Las tentaciones del populismo

Hagamos un poco de historia. El miércoles 5 de mayo de 2010 hubo sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. El líder de la oposición, Mariano Rajoy, preguntó al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, acerca de las medidas que había que tomar para atajar la crisis galopante en la que España estaba metida desde hacía más de dos años, ante la pasividad del Gobierno socialista. En las semanas anteriores a ese día todos los indicadores, todas las agencias de riesgos, todos los analistas, la bolsa, los inversores y todos los países socios de España habían encendido las luces de máxima alarma ante la situación española. Estábamos en medio de una profundísima crisis y con un Gobierno incapaz de aceptarla y absolutamente paralizado.

Rajoy, con buen sentido, en su intervención le exigía al presidente del Gobierno que reaccionara y que, entre otras medidas, empezara a reducir el déficit, que estaba desbocado. Para ello, le ofrecía, incluso, su apoyo y su colaboración. Zapatero le contestó que no estaba dispuesto a tomar esas medidas porque contener el déficit, decía, pondría en riesgo la recuperación, que, según él, ya se anunciaba porque había algunos brotes verdes.

La semana que siguió fue una semana negra para el presidente Zapatero. Se le amontonaron las llamadas de dirigentes europeos, le llamó el mismo Obama y dicen que hasta el presidente de China, que le pusieron delante de los ojos la situación real de España, una situación que se había negado a reconocer. Qué cosas no le dirían, qué panorama le debieron presentar, que el miércoles siguiente, día 12, Zapatero subió a la tribuna del Congreso para presentar el mayor recorte de gasto que se ha anunciado nunca en la historia reciente de España. Tuvo que decir exactamente lo contrario que había defendido una semana antes. En una corta intervención anunció que rebajaba un 5 por ciento el sueldo a todos los funcionarios, que recortaba drásticamente las pensiones, que paralizaba la aplicación de la Ley de Dependencia y que suprimía de golpe las ayudas a la maternidad, que habían sido uno de los estandartes de su política.

Hay que decir que, quizá porque la situación era tan grave que no había otra alternativa, Zapatero se comportó ese día como un político sensato y como un patriota. Él, que siempre se había definido como un socialista de izquierdas, tomó algunas de las medidas que, en esas circunstancias, hubiera tomado un gobernante liberal. Si no las hubiera tomado, la catástrofe económica en que nos hubiéramos visto metidos habría sido de campeonato. Y también hay que decirlo, aquellas medidas fueron las primeras que se tomaron para encauzar la política económica de España en la dirección correcta y, por eso, han ayudado a la recuperación que ahora ya empieza a ser realidad.

Dejemos la historia y vayamos a la actualidad más reciente. El socialista Manuel Valls es, desde hace más de seis meses, primer ministro de Francia. Para muchos era el político más indicado para devolver el socialismo francés a sus raíces. Y cuando se habla de «socialismo francés» hay que entender la defensa de la omnipresencia del Estado en la vida política y económica.

Pues bien, cuando ha llegado al puesto de primer ministro y se ha hecho cargo de la situación real en que está Francia hoy, no le ha temblado el pulso, se ha olvidado de las veleidades intervencionistas y demagógicas de muchos de sus compañeros socialistas y está acometiendo unas reformas bastante radicales en la buena dirección, es decir, en la de disminuir el déficit y la presencia del Estado.

El primer ministro italiano es, desde el pasado mes de febrero, Matteo Renzi, que es el líder del Partido Democrático, donde se han agrupado, entre otros, los antiguos comunistas italianos, para formar un partido de izquierda moderada, pero de izquierda. Hemos visto cómo la semana pasada ha tenido que afrontar una huelga general de los sindicatos contra las medidas de política económica que ha tomado. Fundamentalmente, contra la flexibilización del mercado de trabajo y contra la austeridad de los presupuestos que ha presentado para el año que viene.

Aquí tenemos a tres políticos de izquierda que, al confrontarse con la dura realidad, no han dudado en adoptar medidas de ortodoxia económica, medidas que nunca hubieran llevado en sus programas electorales, pero que, afortunadamente, han sido capaces de poner en práctica.

Se avecina un 2015 lleno de trascendentales citas electorales. Ante estas citas el peligro más grave que tenemos los españoles es el populismo. El populismo consiste, en primer lugar, en ofrecer soluciones fáciles para problemas difíciles. Consiste en no decir la verdad a los ciudadanos, y, por el contrario, en ofrecer ensoñaciones y fantasías.

¡Claro que los ciudadanos prefieren oír buenas noticias que malas! Pero hay que estar atentos a los que ofrecen soluciones milagrosas. También a los ciudadanos británicos les encantó escuchar al primer ministro Chamberlain, recién llegado de Múnich en septiembre de 1938, que había firmado con Hitler «una paz para nuestro tiempo». Y les fastidió Churchill, cuando criticaba a su primer ministro con las proféticas palabras de «habéis tenido que elegir entre la guerra y el deshonor, habéis elegido el deshonor, y ahora tendréis guerra».

La peor consecuencia de la irrupción de Podemos, un partido comunista de corte populista, en la vida política española puede ser que otros partidos le sigan en la línea de ofrecer soluciones falsas y en la de no decir la verdad a los ciudadanos. Si los políticos de la izquierda española, francesa e italiana hubieran puesto en práctica desde el principio las políticas que han acabado por impulsar, los ciudadanos de los tres países nos hubiéramos ahorrado muchos sacrificios. Pero, claro, siempre es más fácil concurrir a unas elecciones con ilusorias promesas que tratar a los ciudadanos como adultos y contarles la verdad, por dura que sea.

Y no debemos nunca olvidar que los populistas, una vez que alcanzan el poder, lo utilizan siempre para eliminar los mecanismos que las democracias tienen para, precisamente, controlar al poder. Así lo hicieron Mussolini, tras la «Marcha sobre Roma» en 1922; Hitler, tras el incendio del Reichstag en 1933; y así lo hizo Chávez y lo sigue haciendo Maduro en la Venezuela de hoy.

Esperanza Aguirre, presidente del PP de Madrid.

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