Sombras del nuevo año

Por Carlos Fuentes, escritor (EL PAÍS, 18/01/07):

Albert Camus llamó al siglo XX “el siglo del miedo”. Adolfo Hitler y el nacional-socialismo llegaron a simbolizar la realidad del mal impuesto mediante el terror desenfrenado, sin tapujos, proclamado como idea y práctica del asesinato masivo, libre de toda reflexión moral: el mal como costumbre. Los otros asesinos en masa (Stalin, Mao) cometieron un mal no sólo numérico, sino ideológico. Disfrazaron sus políticas de represión desalmada con el manto ideológico de una filosofía occidental humanista, el marxismo. La confusión de izquierda, por eso, persiste. En cuanto a Hitler y el nazismo, no caben dudas: dieron rienda suelta a lo demoníaco, a lo que Goethe llamó “los impulsos oscuros de la historia”.

Han muerto, casi en el mismo calendario, dos atroces tiranos: Augusto Pinochet en Chile y Sadam Husein en Irak. Ambos violaron, asesinaron, encarcelaron, torturaron, pero Pinochet murió en su casa, rodeado de sus familiares, uno que otro cómplice y un cinismo fantasmal. Sadam murió ahorcado, rodeado de la burla macabra de sus verdugos pero dando muestras de una entereza que perseguirá a los autores de algo que puede llamarse linchamiento.

Pinochet evadió una y otra vez a la justicia. Sitiado, encontraba siempre la salida por una puerta falsa. Cínico, saltaba de su silla de ruedas de utilería para reírse de jueces, víctimas y gobernantes. Ignorante pero astuto, sabía sacarle las mangas al bien y al mal: él era el bueno, sus enemigos eran los malos. Los crímenes de Pinochet eran, según él, actos del bien en contra de un mal brumoso llamado “la conspiración comunista internacional”. En verdad, ¿cuál era, entonces, el “bien” que Pinochet consideraba el “mal”? En un brillante artículo, el joven novelista chileno Carlos Franz advierte contra el juego maniqueo jugado por el propio Pinochet: la división tajante del mundo en “buenos” y “malos”. En su trágica y hermosa novela, El desierto, Franz le da vida a este conflicto. El bien busca al mal y éste al bien en un movimiento anímico, físico y sociológico que afirma la humanidad de los personajes, sin restarles un átomo de responsabilidad.

¿Humanidad de Pinochet? ¿Humanidad de Hitler? Claro que sí, si de verdad queremos juzgar el tamaño de su mal no como simple ideología sino como gravísima traición del ser humano a sus posibilidades. O sea, que Hitler y Pinochet fueron desleales a su propia humanidad: violaron su promesa en la tierra y se vendieron por el plato de lentejas del poder “absoluto”.

En su debate con los maniqueos, San Agustín rechazó la división absoluta entre buenos y malos. La acción humana era, para el santo, voluntaria e intencional. No hay poder impersonal del mal. El verdadero mal presupone la voluntad de traicionar la libertad porque se posee la libertad de hacerlo. Si no, somos pura naturaleza. El mal es precio de la libertad.

La gran historiadora española Carmen Iglesias habla de la vida como horizonte de posibilidades. Una de esas posibilidades es el mal y tanto Hitler como Pinochet y Sadam lo escogieron. Pero que la posibilidad es libertad lo demuestra Nietzsche, ideólogo del mal, dándose cuenta (como Sade, como Dostoievski) que sus verdades deben volverse increíbles en la realidad a fin de ser creíbles en la literatura filosófica. El tirano político, lejos de ello, se propone confirmar las verdades del mal en la realidad.

Augusto Pinochet fue una creación funambulesca de la política exterior norteamericana en la guerra fría. Ya en Guatemala, Washington había confirmado que la paranoia anticomunista era capaz de destruir un modesto proyecto de democracia local. La CIA, Dulles y Castillo Armas derrumbaron a Arbenz y trajeron cuatro décadas de dictadura, genocidio, tortura y miseria a Guatemala. Gloriosa victoria. En Chile, Salvador Allende llegó democráticamente al poder con una minoría electoral que, fiel a sus principios, él quiso aumentar mediante elecciones. Allende provenía de una tradición democrática, la de Chile, que era la más probada y larga de la América Latina. La gran traición de Nixon y Pinochet consistió en interrumpir ese proceso, arrinconar económicamente a Chile y frustrar no al inexistente “comunismo” de Allende sino al desarrollo normal de la democracia en Chile. Conozco y quiero a ese gran país, crecí allí en tiempo del Frente Popular y mi temor siempre fue que el ejército se saliera de los cauces legales. Pinochet, el gran traidor, el Judas criminal, asesino y ladrón, escribió la página más negra en la historia de Chile. Los errores de la Unidad Popular fueron borrados por los crímenes de la dictadura militar. Y la dictadura militar, esperpento de la guerra fría, no la sobrevivió. Chile, porque la tenía, recuperó su tradición democrática.

La misma que no existía en Irak. Desmembrado el imperio otomano en 1919, sometido Irak al colonialismo británico, sólo la crisis de Suez, ocaso de los imperios británico y francés, liberó a la antigua Mesopotamia, carente de práctica o instituciones democráticas, a una cruenta lucha por el poder que culminó con el fin de la monarquía de Faisal II en 1958, el ascenso del partido Baaz, la toma del poder por Sadam entre 1968 y 1979 y su consolidación mediante la represión, el genocidio, la corrupción y el miedo.

Este era el dictador y este el régimen al cual los Estados Unidos, presididos por Ronald Reagan, le dieron armas, dinero y tecnología (800 mil millones de dólares entre 1985 y 1990, fechas en las que los Estados Unidos de Norteamérica aprobaron exportaciones a Sadam que le permitirían desarrollar armas químicas y nucleares) para oponerse al Irán de los ayatolás, política confirmada por la muy cordial visita del secretario Donald Rumsfeld a Bagdad en 1983. La política norteamericana de acomodo con Sadam, a pesar de todos los crímenes que hoy se le achacan, llegó hasta las vísperas mismas de la Guerra del Golfo, si atendemos a los despachos de la embajadora April Glaspie.

Lo demás, se diría, es historia. Derrotado en Kuwait, Sadam se atrincheró mientras Bush padre y sus asesores diplomáticos y militares decidían, con cordura, no invadir Irak pero limitar a Sadam. Política de éxito que empobreció al déspota y le impidió armarse efectivamente, como lo demostró la fatídica invasión ordenada por Bush hijo en marzo de 2003, a pesar de las advertencias en contra. No se le permitió a la ONU verificar la inexistencia de armas de destrucción masiva, se pasó por alto al Consejo de Seguridad, se lanzó el ataque “preventivo” sólo para descubrir que Sadam no tenía armas de destrucción masiva, que era fácil bombardear e invadir Irak, pero dificilísimo ocupar al país.

País ocupado por los EE UU y sus cada vez más reticentes y menos gloriosos aliados. País gobernado por los EE UU a través de un Gobierno pelele y faccioso. País inmerso en la guerra civil que la muerte de Sadam no hará sino inflamar aún más. El tirano fue a la horca con una dignidad y una serenidad pasmosas que serán su legado de batalla, en Irak y el mundo árabe. La política de Bush, tan errada desde sus inicios, ha sufrido un golpe más. Bush es su peor enemigo. En vez de seguir los consejos de la Comisión Baker-Hamilton, insiste en aliar belicismo e ignorancia en una carrera que será el sepulcro de su Gobierno.

Hace ya medio siglo, Albert Camus escribió: “Vivimos sofocados por la gente que cree poseer absolutamente la razón”. ¿Podemos esperar un poco más de escepticismo, menos maniqueísmo, más información para un año que despierta? Es pregunta.