No necesitamos más Estados

Hace varios años que sabemos, gracias al estudio que realizó en su momento el antropólogo británico Robin Dunbar, que el tamaño máximo que puede alcanzar un grupo humano en el que todos sus miembros se conozcan de manera efectiva no supera los 150 individuos. Existe, por lo tanto, un acuerdo generalizado entre los estudiosos de las ciencias sociales en considerar que las comunidades humanas que superan el número Dunbar no son manejables por nuestra neocorteza cerebral, por lo que podríamos hablar de ellas como comunidades imaginadas en sentido estricto.

Estas comunidades superiores al sesquicentenar de miembros han existido a largo de la historia, en Occidente y en el resto del mundo: aquellas en las que sus miembros imaginaban diferentes identidades (judíos, cristianos, nobles, pecheros…) y que han ayudado al individuo a dotarse de sentido en el mundo que en cada momento les tocaba vivir. El concepto de nación tal y como lo consideramos hoy en día es, empero, relativamente moderno, en tanto que invoca dos elementos que sólo se han dado a gran escala en la modernidad occidental: la exclusividad, por un lado, y la política por el otro.

La idea de nación parte de la ficción de que existen comunidades naturales, esto es, con criterios de pertenencia claramente definidos y que permanecen en el tiempo más allá del ciclo vital de las personas que las componen: así, el proyecto nacionalista de Estatuto de Autonomía que aprobó el Parlamento de Cataluña en 2005 señalaba de manera literal que “Cataluña ha definido una lengua y una cultura, [y] ha modelado un paisaje”. Se trataría, en realidad, de un concepto que existía antes que la política y que genera, por lo tanto, sociedades cerradas, y excluyentes en un sentido moral: de acuerdo con este relato esencialista, las naciones no sólo precedieron al Estado moderno, sino que, además, le sobrevivirán cuando éste haya desaparecido, por lo que nada tiene de extraño que todas las naciones aspiren a tener un Estado en función del momento histórico de que se trate.

Por eso, en el imaginario nacionalista, la exclusividad es una de las claves: no puede haber dos naciones en el mismo territorio, ni puede haber ciudadanos que tengan una doble lealtad nacional; de ahí que para los secesionistas catalanes España sea una realidad jurídica (un Estado), pero no una nación. En esta línea, y desde ese mismo punto de vista nacionalista, todas las personas pertenecen a alguna nación y todas ellas, además, tienen derecho a auto-organizarse políticamente.

El imaginario nacional pretende, por lo tanto, hacer creer que esa comunidad de escasamente 150 personas puede ampliarse de manera exponencial de manera que uno acabe teniendo una relación afectiva de pertenencia con personas a las que no conoce ni conocerá jamás. Sobre esta ficción se asienta la clave de bóveda de la democracia moderna: votamos y nuestro voto vale lo mismo que el de aquellos que imaginamos nuestros compatriotas, aunque nunca lleguemos a conocerlos porque viven a cientos de kilómetros de nosotros o en urbes de altos edificios donde el anonimato es la regla. Por eso, un zamorano acepta el voto de un murciano para elegir a diputados que luego elegirán a un presidente del Gobierno para todos, pero no el de un vecino de Braganza, ciudad de la que le separan pocos kilómetros.

Para que esta ficción fuera creíble, se necesitaban herramientas que no estuvieron disponibles a gran escala hasta la llegada de la modernidad en el siglo XIX y que son el sueño siempre de cualquier nacionalista: mapas producidos de manera industrial, funcionarios estatales, aranceles y mercados unificados, escuelas nacionales en las que enseñar himnos patrióticos…

El relato de la nación triunfó y alcanzó su cénit en la primera mitad del XX, pero , pero, como en las paradojas hegelianas, llevaba en sí el germen de su propia destrucción. Los Estados nación (alguno en su primitiva forma aún de imperio: ruso, otomano austrohúgaro…) su fueron haciendo cada vez más poderosos y agresivos. Todos ellos imaginaban un pasado glorioso, todos sufrían por igual la supuesta envidia de unos vecinos resentidos que no soportaban su grandeza y, en consecuencia, acabaron recurriendo a la guerra para dirimir sus diferencias.

Tras acabar la II Segunda Guerra Mundial, con el continente destrozado por la contienda más mortífera que había conocido la humanidad, una parte de las élites europeas intentó generar un nuevo modelo político, encaminado a una federación, con la esperanza de superar un escenario dominado por los Estados nación y en el que cada una de las identidades nacionales se subsumiera en un pueblo, en un demos europeo. Y es que la idea fascinante que hay detrás de la hoy llamada Unión Europea no es un mercado único o una unión bancaria, como afirman de manera torticera los populismos de izquierda o de derecha.

No, lo más relevante es la idea de generar un nuevo modelo de articulación política diferente al que Europa se había inventado siglos antes. Así, frente a la idea de que a cada pueblo (alemán, francés o belga) le correspondía un Estado, se apostó por edificar una estructura supranacional capaz de articular nuevos modelos que arrumbaran el delirio etniticista que había llevado a Europa a la hecatombe. Un modelo en el que se produjeran transferencias netas de rentas para igualar las condiciones de vida en todas las zonas de la nueva zona unida, en un experimento que no tenía precedentes, porque suponía realizar esta transferencia entre ciudadanos con diferentes identidades nacionales, partiendo de la premisa de que el que más gana, más ha de pagar, en un espacio de solidaridad que trascendía siglos después, las fronteras identitarias más fosilizadas del mundo.

En este sentido, la Europa unida se construyó contra la idea de que sólo el Estado nación era capaz de garantizar la libertad y la seguridad de los ciudadanos, y en el convencimiento de que todas las identidades, también las étnicas, están mejor y más protegidas en grandes estructuras compuestas que en pequeños y agresivos Estados obsesionados por la uniformidad, la pureza y la lengua propia: la Unión no se construyó junto a los Estados, se construyó frente a la lógica de que solo los Estados podían organizar la convivencia entre las personas. Porque el nacionalismo que llevan aparejados estos Estados suele acabar en la guerra, como recordó Mitterrand en 1995.

Así, la que hoy llamamos Unión Europea se ha configurado con el tiempo como un extraño Objeto Político No Identificado, un OPNI frente a los viejos Estados europeos que se resisten a desaparecer y frente a varias y agresivas identidades regionales que sueñan con regresar al pasado para construir un Estado a la manera del siglo XIX. Y es que detrás de toda la verborrea secesionista catalana que llevamos meses sufriendo los ciudadanos se esconde un proyecto político agresivo, anacrónico y profundamente reaccionario. Lo fascinante, a estas alturas, es que una parte de las élites catalanas hayan conseguido elaborar un relato capaz de emocionar a tantos ciudadanos con una materia, el nacionalismo, que está ya en el basurero de la historia.

Juan Menor Sendra es sociólogo y Manuel Mostaza Barrios es politólogo

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