¿Una política industrial para España?

La industria vuelve a estar de moda o, por lo menos, los sectores industriales vuelven a reclamar su protagonismo. Probablemente porque confiamos más en ella que en los servicios a la hora de crear el empleo que necesitamos. O porque muchas de las innovaciones tecnológicas nos llegarán a través de la industria. O porque países como Japón, Taiwán y Corea del Sur hace años, y China y la India más recientemente, han basado su crecimiento en los sectores industriales, y siguen amenazando a nuestras empresas con sus acciones agresivas. O, simplemente, porque el peso de la industria ha caído desde hace años, y nos parece que ya es hora de volver a prestarle atención.

También por la necesidad de impulsar las exportaciones, en las que los bienes aún predominan sobre los servicios, sobre todo cuando se contempla su valor añadido y su efecto de arrastre. O por la oportunidad de desarrollar sectores como la nanotecnología, la biotecnología o la impresión en 3D, que ya han empezado a crecer en España y que están esperando la oportunidad de saltar al estrellato. O por la conveniencia de distanciar nuestro crecimiento de la construcción, el sector inmobiliario y las finanzas, de infausta memoria. En todo caso, eso es lo que pide la industria, y parece que los políticos están también dispuestos a apostar por la industria 4.0, los sectores industriales estratégicos, las nuevas tecnologías o el impulso a la I+D+i.

¿Significa esto que veremos un renacer de las políticas industriales? ¿Y que ese renacimiento tendrá un final feliz? Las experiencias pasadas no son, precisamente, modelos de éxito. La política industrial fue, durante mucho tiempo, el soporte de empresas y sectores decadentes, y el intento de salvarlos con el apoyo del Gobierno solo sirvió para un entierro digno –y caro–. Alternativamente, se dirigió a crear nuevos campeones, que muchas veces tampoco se consolidaron como tales. ¿Será distinto esta vez? No seré yo quien entierre prematuramente esas promesas; solo quiero hacer ahora algunas consideraciones.

La política industrial es útil cuando promueve actividades en las que el país tiene ventaja competitiva. Y si se trata de actividades muy nuevas, cuando el país tiene el caldo de cultivo conveniente para que se desarrollen: un sistema educativo apropiado, un sistema de investigación probado y un apoyo amplio en seguros, finanzas, consultoría y otras muchas actividades, que tienen que estar muy próximas a los innovadores.

La política industrial actúa con más seguridad en sectores en los que la competencia exterior es menos global. Muchos países están impulsando iniciativas rompedoras, como las tecnologías limpias o el coche eléctrico, de modo que la competencia internacional será muy fuerte y la ventaja puede diluirse: lo importante no es dónde se pone el dinero, sino dónde ese dinero acaba siendo útil. En todo caso, elegir muchos sectores para impulsar conduce a lo del refrán: quien mucho abarca, poco aprieta. Y es mejor elegir sectores que productos.

Todo esto parece conducirnos a políticas industriales horizontales, que ayudan a muchas empresas de muchos sectores con factores que sirven para todas. Esto parece crear más empleos, pero no hay que olvidar que esos empleos han de ser sostenibles, de modo que las empresas deben tener un futuro prometedor, al menos muchas de ellas. En todo caso, hay que huir de la tentación de dar dinero para conservar sectores problemáticos. Y esto nos lleva a otro error que hay que evitar: no se trata de sostener a las empresas que ya existen, sino, sobre todo, de ayudar a las nuevas a que empiecen, se arraiguen y crezcan de manera sostenible –aunque el poder y la influencia los tienen las primeras–.

El sector público no debe liderar esas políticas, porque el despacho ministerial o la oficina administrativa no es el lugar donde se detectan las oportunidades, se valoran los riesgos y se toman las decisiones difíciles. El sector público no debe corregir la plana al privado, excepto cuando se trata de pinchar globos y llamar al realismo, aunque rara vez desempeña ese papel.

Hay ya mucha experiencia acumulada sobre políticas industriales, con algunos casos de éxito y muchos de fracaso. Esta vez no será diferente. Aprendamos de la experiencia, no nos dejemos llevar por la euforia, seamos realistas, actuemos con flexibilidad y, claro, con cierta audacia, pero sin olvidar que estamos jugando con fondos escasos, y con el imperativo de acertar, aunque solo sea en una parte de las iniciativas.

Antonio Argandoña, profesor del IESE.

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