¿Nunca más?

Da la impresión de que fuera ayer mismo y, sin embargo, este 2015 van a cumplirse dos décadas del fin del cerco de Sarajevo, una ciudad mártir que, durante algo más de tres años, sufrió el asedio de las tropas y milicias de los serbiobosnios (serbios nacidos en Bosnia), dirigidas por dos nacionalistas radicales: el vesánico psiquiatra y poeta Radovan Karadzic y el sanguinario militar escapado de un cuento de terror Radko Mladic, ambos juzgados por el Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra de la Haya, dependiente de la ONU. Durante esos tres años de sitio, en Sarajevo murieron unas 12.000 personas, el 85 por ciento de ellas civiles, asesinadas en las calles, en su mayoría, por francotiradores y por bombardeos de mortero en lugares públicos.

Traigo a cuento Sarajevo, no sólo por el aniversario, sino porque, en buena medida, vuelve a soplar sobre Europa el fantasma de terror relacionado con la exaltación del nacionalismo. Y lo digo, naturalmente, por Ucrania y la guerra desatada por los prorrusos alentados por Vladímir Putin, una situación que los dirigentes de la UE contemplan casi cruzados de brazos. Europa no ha aprendido todavía, pese a tanta sangre derramada, que, jugar al nacionalismo es jugar con fuego. Y veinte años después de Sarajevo, de nuevo planean sobre el continente las sombras del ensañamiento étnico.

Al concluir la II Guerra Mundial, el mundo quedó atónito y horrorizado al descubrir las imágenes del Holocausto desatado por un psicópata nacionalista alemán, Adolfo Hitler. Y tras los juicios de Nüremberg y la reconstrucción del continente, Europa lanzó un grito unánime: «¡Nunca más!». Pero en menos de cincuenta años los campos de concentración se abrían de nuevo en la ex Yugoslavia, las heridas mal cerradas sangraban y la barbarie campaba a sus anchas, como en las guerras medievales, por los campos europeos. Sólo en la ciudad de Srevrenica, cercada como Sarajevo, en julio de 1995, los radicales de Maladic y Karadzic ejecutaron a más de 8.000 varones de edades comprendidas entre los 15 y los 55 años, esto es: hombres en edad militar. La mayoría, desarmados previamente, murieron de disparos en la nunca y con las muñecas esposadas a la espalda.

¿Y qué hizo Europa ante el horror bosnio? Tomar posiciones diplomáticas. O dicho de otro modo: tomar partido, contemplando el mapa del Este europeo con la misma mirada que pudieron hacerlo los dirigentes de 1914, sin ser capaces de adivinar la que se les venía entonces encima, ni más ni menos que la Gran Guerra. Croacia y Eslovenia proclamaron su independencia de la federación yugoslava en forma unilateral en 1991 y de ese modo comenzaron las Guerras Balcánicas. Y la primera respuesta europea a esa proclamación fue el reconocimiento inmediato de Croacia como nación por parte de Alemania, sin encomendarse ni a Dios ni a la UE.

Sarajevo se hubiera convertido en una nueva Srevrenica de no ser por Bill Clinton, el entonces presidente norteamericano, quien decidió la intervención de la OTAN y el comienzo de bombardeos selectivos sobre Belgrado para forzar a Serbia a pedir la paz. Y Europa respondió, como siempre, mirando los toros desde la barrera. Los acuerdos de Dayton de 1995 pusieron fin a la última gran carnicería del siglo XX. Y volvimos a escuchar el viejo grito: «¡Nunca más!».

¿De verdad nunca más? Es curioso observar hasta qué punto Vladímir Putin desprecia a la UE, sabedor de que es una organización indecisa, sin rumbo claro, preocupada tan sólo por problemas financieros y empeñada en caer una y otra vez en los mismos errores. Y es curioso hacer notar hasta qué punto los europeos de Occidente confían en que, como casi siempre, vendrá el gran amigo americano a sacarnos las castañas del fuego. Ya lo hicieron en 1914 para frenar la ambición expansionista del «Kaiser», repitieron en 1944 –en el sur de Italia y en la playas de Normandía– para cortarle las alas al «führer» y lo volvieron a hacer en 1995 en Bosnia. En sus reuniones para frenar la crisis ucraniana y lograr la paz, François Hollande sigue dando el perfil de un dirigente que sólo acierta a mirarse en el ombligo de la «grandeur» francesa, mientras que Angela Merkel demuestra que todo el vigor que exhibe ante una caja registradora de pérdidas y beneficios se convierte en humo cuando se trata de enfrentarse a un problema político de envergadura en donde se huele la pólvora. Los otros líderes de la UE, entretanto, miran hacia los lados como si el asunto de Ucrania no fuera con ellos. Ya se sabe: si la cosa se agrava, ya vendrán los yanquis a revolverlo. Porque, a Obama, sí que le respeta Putin.

Yo era periodista en los años de Sarajevo y en 1992 estuve en la ciudad durante diez días para escribir sobre el cerco. Recuerdo los cementerios llenos, los mercados bombardeados, las iglesias y mezquitas destruidas, la biblioteca nacional arrasada por un incendio provocado por los serbios, el terror de la gente, las calles reventadas por los obuses, los contenedores que protegían las esquinas agujereados por los balazos, ni un sólo vehículo a motor recorriendo la ciudad salvo los blindados de la ONU… Pero, sobre todo, recuerdo unas palabras que se me quedaron grabadas para siempre.

Antes de entrar en la ciudad, estando en Split, una mujer me hizo un encargo: que llevara a su marido, cercado en Sarajevo, todo el dinero que ella tenía, 400 marcos alemanes. Como en muchas guerras, el estraperlo florecía para artículos de primera necesidad y en el mercado negro se pagada con divisas extranjeras.

Le dije: «Señora, usted no me conoce, no sabe quién soy. Puedo tomar su dinero, quedarme con él y su marido no recibir ni un céntimo». Y ella respondió: «¿Sabe la gran lección de esta guerra? Que hemos aprendido a desconfiar de los conocidos y a confiar en los desconocidos».

Nunca nadie me han definido mejor lo que significa una guerra civil. Y casi todas las guerras civiles de las últimas décadas han comenzado con una llamada al nacionalismo.

Javier Reverte, escritor.

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