Han crucificado a un hombre

El Hombre se equivoca sobre él mismo y sobre Dios cuando interpreta su contingencia como no perteneciente a su condición humana, cuando la considera como un accidente. Las costumbres de Jesús son comunes con sus coterráneos contemporáneos. Jesús no es simplemente un hombre, es este hombre: un judío de Galilea con todo el peso y la densidad del terruño, con todas las características que dictan la carne y la sangre. Su manera de ser en el mundo se lo debe al momento histórico y a la situación social que le tocó vivir. Conoció el sufrimiento, el fracaso y la traición. Para sus contemporáneos fue un profeta como otros tantos anteriores contemporáneos o posteriores. A sus contemporáneos, incluidos los suyos, se les hizo difícil traspasar su humanidad, palpable para captar la trascendencia, la divinidad, que fue creciendo desde dentro. La apertura a los demás es constitutiva del ser humano y Jesús vivió profundamente esta apertura.

Cristo murió clavado en una cruz el 7 de abril del año 30 de nuestra era. En aquellos tiempos, disponer de la vida de una persona era una cosa banal. Por lo que se refiere a los judíos, la ocupación griega y romana había dado lugar con frecuencia a una triste realidad, ejecuciones individuales y colectivas. Para una persona y para los suyos, la ejecución, mucho más frecuente entonces que ahora, no era menos terrible que para alguien de nuestro tiempo. El derecho judío, aunque menos que otras civilizaciones de la época, preveía la pena de muerte como castigo a muchos delitos. Los judíos recurrían al brazo secular de los ocupantes para la ejecución de los condenados.

Antes y después de Jesús otros muchos hombres y mujeres han muerto por los que amaban y por lo que creían. Los judíos aún tenían presente el recuerdo del heroísmo de los macabeos que habían muerto por Dios. Otros muchos que se habían llamado profetas fueron condenados a muerte antes que él. Sus contemporáneos han seguido y venerado otros líderes que han sido luego ejecutados, pero no se han guardado su muerte ni sus acciones como un acontecimiento importante de su historia política ni religiosa. Pero la idea de que el enviado de Dios, el Mesías, muriera por Dios era completamente ajena al judaísmo como lo prueba la interpretación que hacía del texto del servidor doliente de Isaías, que luego el cristianismo aplicó a Jesús.

Jesús era mucho más peligroso que aquellos que llamaban al pueblo a la rebelión y al desorden porque, aunque declaraba caducos y pasados muchos usos y costumbres, decía que no había venido a derogar la ley si no a darle pleno cumplimiento y respetaba la autoridad de Abraham, Moisés, David y habla más de Dios que de él mismo. Para la sociedad judía, estructurada en torno a la religión, y para el mismo Jesús, Dios no es alguien aislado de la realidad. Jesús no tenía como meta de su vida sufrir ni buscó la muerte; por el contrario, para Jesús y para su Dios el sufrimiento de los hombres, especialmente el sufrimiento de los más humildes, era un motivo de escándalo y sufrimiento. Su proyecto era anunciar lo que él creía y pensaba sobre Dios.

A Jesús lo mataron los sacerdotes de su tiempo, por cuestionar las leyes y reglas que regían el matrimonio y el divorcio, institución que tenía como fin proteger la pureza étnica y religiosa del pueblo judío; por blasfemo y por hacer lo que es reservado a Dios: perdonar los pecados; por hablar como Dios, por comer con los pecadores, por hacer milagros, por liberar a los hombres de la esclavitud de la ley, por poner el sábado al servicio del hombre y no al hombre al servicio del sábado, por criticar el uso y abuso que los sacerdotes hacían del templo, del ayuno y los rituales; por hablar con la samarita, mujer contaminada e impura; a Jesús lo mataron porque su mensaje tiraba por tierra las ideas moralistas e interesadas que las instituciones religiosas tenían y predicaban sobre Dios. El Dios de Jesús, liberador y amor, se daba de bruces contra el Dios dominador y opresor de su tiempo. Jesús rechaza la lógica del sometimiento y estimula la acción creadora por encima de toda autoridad política o religiosa.

El poder no tolera el desvelamiento de la hipocresía y el descubrimiento de las mentiras. El poder de los poderosos corría peligro si hubieran dejado a Jesús hacer todo lo que quería. El entusiasmo que Jesús provocaba en la multitud cuando se proclamaba Mesías era motivo suficiente para que el Prefecto lo hubiese condenado a muerte y ejecutado. “Este lenguaje es muy fuerte. ¿Quién podrá escucharlo?”, decían sus contemporáneos. Su lenguaje fuerte y llamativo le sirvió: 1) para que el pueblo lo fuera, poco a poco, abandonando, y 2) para que los representantes del poder que se sentía amenazado actuaran llevados por la sabiduría que detectan casi todos los poderosos: saber lo que les amenaza y cómo atajar ese peligro para seguir en la poltrona. Caifás dijo a los que dudaban: “Es mejor que muera un solo hombre antes que perezca el pueblo y la nación” (Juan, 11, 49-50).

El máximo grado de compromiso que alguien puede realizar es dar la vida por lo que cree y por los que ama. Jesús dio su vida por sus ideas sobre Dios, sobre la ley, sobre la libertad y por la gente. El que muere por lo que cree y por los que ama es porque piensa que no puede hacer nada mejor por la causa que defiende. Jesús no habló de su muerte porque, al menos durante buena parte de su vida, no previó su eliminación física ni consideraba las circunstancias de su muerte. La muerte a manos de ejecutores no era su finalidad en la vida. Cada vez más, los exégetas están de acuerdo en que Jesús fue progresivamente tomando conciencia de que su vida le llevaba a la muerte. Sabiendo que sería fiel a su causa y vista la reacción de las autoridades ante su persona y lo que ella representaba para los que lo seguían, todo indica que él pudo ir tomando progresivamente conciencia de que su fin podría ser la muerte violenta a manos de los representantes del orden.

Jesús prefirió la muerte a callarse o decir otra cosa diferente de lo que dijo e hizo. Jesús se sintió, como todo mortal, sólo en el momento de su muerte a pesar de que reconoció a sus conocidos al pie de la cruz. “¿Dios mío Dios mío, por qué me desamparaste?” (Mat. 27, 46). Muchos creyentes, no fundamentalistas, en nuestros días, por denunciar, protestar, acusar estructuras que tiranizan, esclavizan y oprimen, son llevados ante los tribunales, amenazados, difamados, encarcelados, torturados y asesinados. La muerte no es lo mejor que puede ocurrir sino la solución de la impotencia. La muerte del compromisario por su causa prueba su determinación pero no prueba la veracidad de su doctrina ni la bondad de la causa. Aunque matando, los fundamentalistas también se exponen a que los maten por una causa y su muerte no justifica su causa ni prueba su bondad.

Para los creyentes, Jesús es un hombre cabal y también Dios. Los cristianos viven en la tensión constitutiva entre el hombre Jesús, como realidad histórica, y el Cristo de la fe; creen que Jesús resucitó pero esto no es una cuestión histórica sino de fe y trasciende nuestros modos de representación. El antropólogo lo más que puede afirmar es que muchos han creído y creen que ha resucitado y que esta fe ha moldeado y formateado la vida de millones de personas a lo largo de la historia y sigue haciéndolo hoy. Desde la fe, Jesús muere a manos de todos para redimir a la humanidad del pecado. La fe en Jesús es fe en la experiencia contada por sus discípulos porque, ayer como hoy, el lugar de la revelación y de la comunicación es la vida de los creyentes. Si no se cree en la identificación de Jesús con Dios padre su mensaje es un mito.

Los cristianos han colocado la cruz de Cristo en el altar, en las paredes del despacho, en el cruce de los caminos, en las cumbres de los cerros más elevados, sobre la cabecera de la cama en la que nacen, crecen, hacen el amor y mueren; la trazan sobre ellos mismos cuando salen de casa. Es imposible, por lo menos muy difícil, entender el mundo occidental sin tener en cuenta a Jesús. El mensaje de Cristo ha sido vaciado en moldes grecolatinos y estos han sido formateados por él hasta el punto de que durante mucho tiempo se han identificado lo que supuso y sigue siendo una rémora para la enculturación del Evangelio en otras culturas. La revelación fue dada de una vez por todas pero su desvelamieno es un proceso que se va haciendo y tiene como correlato al hombre entero no sólo su inteligencia. Un acontecimiento ocurrido una vez a un solo hombre ha abrazado toda la Historia y aún la trasciende.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC, escritor y teólogo.

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