Estirpe elegida

Hace unos años murió el padre de un gran amigo mío, judío casado con cristiana, también muy cercana. Fui, con mi mujer, a la sinagoga para despedirle, con las pertinentes oraciones al Altísimo. Tanto para la pareja amiga como para nosotros, El Gran Dios era El Mismo; El Único.

Moisés bajó del Sinaí hace unos 3.200 años, con las Tablas de la Ley que, aunque se enfadara al ver a sus gentes adorando a un toro y las rompiera, sirvieron para establecer los Mandamientos de la ley de Dios tan suyos como nuestros.

Los cristianos tenemos el Mesías que esperábamos; ellos creen que vendrá pero ésta disidencia no debería distanciarnos: La Gran Voz del Sinaí nos aúna.

He leído a Geza Vermes, fallecido recientemente; nació judío, se hizo cristiano, profesó como jesuita y ha muerto de nuevo judío. Se especializó en los papiros esenios y analizó los evangelios, las parábolas de Cristo, con atención singular; su énfasis crítico sobre la Resurrección tiene sumo interés. Para los que creemos, las páginas dedicadas a tan única manifestación milagrosa son capitales. Superada la mayor parte de la vida, sumidos en la paz que la fe nos regala, sabemos —es un decir— que semejante presente procede de Quien nos orienta desde su omnipotencia positiva.

Hoy veo que a la mayoría de mis coetáneos les apena su envejecimiento, el declive de la intensidad en sensaciones y pasiones. Siento lo contrario: me interesa examinar el proceso tanto físico como espiritual: el modo en el que me arrugo, los pliegues de la piel en mis brazos, el blanco de la melena que aun es aparente; también la tolerancia que se impone racionalmente a mi antiguo dogmatismo; la firmeza en las creencias probablemente mantenida por mi interés apoyado en la oración; la seguridad en mi juicio sobre las personas, nada más verlas, según mi naturaleza espontáneamente orientadora.

Sé que, si mi carrocería corpórea aparente se derruye año a año, algo parecido debe ocurrir en mi mente invisible. Pero, si por un lado, siento la pérdida parcial de mi memoria nominal, por otro me veo más seguro en la defensa de mis criterios. Me considero todavía útil, capaz de sumar, y si sigo será porque El Supremo me supone todavía rentable.

Siento un gran respeto por quienes, cercanos, ya se fueron: recuerdo a mi abuelo en sus últimos años, la inteligencia de su mirada azul, su superioridad disimulada, el homenaje emocionado con que mi padre añoraba a mi madre, y no los juzgaba: eran así.

Resulta difícil lograr semejante respetabilidad ante los hijos de hoy, implacables, esforzados pero severos.

Me interesa saber si de críos les enseñaron la Historia Sagrada, vigente en la formación judeocristiana durante más de 3.000 años, hasta la segunda mitad del siglo XX. Algo oyeron, así que les cuento a mis nietos que escuchan:

Noé es el patriarca que sobrevive al Diluvio junto con sus tres hijos, Sem Cam y Jafet. La Biblia nos describe a un Dios, enfadado con el comportamiento de los descendientes de Adan, a los que anula con una gigantesca inundación. No hay precisión en las fechas, que coinciden en el tiempo con el poema de Gilgamesh mesopotámico, pero su contabilidad anual parece tener en cuenta los ciclos lunares, 13,5, más frecuentes que los solares; explicación racional de los más de 900 años de Matusalén (el último muerto prediluviano) que quedarían reducidos a setenta y tantos. En cualquier caso, si respetamos los relatos sagrados tal y como cumplieron nuestros antepasados, Abraham, el primer profeta postdiluviano, viviría hace unos 5.000 años (+ -), es decir, unos 2.000 años más tarde que los escritos históricos de las bibliotecas egipcias. Recordemos que los Nilóticos conocían profunda y creativamente la matemática, la geometría, la astronomía, etc. Hay presumiblemente muchas generaciones prediluvianas que trasmiten sus tradiciones con voz y papiros. Así parece que la inteligencia potencial, y en su plenitud, está presente en el hombre desde que Dios, tras un largo período de preparación biológica —los listos hablan de más de un millón de años— quiso acercarnos a El, súbitamente, insuflándonos capacidad comunicativa a través del habla. Característica única de nuestra especie. No hay, por tanto, para mi, contradicción entre los estudios y teorías que nos cuentan los antropólogos prehistoricistas y las creencias que se han mantenido a lo largo de los anteúltimos milenios. Y, sí debe insistirse en que, desde aquel instante, el hombre goza de un entendimiento que se irá informando gracias a su regalada capacidad. Lao Tse, Confucio, Aristóteles, etc.., eran de creatividad suficiente como para seguir siendo consultados hoy.

Trayectoria ideacional que, vivida por la Humanidad itinerante, ha ido recalando hacia occidente en sus horas más altas. Culminación que coincide probablemente con la Europa de finales del XIX y principios de siglo XX cuando fiel al hilo conductor de la moral milenaria, alcanza su cenit. Kew Gardens junto a Londres, Mackintosh, el prerafaelismo; la tecnología industrial; Hausmann, Garnier, Lesseps, Eiffel, el impresionismo, Rodin; Klimt, Schiele, Loos, Strauss, Mendelssohn; Verdi, Scarpa; Sorolla, Benlliure, Gaudí, Sarasate; son algunos de sus ejemplos. Tras tal culminación surge un contrapoder (segunda mitad del XX) que desautoriza todo lo que fue hilo conductor hacia las anteriores, bondad, verdad y belleza, virtudes que en su sublimación pertenecen en exclusiva a Dios. Inesperadamente se rinde un culto a la negatividad, a la contradicción y a la fealdad, orientado hacia el éxito comercial de un resentimiento corrector debidamente publicitado por la prensa interesada: el «No Hands Art» en pintura; el asesinato de la melodía en música; la falta de respeto a las constantes gravitatorias en una Arquitectura que aspira a sorprender en su desorden; la desaparición de la cuadrícula callejera urbanística, amena y agradecida en sus rincones invitadores; y, lo más importante, la sustitución de la familia, (médula estructural de nuestra civilización) y de la madre, por una Seguridad Social impersonal con la consiguiente desaparición de la ternura del hogar. Y, como resumen de todo ello, un laicismo dinerario, término de la mística religiosa, amenaza la primacía ya reducida de nuestro continente en el concierto universal.

Si me sentí cercano entonces a mi amigo israelita en su orfandad, agradezco hoy la visita reciente de un grupo judeoamericano de familias que se han presentado en el campo toledano para vivir con sus hijos un par de días y noches rústicas y de intemperie. Su objetivo, la convivencia consanguínea entre amistades, distintas edades y creencias para la recuperación de un horizonte natural, orgánico y optimista, deseable y pertinente para una América lideresa del universo contemporáneo.

Ellos fueron la estirpe elegida; han sufrido secularmente la persecución de semejante privilegio divino por la saña personalizada del maligno; no me avergüenza hablar del demonio. Y, constantes y heroicos, seguirán protagonizando los caminos inteligentes que generan la vida.

Miguel de Oriol e Ybarra, doctor arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes.

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