Más o menos Europa

Ahora que tanto hablamos de Europa no está de más recordar que, al menos desde las luchas del Peloponeso, hace 2.500 años, los habitantes del viejo continente hemos andado a la greña entre nosotros casi sin pausa. A la vista está hoy, y a toda hora, nuestro ánimo belicoso: no se han apagado aún los rescoldos de los conflictos balcánicos cuando de nuevo se encienden las hogueras de la guerra en los territorios ucranios.

Por eso resulta cuanto menos extraño que podamos elegir en estos días un parlamento llamado «europeo». Al ver a nuestros representantes dialogando y votando en sus escaños de Estrasburgo, encuentro raro que no se líen a guantazos a la primera de cambio, cuando es lo más normal que podría esperarse de cualquier europeo que se precie de su pasado.

Un intelectual británico juzgaba hace poco, hablando del XX, que «había sido un mal siglo», y también fue calificado, con tino, en el umbral del XXI, como «el siglo de la sangre». Para hacerse una idea, no hay más que echar una ojeada a la serie que este periódico viene publicando desde principios de año bajo el título de «La larga guerra del siglo XX». Por recordar un dato, se calcula que en la pasada centuria murieron en el mundo más de sesenta millones de personas tan solo a causa de ese fenómeno que se conoce como «limpieza étnica».

Imaginen, hablando solamente de Europa: dos guerras llamadas mundiales, el genocidio armenio, la guerra civil que siguió a la revolución rusa, la guerra civil española, los Balcanes… Y todo ello adobado con su nómina de campos de exterminio, las referidas limpiezas étnicas, éxodos, millones de muertos entre la población civil…. Cuando algún analista de la demografía plantea como un problema serio de hoy en día la caída del índice de natalidad en Europa, casi me entra un ataque de risa macabra recordando los índices de mortalidad del siglo XX.

Nuestras relaciones de vecindad no han sido precisamente amistosas a lo largo del tiempo. Hasta ayer mismo, los franceses llamaban despectivamente «boches» a los alemanes, palabra que significa asno. No creo que en estos días François Hollande se atreviera a decirle algo parecido a Angela Merkel en Berlín sin llevarse una coz en el trasero de regreso a París.

Por su parte, los ingleses calificaban a los franceses como «frogs» (ranas); y no tanto por su afición a comer las ancas del referido animal, sino porque juzgaban que era tal su envidia hacia Inglaterra que adoptaban la posición del batracio a la espera de dar el salto definitivo para instalarse al otro lado otro del Canal de la Mancha.

Cuando yo era niño, se contaba de los portugueses que había un viejo cañón en la frontera apuntando hacia nuestro país, con un lema escrito al pie en el que se leía: «No tiembles, España, que no te hago nada».

Por lo que se refiere a los españoles, Inglaterra siempre fue la «pérfida Albión», nuestra enemiga durante un par de siglos en los mares del mundo, en tanto que a los franceses les denominábamos peyorativamente «gabachos» y a los alemanes «cabezas cuadradas».

La utopía de unidad y paz europeas –pues de utopías hay que seguir hablando– comenzó en la postguerra mundial, cuando existían todavía en el continente ejemplares de esa «rara avis», hoy en peligro de extinción, que llaman «hombres de Estado», como Monnet, Schuman o Adenauer. Y aunque el origen de la utopía tuvo, por decirlo así, un sentido económico y comercial, contenía algunas sutiles significaciones políticas. La principal de todas era una voluntad real por parte del voraz capitalismo por mostrar un rostro humano, conjugada con el fin de las aspiraciones totalitarias de los socialismos. El sueño de los europeos se dirigía hacia un continente libre y justo.

Y eso es lo que ahora se ha fracturado y lo que las elecciones al Parlamento de Estrasburgo no vienen a remediar: la idea originaria de Europa. En realidad, los europeos todavía no sabemos muy bien para qué sirve la Cámara de representantes de la Unión Europea. Sus poderes de decisión están muy recortados y sus diputados suponen un gasto abrumador en comparación con la tarea casi irrelevante de la que se ocupan. No es de extrañar, en consecuencia, que las cifras de participación electoral se sitúen desde 1979 por debajo del 50 por ciento. Todo ello tiene mucho que ver con la fractura que señalaba unas líneas atrás: el fracaso de la idea política de Europa, un fracaso que tiene dos caras: la de un capitalismo que ha vuelto a recuperar sus hábitos de voracidad despiadada y la de una ideología socialdemócrata que no ha sido capaz de sujetar las riendas al desbocado capital financiero. El problema se agrava, además, en tiempos en los que, a menudo, comprar a un político no suele ser un asunto moral, sino cuestión de precio.

Orson Welles dijo una vez de los representantes de la izquierda americana que habían renunciado a su ideario «para salvar sus piscinas». Y a la socialdemocracia europea le ha sucedido algo parecido: su rendición a los dictados de las leyes del mercado ha supuesto una capitulación sin condiciones. Los partidos socialdemócratas nacieron como un intento de conciliar la libertad con la justicia social, olvidando la lucha de clases y desterrando al tiempo su empeño originario por acabar con el capitalismo. Nacían para administrar más equitativamente la riqueza. Y hoy no son más que los tristes funcionarios de la administración de la pobreza. El resultado es que la riqueza es hoy más poderosa que los gobiernos y que el papel del Parlamento de Estrasburgo es el de mera comparsa de la estruendosa orquesta financiera.

Estamos votando en un escenario vacío. ¿Qué podemos rescatar entre las ruinas del ideal europeo?, ¿cómo construir Europa con un capitalismo desbocado y una izquierda derrotada y pervertida? Poca cosa nos queda, salvo asistir a un crecimiento previsible del llamado euroescepticismo. Como escribió el poeta Paul Valery: «El futuro ya no es lo que era».

Javier Reverte, periodista.

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