La coleta de Pablo Iglesias

La coleta de Iglesias no es la Oreja de Van Gogh, es un desafío: una forma de predicar la igualdad desde la diferencia. Lo adelantó Ortega: «Algunos solo pueden significarse por la corbata» (pudo haber dicho por la coleta). En el caso de Iglesias, que es hombre de talento, véase su actual apagón informativo, aquellos signos son innecesarios cuando pudiera ser vicepresidente del Gobierno. Pero, ¿por qué preocuparnos por esa protuberancia, si llevamos tiempo conviviendo con ella?

La nuestra es una sociedad de imágenes, que asociadas a una alta responsabilidad pueden ser contraproducentes tanto para el país como para quienes las proyectan. Para el país, porque ver a un vicepresidente con un «estilismo de barricada» no es superfluo. Que Iglesias mejorara su aspecto daría estabilidad al sistema. Sería una aportación más verosímil a nuestra economía que la creencia de que los pudientes sufragarán sus ideas. Guste o no, el mundo se mueve por ciertos convencionalismos, más allá de las preferencias y libertad de cada uno: hasta Raúl Castro se engalanó para recibir a Felipe VI en La Habana. El «saber estar» refleja la capacidad de una persona para acoplarse al medio en que se mueve. Y, si Iglesias supo adaptarse a unas nuevas circunstancias, que le exigían salir de su barrio de Vallecas, o ponerse un esmoquin para la gala de los Goya, debería de igual modo aclimatarse a su nuevo estatus. A partir de su nombramiento -si es que llega- ya no representaría solo a Unidas Podemos, también al resto de los españoles.

La otra, referida a que las apariencias perjudican a sus protagonistas, me recuerda que hace años asistí a un debate en Londres en la Cámara de los Comunes para ver a Michael Foot, líder de los laboristas británicos (1980/1983). El comentario de un periodista de aquella sesión fue: «A Foot se le puede perdonar que sea comunista, incluso que cobre del KGB, pero no se le pueden perdonar las pintas que lleva». De Foot se dijo que fue mejor orador que Churchill, pero nunca pasó de jefe de la oposición. Cuando ya de mayor le preguntaron si aquel parón en su carrera era atribuible a su cabello descuidado o a sus chaquetas raídas, contestó que a la Reina Madre le gustaban: «Mister Foot, su forma de vestir es muy adecuada para su aspecto»; una interpretación menos narcisista habría extraído otra conclusión.

Por ello, tal vez Sánchez haya sido tan renuente a asociarse con Iglesias porque entiende, con razón, que su fondo de armario aceita y ensombrece su futuro; y esto va de futuro. El abrazo entre ambos fue una tomadura de pelo (nunca mejor dicho). Su Gobierno de coalición exigiría una sinceridad por ambas partes difícil asegurar.

¡Ay, sinceridad! El mayor problema que acusa este Gobierno es que nadie cree a su presidente, probablemente ni los que lo votan. ¿Puede creerle Iglesias? El compromiso con la palabra dada, empieza a hacernos pensar, que es virtud exclusivamente conservadora. Como apuntaba un político socialista, «Sánchez nunca pretendió ser un patriota, menos aún un caballero, sabe que este Gobierno es contra España y lo acepta». La realidad es que Sánchez e Iglesias en seis meses habían perdido un millón y medio de votantes y unas terceras elecciones los habrían colocado ante el paredón («clavaban» la situación Crispín y Leandro -dos buscavidas- en Los Intereses Creados de Jacinto Benavente: ¡Hemos creado muchos intereses y es interés de todos el salvarnos!).

Solo era augurable que el acuerdo entre ambos llegase a la investidura. Hasta entonces, Sánchez le podría pedir a Iglesias que hiciera el pino todos los martes a las diez, y den por hecho que lo haría. ¿Pero una vez nombrado Iglesias vicepresidente…, seguirá defendiendo la apropiación indebida del PSOE de 680 millones en Andalucía o será, como decían nuestras madres, una mala compañía para mantener las normas constitucionales o lidiar con los independentistas?

Una opción omnipresente es la pelea de dos gobiernos en uno, temida por Sánchez. En esa pugna Iglesias, que es rápido, alegóricamente haría el papel del ofidio. Sánchez, por su parte tiene determinación, el apoyo de un gran partido y desempeñaría el rol de la mangosta. Iglesias sabe que en el 80 por ciento de los casos, la mangosta se impone al ofidio, y por ello debería actuar con prudencia si quiere disfrutar de lo conseguido.

Claro que, una vez los Presupuestos aprobados, Sánchez podría cesar a Iglesias aduciendo que «este hombre no tiene remedio». Argumentaría que Iglesias buscaba una eutanasia más fácil, unos indultos más rápidos, unos presos más políticos, un sistema judicial más débil, unos sueldos más exagerados, una Constitución más flexible. Sánchez a pesar de la ruptura con Iglesias seguiría al tran-tran en La Moncloa, por tiempo limitado, y Unidas Podemos no podría orquestar una moción de censura en su contra, por el bien de la izquierda.

Iglesias barrunta que si quiere ser vicepresidente y disfrutar de los lujos burgueses, los escoltas y las nannies, o acceder en el futuro a consejos de administración, de los que hoy reniega, tiene que vender, antes o después, su coleta al diablo. Quizá Sánchez se la exigió como fianza para cerrar el pacto. Sería la prenda que blanqueara su pasado. Claro que algunos no estarían conformes, pues la coleta de Iglesias da mucho juego: es audiencia para los medios, reclamo para los antisistemas, coartada para el centro, trofeo deseado por la derecha, sofoco para la Unión Europea y, ya digo, aval pringoso para Sánchez.

Al presidente en funciones, le fue fácil convencer a Iglesias (a ERC ya lo ha hecho y Junqueras está exultante). Don Pablo, si bien no se ha cortado la coleta, ha emitido señales que permiten aventurarlo y que han hecho a Sánchez creer que puede ser manejable. El problema surgiría de no controlar la facundia su adversario. En tal caso, nunca Iglesias llegaría a ser un señor de derechas que evocara, en el tea room del Wellington, sus años de rebeldía; más bien, daría su etapa razonable por acabada y volvería enardecido a las andadas. De darse esa circunstancia o Sánchez cambiaba de socio y se apoyaba en Casado, o tendría que convocar unas terceras elecciones, probablemente para otro candidato.

No obstante, hay suficientes elementos para pensar que la estabilidad del nuevo Gobierno no dependerá tanto de la deslealtad de Iglesias, que por lo relatado sería absurda, como del exceso de temeridad de Sánchez en sus acuerdos secretos con los independentistas. No lo sé, es difícil preverlo con tanta opacidad, pero bien podría ocurrir que en los próximos meses algo inasumible se destapara y, por una u otra razón, presenciemos la caída inesperada de Sánchez. La culpa la tendrían él y sus untuosas compañías.

José Félíx Pérez-Orive Carceller es abogado.

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