¿Hasta cuándo, Puigdemont?

¿Hasta cuándo, Puigdemont, abusarás de nuestra paciencia? En estos mismos términos increpaba Cicerón a Catilina, el conspirador que quería subvertir la República romana en el año 63 a. de C. Cicerón amenazaba a Catilina con la muerte. Hoy el Gobierno español no amenaza al conspirador Puigdemont, que quiere trocear España, con nada. Al contrario, le suplica que deponga su actitud y le promete diálogo y dádivas. Puigdemont, por supuesto, no se aviene; al contrario, acusa al Gobierno de “totalitario”, “antidemocrático”, “autoritario y represivo”, de cometer una “agresión”, y demás lindezas. No quiere negociar porque la debilidad del Gobierno le hace ver que, haya o no referéndum el 1 de octubre, él va ganando. Y no hay duda de que es así. Aunque, objetivamente, la situación de Puigdemont y su camarilla es desesperada, a la larga llevan las de ganar.

Examinemos brevemente la situación. El objetivo final de los conspiradores es la separación de Cataluña y España. ¿Para qué? Para mantenerse indefinidamente en el poder y convertirse en señores absolutos del Principado. Ya lo son en gran parte, pero el Gobierno español, aunque débil y cobarde, constituye un obstáculo molesto al poder sin trabas al que aspiran Puigdemont y su cuadrilla. Es molesto, sobre todo, el sistema judicial español, que de cuando en cuando tiene el mal gusto de imputar a algún político catalán. Incluso se ha atrevido (un poquito) con la familia Pujol-Ferrusola, y esto les parece a los de la antigua Convergencia (hoy PDeCAT) algo intolerable: lesa majestad. En una Cataluña soberana esto nunca hubiera ocurrido. Ellos quieren, por tanto, acabar con una judicatura independiente, como demuestra el texto de la llamada Ley de Transitoriedad aprobada por el Parlament y anulada por el Tribunal Constitucional (arts. 71-72). Quieren también perpetuarse en el poder ganando todas las elecciones de aquí a la eternidad a través de una Sindicatura Electoral nombrada por el Parlament con poderes omnímodos (arts. 46 ss.) y con sede en el propio Parlament.

Los separatistas vienen preparando el golpe desde hace casi 40 años. Jordi Pujol ha sido siempre separatista y en sus 20 años de mandato hizo una labor paciente que terminó por rendir sus frutos: el control de los medios de comunicación y, sobre todo, el control de las escuelas, de donde se ha desplazado al español en beneficio del catalán. Se ha hecho todo lo posible, en violación flagrante de la Constitución y rompiendo con la tradición secular de bilingüismo, por convertir a Cataluña en una comunidad monolingüe en catalán. No se ha conseguido todavía, pero se ha avanzado mucho en ese terreno. Se ha hecho todo lo posible por marcar el fet diferencial, construyendo una frontera cultural y lingüística con el resto de España, aunque esforzándose con algún éxito por crear sucursales en las comunidades valenciana y balear. Se ha hecho un esfuerzo ingente, sobre todo, por adoctrinar a niños y adolescentes ofreciéndoles en la escuela una versión de la historia falseada con todos los mitos del ideario separatista: Cataluña ha sido una víctima secular de la opresión española, Cataluña ha sido una gran nación hasta que Felipe V y los Borbones en general la destruyeron y la sometieron a un expolio sistemático (ignoro cómo se explica entonces que Cataluña pasara de ser una región pobre y oscura con los Austrias a ser la más rica de España con los Borbones, pero eso son preguntas que los adeptos del fet diferencial no se plantean). La utilización política de niños y adolescentes, previamente adoctrinados en la escuela, se ha hecho patente en las manifestaciones de las diadas y, en estos días conflictivos de fines de septiembre, cuando se les ha encuadrado en los colegios, por los propios profesores, para manifestarse a favor del separatismo durante el tiempo lectivo.

La utilización de la escuela pública con fines de adoctrinamiento político ha tenido efectos potentísimos. ¿Cómo, si no, explicar que el separatismo, que no tenía apenas adeptos en Cataluña hace 40 años, hoy tenga entre un 30 y un 40% de partidarios, habiendo en ese lapso de tiempo logrado la Comunidad catalana las mayores cuotas de autogobierno y de financiación pública, habiendo obtenido no uno, sino dos estatutos de autonomía en 28 años, probablemente un record mundial? Cuantos más esfuerzos hacían los gobiernos de la nación por lograr el “encaje” de Cataluña, más “desencajados” se sentían los gobiernos catalanes y más pugnaban por transmitir su descontento y su indignación a los ciudadanos. El hecho de que la mala administración y el despilfarro de estos gobiernos haya conducido a esa comunidad a la bancarrota y que el único prestamista que haya encontrado sea el Estado español no les ha hecho rectificar ni, por supuesto, agradecer el sacrificio del resto de España por darles un “encaje” económico. Al contrario, los separatistas quieren separarse y, a tenor de lo que dicen y legislan, piensan marcharse sin pagar lo que deben. Lo cierto es que deben tanto que no se ve cómo podrían saldar sus cuentas. Y resulta que la izquierda española habla de condonar esa deuda, en una interesante propuesta de redistribución al revés: que las comunidades pobres financien a las ricas. ¿Es esto el socialismo del siglo XXI?

Seguramente porque pensó que aún no tocaba, Jordi Pujol se retiró de la política activa sin haber dado el paso decisivo a la separación, aunque dejó las cosas bien preparadas: los medios en manos de la Generalitat, todos los puestos claves en manos de gent de confiança, las nuevas generaciones bien adoctrinadas en el catecismo nacionalista, el fiel Artur Mas al timón del partido. Los gobiernos nacionales le habían dejado hacer sin advertir el alcance de sus jugadas. Cumplidamente merecía el patriarca un dorado retiro y el disfrute de sus bien ganados ahorros.

La crisis se encargó de devolver el poder a Mas y a partir de ahí las cosas se precipitaron. A pesar de no resultar un favorito de los electores, Mas se empeñó en rematar la obra de su mentor. Sus políticas distaban de alcanzar el éxito esperado, pero no importaba. Había un sustrato de incondicionales de la independencia, y mientras la escuela estuviera en manos de los nacionalistas, ese sustrato era (y será) un suelo muy firme: sus votos disminuían, pero, impertérrito, convocó el primer butifarréndum, el del 9 de noviembre de 2014; no había censo, pero en todo caso votó mucho menos de la mitad de los posibles votantes. No importaba: se proclamó que había sido un éxito y se convocaron nuevas elecciones: el voto de Convergencia volvió a caer y los mínimos que se fijaron no se alcanzaron. Junts pel Sí quedó lejos de la mayoría absoluta; para alcanzarla había que formar gobierno con los carlistas-leninistas de las CUP. Se hizo: se creó un Gobierno estrambótico (la derecha coaligada con la extrema izquierda) que sólo en un país muy perturbado podría tener viabilidad. Las CUP pidieron la cabeza de Mas, y se les sirvió en bandeja. A rey muerto, rey puesto: fue entronizado Carles Puigdemont, nuestro Catilina gerundense, que ha gobernado en la cuerda floja desde el principio, por depender de los votos caprichosos del carlismo-leninismo, que le forzaban a acelerar la marcha hacia el referéndum y la independencia. En este angosto y anfractuoso camino está en constante peligro de estrellarse; lo suyo es una huida hacia delante. No puede dar marcha atrás. Pero no importa: la Cataluña de hoy tiene un sólido sustrato separatista y lo seguirá teniendo mientras la escuela pública esté al servicio de ese credo.

Por lo tanto, a la pregunta con que comenzábamos, ¿hasta cuándo, Puigdemont, abusarás de nuestra paciencia? La respuesta es: “Indefinidamente. Si las cosas fallan hoy, lo volveremos a intentar mañana”. Qué diferente era la política en tiempos de Cicerón.

Gabriel Tortella es coautor, con J.L. García Ruiz, C.E. Núñez, y G. Quiroga de Cataluña en España. Historia y mito (Gadir), recientemente publicado en inglés (Palgrave Macmillan).

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