Los mimbres reaccionarios del Gobierno de progreso

Como en el cuento del asesinato, nadie parece reparar en lo que está a la vista de todos. Por ejemplo, en esas tres letras EAJ que acompañan siempre a las siglas del PNV en su logotipo y que no es la traducción de Partido Nacionalista Vasco. Se lo recuerdo: EAJ es acrónimo de Euzko Alderdi Jeltzalea, que significa Partido vasco de los simpatizantes del JEL, donde JEL se corresponde con la expresión vasca Jaungoikoa Eta Lagizarrak, Dios y Ley vieja. No es una nota a pie de página, sino un titular, que no se ve desmentido por la genealogía intelectual reconocida de la organización con un racista medio analfabeto, Sabino Arana, que da nombre a la fundación de ideas del partido, ni por un proyecto político que defiende privilegios en nombre de la identidad y la historia. Ese es el núcleo ideológico irrenunciable, el ideal que inspira las reclamaciones políticas. No sé a ustedes, pero a mí me suena a Antiguo Régimen, sustituyendo el linaje de la sangre por el de la etnia. Con un añadido: como la identidad invocada no se corresponde con la realidad de la sociedad vasca, se acude a políticas de discriminación, penalización y gestión totalitaria para ahormar la realidad. Como los vascos reales no se parecen a los vascos nacionales hay que reeducarlos para que dejen de ser como son. De paso, se levantan fronteras lingüísticas para que los de fueran no se acerquen.

Pasemos a ERC. Permítanme recordar algunas cosas de los días de la República con una larga cita que apenas recoge una décima parte de la historia. «Esquerra estaba decidida a cambiar el estatus de Barcelona como ‘ciudad abierta’ y detener la ‘invasión’ de inmigrantes(…) quería establecer por todos los medios un ‘cordón sanitario’ de controles de inmigración, que sería impuesto por una nueva fuerza policial de inmigración ubicada en las estaciones de trenes y puertos barceloneses, y en las principales entradas de carretera a la ciudad. Esquerra también era partidaria de un sistema de ‘pasaportes’ que obligase a los inmigrantes a demostrar que contaban con una oferta de trabajo o ahorros. La idea era que todas estas medidas, ‘duras pero justas’, reducirían el paro al menos en un 50 por ciento y lograrían ‘evitar [la llegada de] aquellos que vendrían a crear conflictos’ (…) Según el estereotipo del ‘murciano inculto’, los inmigrantes eran una tribu inferior de degenerados, como los miembros ‘retrasados’ y ‘salvajes’ de las tribus africanas. Esta mentalidad de tipo colonial podía vislumbrarse en las viñetas de hombres y mujeres murcianos, donde aparecían como feos seres infrahumanos (…) Para Carles Sentís (más tarde franquista, como tantos), los inmigrantes eran una raza primitiva con una cultura ‘previa’, que vivían en estado de naturaleza. En concreto, atribuía el origen de todos los problemas sanitarios y sociales de La Torrassa, como el tracoma y la delincuencia juvenil, a la promiscuidad de la mujer murciana y un ‘régimen de amor libre’». Todo eso y bastante más, y más siniestro, lo pueden leer en Chris Ealham, Class, Culture and Conflict in Barcelona, 1898-1937, 2004.

Mientras en España, hasta donde yo sé, ningún partido se reclama heredero del franquismo, ERC y el PNV se reconocen en ese pasado. Los inspiradores de esas ideas y políticas tienen retratos en sus sedes, sus nombres dan pie a fundaciones y reciben homenajes regulares. Los mimbres parecen inequívocos. Los más negros de la historia europea.

Y ahora me cuentan que vamos a tener un Gobierno de izquierda o progresista, como la pobre Carmen Calvo cuando, invocando sus políticas sociales, nos presenta a ERC como «izquierda histórica», «uno de los grandes partidos históricos de nuestro país». Las políticas sociales limitadas a los míos no son políticas sociales, a no ser que estemos dispuestos a calificar los regalos de navidad que intercambian entre ellos los Rockefeller como «políticas sociales». Los repartos familiares, cuando se desprecia a conciudadanos hasta el punto de querer convertirlos en extranjeros, no son políticas redistributivas, sino reasignación entre privilegiados.

Y de eso va la historia. La peor combinación: la etnia al servicio de los privilegios. No exagero. Las políticas de la identidad han derivado en políticas clasistas porque eran políticas de clasistas en su inspiración. Basta con ver los materiales con los que se levantan las inexistentes naciones. La pista de los apellidos de los miembros de la nación es muy fiable al precisar identidades colectivas. Algo nos dicen de la composición de poblaciones, de la existencia de continuidades ontológicas, de dónde hay renovación o mestizaje. Si la identidad colectiva tiene que ver con algo, es de suponer que será con continuidades reconocibles (biológicas, familiares) entre las personas que configuran las supuestas naciones. Puro individualismo ontológico. Si mañana todos los catalanes se trasladaran a Andalucía y los andaluces a Cataluña, resultaría difícil seguir sosteniendo la existencia de la nación catalana (o al menos, habría dudas acerca de dónde ubicarla). Pues bien, parcialmente, algo parecido a eso se produjo en España en una suerte de experimento natural como consecuencia del desarrollo económico de los años 60 del siglo pasado. Y los datos son elocuentes. Según los apellidos, las dos ciudades españolas con mayor identidad–con mayor continuidad ontológica– son Lugo y Huesca, por la obvia razón de que allí todo el mundo se va y no llega nadie (Romeu, Collado, Ortuño Ortin, Vertical Transmission of Consumption Behavior and the Distribution of Surnames, Working papers: 2006). Los apellidos más frecuentes en Cataluña son los mismos que en el resto de España: García, Martínez, Pérez y así hasta los primeros 20 (Idescat). Ateniéndose a los apellidos, Barcelona y Madrid son las ciudades más parecidas entre sí y con el conjunto de España. Podrían formar una nación: España. Eso sobre la realidad de la nación invocada.

Ahora vayamos a los privilegios. Aquí la información sobre lenguas y apellidos es la más significativa: con datos de hace unos años que no creo hayan cambiado mucho, a pesar de que el castellano (o español) es la lengua materna del 55% de los catalanes, tan solo el 7% de los parlamentarios reconoce el castellano como su «identidad lingüística» (Miley, Nacionalismo y política lingüística, 2006). Rufián, también en esto, resulta una anomalía. Los resultados son abrumadores y sostenidos en el tiempo. Sólo 32 de los 135 diputados del Parlamento catalán llevan algún apellido de los más frecuentes de Catalunya, los apellidos españoles (La Vanguardia 21/02/2016.). Ninguno de los 25 apellidos más comunes (los españoles) está presente en los recientes gobiernos autonómicos.

En realidad, los excluidos de poder son los catalanes cuya identidad no se corresponde con la nacional, esto es, la mayoría de los catalanes. Catalanidad, privilegios sociales y puntos de vista independentistas están altamente correlacionados (Oller, Satorra, Tobeña, «Pathways and legacies of the secessionist push in Catalonia», Policy Network, 2019), correlaciones que se han ido incrementando a lo largo del tiempo. El aumento de la relevancia de ser catalanoparlante lleva a pensar que el entorno económico es aún más favorable a los catalanoparlantes (en comparación con los castellanoparlantes, los más pobres) ahora que durante el franquismo. La movilidad social asociada a la lengua ha disminuido durante los años de políticas nacionalistas, o de otro modo, con respecto a sus conciudadanos, los otros catalanes no son más ricos de lo que lo fueron sus padres. Se puede comprobar a partir del índice de catalanidad, elaborado según la distribución –más o menos uniforme– del cada apellido en España (El índice de catalanidad se calcula como la probabilidad de que un teléfono de línea fija registrado en España con ese apellido esté localizado en Cataluña: hay pocos Torra fuera de Cataluña) (Güell, Rodríguez Mora, Telmer, «The Informational Content of Surnames, the Evolution of Intergenerational Mobility, and Assortative Mating», The Review of Economic Studies, 2015).

No hay discontinuidad histórica ni ideológica entre aquel pasado tan oscuro y nuestro presente: los cordones sanitarios que había que levantar para que no llegaran los degenerados hoy se llaman exigencias lingüísticas. Durante los últimos cuarenta años no han hecho otra cosa que sembrar los cimientos institucionales –con las políticas lingüísticas en primer lugar– de la nación imaginaria que justificaría levantar fronteras y convertir a conciudadanos en extranjeros. Pues bien, el gobierno de todos los españoles se va urdir con estos mimbres: etnia, privilegios y desigualdades. Exactamente aquello contra lo que se forjaron las ideas de izquierda desde la Revolución Francesa. Ver para creer.

Si la próxima vez que les convoquen para una alerta antifascista por un trastorno pasajero les da por acudir, al menos tómense un tiempo para saber a dónde han de dirigir sus pasos. Quizá se encuentren que no tienen que alejarse mucho de la sede de su partido.

Félix Ovejero es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita).

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