Si China se para…

La crisis puede cambiar muchas cosas, algunas a peor —a mucho peor—, pero algunas quizá a mejor, sobre todo en China. Los analistas coinciden en apuntar que si el gigante asiático pasa de puntillas por la crisis económica saldrá muy reforzado y que eso podría cambiar las dinámicas de poder del mundo. Recientemente, Moisés Naím, director de la revista Foreign Policy, señalaba que el próximo director del FMI podría ser el economista chino Zhu Min, lo que significaría que un personaje respaldado por el Partido Comunista tomaría unas riendas hasta ahora reservadas a Europa. Tradicionalmente, un norteamericano ocupa la dirección del Banco Mundial y un europeo las del FMI. Pero vamos por partes.

Antes de que China se convierta en la reina del mundo hay muchas cosas en su interior que podrían comportar un cambio radical para ella y para el mundo, aunque no en la dirección que el PC preferiría. En las últimas semanas la prensa, sobre todo la anglosajona, se ha hecho eco de la huelga de 20 días de los trabajadores de las cuatro superfábricas de Honda Motors en el sur del país y de la ola de suicidios ¿10 en un año¿ en la planta de Foxconn, un gigante de la electrónica que fabrica productos para Apple y LG. Los dos conflictos han terminado con aumentos de sueldo de los empleados. En Honda cobraban entre 90 y 120 euros al mes y ahora cobrarán unos 150. Se trata de dos victorias laborales muy significativas en una China que se ha construido sobre la base de una mano de obra extremadamente barata, esclava, y donde los sindicatos independientes están prohibidos. El debate está servido: si los trabajadores chinos reclaman sus derechos, ¿veremos el final del low cost chino? Y si esto sucede, aunque sea en un periodo a cinco o 10 años vista, ¿cómo afectará a las economías europea y norteamericana, que fabrican en China no porque sea el país más preparado, sino porque es el más barato? ¿Y entonces, quién será la nueva China? ¿Malasia, Tailandia, Vietnam, Europa del Este…? No todo es Asia cuando hablamos de mano de obra barata. En un mundo global, las empresas hoy están aquí y mañana allá, y eso cambia muchas cosas para los trabajadores, para los sindicatos y para los gobiernos.

No es nada nuevo que los intelectuales especializados en China se pregunten hasta cuándo la clase media-alta urbana china aceptará la tutela del Partido Comunista y si no querrá más capacidad de intervención, más privilegios, lo que podría conducir al país hacia una reforma política quizá democrática. Quién sabe. Pero en este momento parece entrar en juego una nueva variante muy poderosa: la clase obrera. Si hasta ahora los trabajadores de origen rural que emigran en masa a las ciudades creían ciegamente en la abundancia económica de las reformas

¿el socialismo de mercado, en el que todo el mundo puede hacerse rico a base de trabajar, de esfuerzo¿, actualmente hay una nueva generación frustrada. Y no son los hijos únicos de la clase media, con estudios universitarios, que no consiguen cumplir sus altas expectativas ni reproducir la riqueza que crearon sus padres, sino que son los hijos de campesinos y obreros que no consiguen salir de esta casilla social.

Los que se suicidaron saltando de los rascacielos de la Foxconn eran jóvenes de 19 a 23 años que se encontraban en una situación de desamparo psicológico total. No es que trabajaran en una fábrica sucia donde no les pagaban a tiempo ¿un clásico en China¿; su crisis reside en la falta de expectativas por un trabajo alienante, en cadena, donde se les prohíbe hablar con los otros trabajadores y en el que nunca van a ser ascendidos a nada. Y estos casi niños marcan otra diferencia generacional respecto de sus padres. Antes se emigraba a las ciudades para mandar dinero a los pueblos y mantener a la familia; mujer, hijos y padres. Ahora se emigra para uno mismo, para dejar una situación de miseria y formar parte de la clase media-baja urbana que cambió la cara del país. No hay una familia esperando: mucho peor, están solos, con el peso de la historia, deben triunfar o fracasarán no solo ante sus padres, sino ante la sociedad de la opulencia que se ha construido en China. Y saltan.

Pero esta generación marca un cambio dramático: ya no tiene miedo a organizarse ni a hacer huelga, aunque esté prohibido, y también ha perdido el miedo a morir. Está claro que el cambio en China no será de hoy para mañana, sino gradual. Hay aún muchísima gente pobre que necesita trabajar en fábricas bajo condiciones infrahumanas y que de este modo alimenta un crecimiento boyante, además de nuestras tiendas y las multinacionales occidentales. Pero hay un inicio de cambio donde nadie lo esperaba. Si China no supera tranquilamente la crisis económica, ¿aceptarán los trabajadores una desocupación masiva? ¿Aceptará una clase obrera ya más madura un empeoramiento, si cabe, de sus condiciones laborales? Los trabajadores de Honda fueron apoyados por profesores, intelectuales y activistas chinos. Si las demandas de mejoras se trasladan a las ciudades, ¿cabe hoy otro Tiananmen en China? Esperemos que no y que se negocie un cambio social y político. Periodista residente en China.

Laia Gordi Vila, analista.