Internacional

Gregg Segal_Undaily BreadArianny Torres introdujo en su mochila algunas mudas, un par de juguetes, medicinas, pañales, un biberón, fotos de parientes y su Biblia. Después, con sus hijos Lucas y Alesia, viajó 976 kilómetros desde Maracaibo hasta Bogotá. Reservó parte del poco dinero que tenía para la comida y eso la obligó a realizar buena parte del trayecto andando. Ahora vende dulces en la Plaza Bolívar y aunque las cosas podrían ser mejores, al menos la vida es más estable que en Venezuela y sus hijos pueden comer tres veces al día.


La imagen pertenece a la serie de Gregg Segal llamada Un-Daily Bread. El trabajo de este fotógrafo, llevado a cabo con la colaboración de ACNUR, muestra a los inmigrantes venezolanos con la totalidad de sus pertenencias. Cada imagen publicada en su Instagram también incluye un largo pie de foto que describe el difícil viaje de cada familia. La serie es continuación de Daily Bread, un proyecto en el que Segal captura imágenes de niños de todo el mundo rodeados de lo que comen cada día.

El recuento de sus pocas pertenencias nos adentra en la grave crisis que sacude Venezuela. Tanto es así que ACNUR ha decretado una emergencia para ese país: «Las personas continúan saliendo de Venezuela para huir de la violencia, la inseguridad y las amenazas, así como la falta de alimentos, medicinas y servicios esenciales. Con más de 4 millones de venezolanos y venezolanas que se encuentran viviendo en el exterior, la gran mayoría en países de América del Sur, este es el éxodo más grande en la historia reciente de la región» (Ver ACNUR » Situación en Venezuela).

La niña lloraba envuelta en una manta roja de donación. Tenía un día y aún no le habían puesto nombre. Poco antes de nacer, sus padres se habían sumado al éxodo de refugiados rohingya que huían de Myanmar hacia el que pronto se convertiría en el campo de refugiados más grande del mundo, el asentamiento de Kutupalong-Balukhali, situado en Cox’s Bazar, en Bangladesh.

El fotógrafo Turjoy Chowdhury recorría los campamentos cuando agachó la cabeza para entrar en una chabola, atraído por un llanto quejumbroso. Mientras fotografiaba a la recién nacida, dice Chowdhury, no se sacaba de la cabeza las medidas políticas y la persecución a las que obedecía aquella escena: «En ese instante, contemplando aquellos ojos inocentes, pensé: ¿estamos todos locos?».

Los niños rohingya nacidos en Cox’s Bazar vienen al mundo en un limbo legal: no son bangladesíes, pero tampoco birmanos. Dado que ninguno de los dos países ofrece la ciudadanía a los rohingya, los bebés nacidos en el campo de refugiados son apátridas.

Desde hace unas décadas la etnia rohingya -de mayoría musulmana- tiene consideración de población extranjera en Myanmar -de mayoría budista-, aunque probablemente lleven viviendo en el país desde el siglo xv como mínimo. En 1982 Myanmar aprobó una ley que garantizaba la concesión de ciudadanía a los grupos étnicos principales, pero una posterior interpretación de aquella ley excluyó a los rohingya e hizo prácticamente imposible que demostrasen su nacionalidad. En virtud de ella, el Gobierno les expidió unas tarjetas de registro temporal, que, a diferencia de los documentos de identidad, no se consideran prueba de nacionalidad.

En agosto de 2017 un atentado perpetrado por insurgentes rohingya contra comisarías de policía desencadenó una implacable ofensiva del Gobierno birmano. Desde entonces han huido a Bangladesh más de 900.000 rohingya del millón que se estima llegó a haber en Myanmar. Como Bangladesh no los reconoce como refugiados, no pueden desplazarse libremente, no tienen derecho a la escolarización, no disponen de acceso a los servicios públicos y no pueden obtener la ciudadanía. En noviembre de 2017 se firmó un acuerdo de repatriación entre los dos países implicados para organizar su retorno voluntario, pero las condiciones en Myanmar distan mucho de ofrecer seguridad a los rohingya, afirman los colectivos de derechos humanos.

Del medio millón de niños que viven en Cox’s Bazar, más de 30.000 son bebés de menos de un año, según ACNUR, la agencia de refugiados de la ONU. «La apatridia envuelve el futuro de los niños rohingya en una enorme incertidumbre», declara Karen Reidy, portavoz de Unicef. Es probable que se les excluya de los programas educativos formales y, con el tiempo, del mercado de trabajo. «Un niño sin nacionalidad puede tener ante sí toda una vida de discriminación», añade.

En el mundo hay al menos 10 millones de apátridas, apunta la ONU. El «giro xenófobo» global seguramente elevará esa cifra en los próximos años, dice Amal de Chickera, codirector del Instituto de Apatridia e Inclusión. «Si eres apátrida, no basta con garantizar que el retorno [al hogar] sea seguro: necesitas un Estado al que retornar».

El proyecto de Chowdhury, «Born Refugee» («Refugiado de nacimiento»), documenta los primeros días de vida de los niños. Para localizar a sus protagonistas, simplemente pregunta en las atestadas calles del campo si saben de algún recién nacido. «La gente empezó a darse cuenta de que era importante y empezó a guiarme», cuenta. Para este fotógrafo, cada bebé representa los daños colaterales de un conflicto centrado en la identidad étnica. «Constantemente me viene a la mente la canción Imagine de John Lennon -dice-. Un mundo sin fronteras: de eso va el proyecto».


Texto: Nina Strochlic (National Geographic, Julio/2019).
Fotografías:
Turjoy Chowdhury

Village lacustre dans les marais autour du Nil Blanc, au nord de Bor, état de Jonglei, Soudan du Sud (Yann Arthus-Bertrand)
Poblado de la etnia dinka en los pantanos alrededor del Nilo Blanco, al norte de Bor, estado de Jonglei, Sudán del Sur (Yann Arthus-Bertrand)

Las señales y los avisos de que Sudán del Sur estaba a punto de sufrir una hambruna eran muy claros. Las facciones rivales seguían, siguen, encerradas en su hostilidad, aunque su implacable afán de poder solo siembre una sensación de caos generalizada. He aquí la consecuencia: esta es una catástrofe provocada por el hombre. La guerra civil, la huida, la enfermedad y el hambre son la locura cotidiana en Sudán del Sur, un país que se muere.


La fotografía es Yann Arthus-Bertrand, un renombrado fotógrafo francés especializado en animales y en fotografía aérea.

Milayas milenarias (Nora Lorek)
Nyokon, Bem, 13 (co wifes’ kid). Nyapin Mamun, 5 (co wifes’ kid). Uzir Mamun, 4 (her child). Veronika Mamun, 1 (her child). Angelina Nyakum, 27. Nyangune Mamun, 7 (co wifes’ kid). Martha Riak, 12 (co wifes’ kid)

La ONU calculó que, en agosto de 2017, se alcanzó la cifra de un millón de refugiados en Uganda provenientes de Sudán del Sur donde la guerra asolaba la tierra. Solo en el campo de refugiados de Bidibidi, uno de los asentamientos más grandes del mundo, viven más de 270.00 personas.

La fotógrafa Nora Lorek descubrió que cada familia guardaba celosamente un tesoro, sus milayas. Como la mayoría de los refugiados son mujeres y niños y escapan por la noche, sus sábanas llamadas Milaya son a menudo una de las pocas cosas que se llevan. Los bordados que las adornan están hechos a mano y la tradición se ha trasmitido de generación en generación desde tiempos remotos.

© Jelena Janković Winner, Serbia National Award, 2017 Sony World Photography Awards
© Jelena Janković. Winner, Serbia National Award, 2017 Sony World Photography Awards

Dos jóvenes se hacen un selfi entre la multitud asistente a un concierto en Pula (Croacia). Para la fotógrafa, Jelena Janković, las redes sociales se han convertido en una epidemia que afecta a las relaciones personales. Mientras esperamos la aprobación de los demás, perdemos la ocasión de disfrutar de aquello que nos rodea.

Kya Sands / Bloubosrand, Johannesburgo (Sudáfrica)
Kya Sands / Bloubosrand, Johannesburgo (Sudáfrica)

Mediante la fotografía aérea, el fotógrafo Jonny Miller sitúa ante nuestros ojos un mundo de desigualad, de pobres y ricos, de barreras infranqueables; en definitiva, una división dramática en lugares que tienen su propia historia: Unequal Scenes.

 Los investigadores Cesaltina Ferreira, Quique Bassat y Clara Menéndez asisten a la autopsia mínimamente invasiva de Marisa en el Hospital Central de Maputo. Pau Sanclemente
Los investigadores Cesaltina Ferreira, Quique Bassat y Clara Menéndez asisten a la autopsia mínimamente invasiva de Marisa en el Hospital Central de Maputo. Pau Sanclemente

Puede parecer increíble pero millones de personas mueren sin que se conozca la causa de su fallecimiento. No se trata de enfermedades desconocidas sino de falta de diagnóstico, algo imprescindible si se quiere reducir la mortalidad en las zonas más pobres de la Tierra: Las auténticas causas de la muerte.

La educación, una utopía necesariaUn pilar básico de la educación debería ser “aprender a vivir juntos conociendo mejor a los demás, su historia, sus tradiciones y su espiritualidad y, a partir de ahí, crear un espíritu nuevo que impulse la realización de proyectos comunes o la solución inteligente y pacífica de los inevitables conflictos, gracias justamente a esta comprensión de que las relaciones de interdependencia son cada vez mayores y a un análisis compartido de los riesgos y retos del futuro.

Una utopía, pensarán, pero una utopía necesaria, una utopía esencial para salir del peligroso ciclo alimentado por el cinismo o la resignación”. Esto es lo que preconizaba el informe presentado en 1996 a la UNESCO por la Comisión Internacional sobre la educación para el siglo XXI presidida por Jacques Delors, ex ministro de finanzas de Francia y presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1994.

Dos decenios después seguimos en pos de esa utopía: lograr una educación creadora que sea el cimiento de un espíritu nuevo. ¿Cómo conseguirlo?

La sección “Gran Angular” del último número del Correo de la Unesco, concebida y realizada por Mary de Sousa (Reino Unido), aborda esta cuestión desde perspectivas muy diversas (Descargar número completo en formato PDF).

La piratería no es tan mala como nos cuentanNo es el primero ni será el último estudio que pone en entredicho la maldad de la piratería, pero del que hablamos hoy tienes sus peculiaridades. Resulta que fue encargado por la Comisión Europea para averiguar cuál era el impacto de la piratería sobre las ventas de música, libros, películas y videojuegos con copyright. Se gastaron nada menos y nada más que 360.000 euros.

¿Y qué sucedió con ese estudio? Fue escondido. Literalmente. Las 307 páginas del informe se pueden resumir en la siguiente frase: «En general, los resultados no muestran evidencias estadísticas sobre el desplazamiento de ventas por la infracción online de copyright». En cristiano: la piratería no perjudica a las ventas. Y claro, eso no gustó. Directo al cajón del olvido.

Nada hubiéramos sabido de él si no llega a ser por una diputada del Partido Pirata Alemán, miembro del Parlamento Europeo, que solicitó diverso material. Obtenerlo, como puede apreciarse, no fue fácil: Estimating displacement rates of copyrighted content in the EU.

Finalmente, la diputada Julia Reda publicó la historia en su blog: https://juliareda.eu/2017/09/secret-copyright-infringement-study/

Estoy seguro de que existen poderosos argumentos para prohibir la piratería pero deberían irse olvidando del económico.