecta a la investigación, en solo un año ha aumentado su inversión en un 22%.
Las universidades que hoy cuentan en el mundo están hechas de una unión básica e indisoluble: la calidad de la investigación y la calidad de la enseñanza. Pero las universidades catalanas y españolas, más que modernos centros de alta investigación y excelencia y, por tanto, productores de licenciados de alto nivel, siguen siendo gigantes burocráticos con una anquilosada estructura, que cuentan con pocos mecanismos para ponerse al día y acercarse a la realidad social. Las de más reciente creación lo intentan, y la mayoría de universidades ahora están haciendo un esfuerzo considerable estableciendo acuerdos con universidades en el extranjero, aunque difícilmente lo logran. Sigue siendo difícil articular intercambios sólidos, en parte por la rigidez del modelo docente. No hay duda de que necesitan una buena sacudida, pero ¿de dónde puede venir? En parte, de nosotros mismos. Tenemos capacidad para mejorar y un buen ejemplo es el gran éxito de las escuelas de negocios privadas.
El semanario The Economist ha publicado datos muy alentadores. Tres escuelas de negocio de Barcelona (IESE, ESADE y EADA) figuran entre las 100 mejores del mundo, y la tendencia de todas ellas es de subir. EADA ha pasado de ser la 100ª a la 87ª. También, y según el norteamericano Aspen Institute –el ranking internacional de mayor prestigio que evalúa la correcta integración social y mediambiental–, nuevamente cuatro escuelas de negocios españolas, tres de ellas catalanas, tienen resultados espectaculares.
Igualmente, tenemos motivos de satisfacción para la creación, este curso, de la Barcelona Graduate School of Economics, con 2 millones de euros para este año. No son los 220 millones de euros que recibe anualmente la London School of Economics, pero muestra voluntad positiva. David Parcerisas, presidente del patronato de EADA, opina que el éxito de estas escuelas se debe a que venden su producto a todo el mundo y a que, por tanto, tienen una visión más abierta de su función social, de lo que las personas necesitan en su formación, y en definitiva, de una necesidad de supervivencia en un mercado muy competitivo que lleva a hacer cambios constantemente para mejorar. Pero no por este motivo el mundo académico debería privatizarse.
Las universidades británicas tienen un gran prestigio internacional y todas son públicas. ¿Cuál es la clave de su éxito? El Gobierno británico siempre ha contado con complejos sistemas para evaluar y premiar la investigación en cada universidad. Uno de los instrumentos que se ha utilizado durante los últimos 20 años es el famoso Ejercicio de Evaluación de la Investigación (RAE en sus siglas inglesas) por el que se puntúa la calidad de investigación de las universidades dentro de un baremo que va del 1 al 5 y, consiguientemente, el Gobierno otorga más financiación a quien saca mejor nota. Financiación que se utilizará para contratar a los mejores, que a menudo son de otros países, contrariamente a lo que ocurre aquí, donde sufrimos el lastre de lentos procesos de oposiciones que no siempre desembocan en la elección del mejor investigador.

TODAS ESTAS medidas del mundo anglosajón responden a una voluntad clara de alentar y premiar la investigación universitaria de excelencia. El razonamiento siempre es de mínima burocracia y máximos resultados. Por tanto, no solo cabe aumentar la cantidad de inversión sino que, tan importante o más, será el sistema de selección de personal que garantice la selección del mejor profesorado. ¿Estamos preparados para hacer estos cambios y renunciar a métodos antiguos como las habilitaciones y muchas oposiciones que responden a épocas remotas? Y otra pregunta clave: ¿qué Gobierno se atrevería a exigir cambios tan sustanciales?
Nuestro objetivo debería ser que las universidades fueran verdaderamente internacionales y figurar entre las mejores 100 en una plazo de pocos años. China, la India y Singapur lo saben perfectamente, y nosotros no deberíamos quedar atrás solo por el hecho de estar en la burbuja europea. Sabemos muy bien que la educación y la formación son la base de la democracia, un sistema de lujo que no se nos regala sino que tenemos que ganar a pulso cada día. Si no ofrecemos la mejor calidad académica a nuestros jóvenes, les estaremos condenando a la mediocridad y, también, a un futuro incierto.