La nave de los locos

Por Antonio Elorza, catedrático de Pensamiento Político de la U. Complutense (EL CORREO DIGITAL, 10/01/07):

El acertijo era de fácil resolución: si antes del atentado de Barajas ETA no había anunciado el fin de la tregua era porque su objetivo consistía en mostrar que el ‘alto el fuego’ seguía vigente después de la explosión de más de media tonelada de amonal. Se trataba de un simple aviso para los navegantes despistados que como el presidente Zapatero creían que cada día sin muertos -cuántas veces se ha repetido esto, como si la tregua tuviera ya tres años de edad- suponía un aval para una política apoyada sobre la ciega confianza en que pasase lo que pasase todo iba hacia lo mejor, en dirección a ‘la paz’, aunque se descubrieran zulos, robos masivos de pistolas y los etarras se exhibieran con ráfagas de disparos. Los dos ecuatorianos fallecidos vinieron a enturbiar ese escenario, pero han bastado unos días de confusión entre los demócratas para que ETA comprobase que su increíble pretensión estaba en curso de ser atendida.

Fue primero EA la que clamó para evitar que tan maravilloso proceso, cargado de ilusiones, se desvaneciese por un simple acto de violencia. Siguió el lehendakari, ágil a la hora de percibir que una vez más el terrorismo de ETA le otorgaba la condición de protagonista. La manifestación convocada por el Gobierno vasco para el sábado ‘Por la paz y el diálogo’ es su expresión más acabada. En apariencia, es la consigna generosa de tantos ciudadanos vascos que desean una normalización de su sociedad. Palabras hermosas, aunque un tanto desgastadas: paz y diálogo. ¿Quién no desea la paz tras un prolongado período de ‘violencia’? ¿Quién no prefiere que la solución de un grave conflicto se alcance con los buenos modos del ‘diálogo’, sin el recurso a la fuerza? En la práctica, sin embargo, desde el ‘Arbeit macht frei’ de Auschwitz, sabemos que las palabras hermosas son utilizadas con excesiva frecuencia para encubrir horrores y errores. El caso actual lo confirma.

La perversión en el uso de las palabras ha sido uno de los componentes habituales de los sistemas totalitarios. Constituye incluso una necesidad si un régimen, un gobierno o un partido de esa naturaleza intenta obtener un consenso que respalde su desatinada política. El enmascaramiento de los medios y de los fines se presenta entonces como una exigencia técnica. Aquí en Euskadi opera a pleno rendimiento. Muchos demócratas rechazarían algo que han aceptado hasta hoy, la expresión ‘proceso de paz’, si en vez de la misma tropezaran con su significado: en clave abertzale, secuencia de negociaciones políticas en que desde una posición de igualdad ETA trata de alcanzar sus objetivos políticos a cambio del cese de su actuación terrorista. Por su parte, ‘violencia’ permite fundir lo que es en sentido estricto la práctica del terror con otra serie de comportamientos que incluyen la violencia ejercida por el Estado desde la legalidad. A nadie con buen sentido se le ocurre que detener a un practicante de la kale borroka o prohibir una manifestación son actos equiparables a la colocación de una bomba-lapa o a un tiro en la nuca. Sin embargo, si el concepto de ‘terrorismo’ es sustituido por el comodín ‘violencia’, esa fusión de significados tiene lugar sin que sea precisa explicación alguna. Y lo mismo ocurre con ‘el diálogo’, nunca presentado en los contenidos concretos, y exhibido como panacea universal. Su simple aparición desautoriza de paso la razonable idea de que una banda de practicantes del crimen político, reacios además a todo acuerdo de disolución, por generoso que éste sea, sólo puede ser desarticulada por la vía policial en el marco del Estado de Derecho.

Con gran satisfacción ETA ha podido comprobar en estos últimos meses que la captación ya previamente alcanzada sobre el nacionalismo democrático se extendía al conjunto de la izquierda, y en particular al Gobierno y al PSE-PSOE. Ambos ignoraron que someterse a las palabras empleadas por el otro, y con mayor gravedad cuando este otro era la expresión de un aparato de terror, equivalía a suscribir implícitamente sus conceptos y visión del problema. No habría sido difícil atenerse a expresiones muy precisas, nada ofensivas, que hubiesen expresado su autonomía como sujetos políticos: normalización de la vida política y social en Euskadi, fin del terrorismo, contactos o negociación cuando fuera preciso. Pero el Gobierno y el PSE-PSOE prefirieron someterse al uso de la baraja del otro jugador, que además ha resultado una baraja trucada. (Por otra parte, lo mismo ocurre ante el terrorismo islamista: en nombre de la Alianza de Civilizaciones no hay tal, sino ‘terrorismo internacional’, y quien intente mantener un espíritu crítico se convierte en ‘islamófobo’, del mismo modo que expresar críticas sobre ‘el proceso de paz’ llevaba a recibir de inmediato la etiqueta del PP).

Antes de plantear cualquier tipo de pacto o espíritu de concordia que le apuntale en la inminente recuperación de la lucha antiterrorista, Zapatero tiene la absoluta obligación de explicar al conjunto de los españoles qué ha sucedido estos meses, cuáles fueron sus planteamientos, qué contenido tuvieron los contactos, por qué se negó a aceptar la evidencia de que ETA estaba a punto de romper su tregua. Así lo estimaba una clara mayoría de encuestados. En suma, si quiere ser escuchado en lo sucesivo, deberá hacer algo que no le gusta nada: sustituir las declaraciones de propósitos por el análisis crítico de la propia actuación. No creo que lo haga.

Tal y como escribí en mi primera crónica de urgencia después del atentado, resultaba verosímil que ETA adoptase esta postura cínica de justificar el atentado a partir de las agresiones y falta de cumplimiento de los compromisos gubernamentales, sin por ello declarar el fin del ‘alto el fuego’. Nada mejor que media tonelada de explosivos para expresar una voluntad de paz. Y nada mejor que la asistencia de los socialistas del PSE a la manifestación del sábado, con un lema que significa la negación de la política democrática en Euskadi y la condena de todo intento por parte del Estado de tomarse en serio lo ocurrido, para que ETA pueda saborear su éxito. Aquí la barbarie es rentable. Por aquello de la unidad, y siendo coherentes, deberían acudir también a la próxima convocatoria por la autodeterminación. De momento, los militantes de Batasuna tendrán muchas razones para acudir a la del sábado, siquiera a título personal, en agradecimiento a los distintos partidos democráticos vascos que han logrado impedir toda respuesta al atentado de Barajas. La vida sigue, menos para algunos. ETA sigue. Zapatero no parece haberse enterado de lo que significa esta ceremonia de la confusión democrática: sin su visto bueno el PSE no habría suscrito el continuismo tras la tragedia en su política ‘de paz’.